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Borderline, de Gabriela Vargas Aguirre

Borderline, de Gabriela Vargas Aguirre

Foto: Flo Luna.

Gabriela Vargas Aguirre es una poeta nacida en Guayaquil, Ecuador, en 1984. Mención en el V Premio Nacional de Poesía Joven Ileana Espinel Cedeño, ha publicado La Ruta de la Ceniza (Ganadora de los Fondos Concursables del Ministerio de Cultura y Patrimonio, La Caída, 2017) y Lugares que no existen en las guías turísticas (II Premio Internacional de Poesía Vicente Huidobro, Valparaíso, 2021). Aparece en publicaciones y antologías como Memorias del Festival Internacional Desembarco Poético (Rastro de la Iguana; 2012, 2013, 2014), Bandada: Actualidad de la poesía ecuatoriana (Campaña de Lectura Eugenio Espejo; 2014), Mujeres que hablan (Dirección de Cultura de Pichincha; 2015), Antología del Tea Party, Muestra dinámica de poesía latinoamericana (Cinosargo; Chile 2016) y País imaginario. Escrituras y transtextos. Poesía latinoamericana 1980-1992 (Ay del seis; España 2018). Publicó además Un punto rojo en la ventana: Antología personal (La Caracola, 2021). Textos suyos han aparecido en revistas nacionales e internacionales. Ama el cine, la música, el fútbol y el anime. Reprobó japonés. Presentamos una selección de poemas de su último libro, Borderline, publicado por Severo Editorial en 2026, propuesta que la propia autora considera su libro más íntimo hasta ahora, una obra que funciona como cuaderno clínico y poético de una conciencia al límite. A través de sesiones psiquiátricas, diagnósticos, fugas de ideas y regresos a la infancia, Gabriela Vargas Aguirre construye una cartografía íntima del trastorno, la culpa y el deseo de permanecer. Y es, sobre todo, la historia de una mujer que teme repetir la herida en su hija y que, aun así, insiste en sostener el mundo con una canción, una luz encendida. El libro avanza como un expediente intervenido por la memoria: la madre y el padre, la hija, el amor que daña, el encierro, la medicación, el miedo hereditario. Cada poema es una escena donde el lenguaje se fractura y se recompone, y donde sus referentes culturales —de Rainer Werner Fassbinder a John Berryman, de Alfred Hitchcock a Edward Hopper— dan cuenta de una subjetividad que oscila entre el delirio y la lucidez. Los poemas de Borderline demuestran, una vez más, por qué Gabriela es una de las voces fundamentales de la poesía actual ecuatoriana, son potentes, punzantes y tiernos a la vez, como una suave caricia sobre los bordes de una herida.

***

Síntoma de diagnóstico: la otra realidad (fragmentos) 

I

¿Por qué siempre hay pájaros en tus poemas?
Desde hoy ya no los mencionaremos, le dije.
No será fácil. Se cruzan con mucha frecuencia
mientras contemplamos por la ventana, me dijo.

¿Podríamos dejar detrás esta urgencia,
este mal hábito que tenemos, mi amor,
de querer observarlo todo desde arriba?

No somos los ángeles voyeristas
de esa película de Wim Wenders,
ni la mujer del trapecio (otro pájaro)
por la que Bruno Ganz decide «caer».

Asumir que el efecto visual de cualquier escena,
captada desde alguna toma cenital, nos permitirá
manipular frecuencias, sincronizar con el resto
para hurgar en sus cabezas, es pretencioso.

No somos pájaros, pero tampoco satélites, amor.
¿No te basta ya con odiarnos mutuamente
justo por conocer demasiado sobre el otro?

Cuando el niño era niño,
despertó una vez en una cama extraña,
y ahora lo hace una y otra vez.
Muchas personas le parecían bellas,
y ahora, con suerte, solo en ocasiones.
Diría Handke.

Entonces:

¿Podríamos olvidarnos de esto de volar,
de pretender conocer y entenderlo todo?
¿Podríamos simplemente movernos a pie?

II

Hagamos un simulacro de nuestra vida, te digo.
Hoy ya no tenemos un «mañana».
Hoy tan solo nos queda el pasado
como papeles estilando de miedo
o ballenas masacradas en nuestros estómagos.

Nuestra vida es como un continente
a punto de salir de un mapa, te digo.
No sé qué decirte, me dices:
observemos la quietud con que se hunde.

Entonces:
por mi garganta se arrastra un ejército de cactus.
Enseguida, entonces:
nuestra vida es representada por el espectáculo
del cadáver de ballena más grande del mundo
o los boletos para huir de nuestra rutina, tan lenta
como esa película de Béla Tarr que vimos juntos.

Gritas, tu boca se vacía de pronto:
no puedes seguir creyendo que vives
en una película europea en blanco y negro.
La ballena es otra de tus alucinaciones,
el presagio de que se nos viene encima
otra «última» gran nevada de origami.

La violencia es la manera más sencilla
de provocarle espasmos al moribundo, te digo.
Y así el lenguaje se vuelve temporada de rabia
y mi rabia, un colmillo eléctrico que te mastica
y en el que se lee:

Por fin conocí la nieve,
la tengo entre las manos,
la nevada más triste del mundo.

III

A mis amigos

Levantarse, cepillarse los dientes,
mirarse al espejo y decir:
somos seres funcionales.
Algo así como jugar a la pelota
y hacer malabares sobre un plano cartesiano.

—Mañana será otro día, me dijo.
Y como no tenía nada más que decir:
cuerdas–nudos–cartas,
un regalo sobre su escritorio
que no alcanzó a llegarme.

Hay tantas cosas pasando afuera:
ahora mismo alguien nos imagina
respondiendo un correo
o pensando que pensamos en ellos.

Y nosotros solo queremos hacer el gesto
de arrugar una hoja–bomba de papel
y lanzarla con toda su inútil violencia
en el preciso instante en el que alguien
llegue a tocarnos la puerta.

Por favor, no dejaré que se te acerquen,
pero no te mueras llenando formularios.

V

¿Qué habrá pensado el hombre que patentó el alambre de púas?

¿Habrá imaginado que su invento partiría una cama
y con ello a dos que ahora son expareja, que perdieron
la garra, la guerra, dos que ahora se dan la espalda
sin poder decir «corte» y reformular el amor?

Fassbinder gritó en más de 40 películas:
«Yo solo quiero que me quieran», exigía.
«El amor es más frío que la muerte».

Si el correr a toda velocidad, voluntariamente,
hacia el alambrado fuera una carrera,
Rainer se llevaría la corona de púas, le dije al D.

Varios años después, atrapada también en el alambrado,
aprendí sobre el olor del fracaso asegurado que es la carne.

Ajá, atravesamos nuevamente el borde,
murmuran las púas debajo de mi cuero.

«Y así me sedujeron para arrebatarme
mi poema que era mi única posesión».

Otra vez Un año con trece lunas, me dije.

¿Imaginaría el tipo, según Wikipedia
de iniciales MK (no, no Michael Kors),
que su invento sería también «frontera»?

¿Que mi hija jugaría a inventarse países
que decidieron terminar sus desacuerdos
sobre la cama desatendida de sus padres?
Y que luego ella misma se prepararía,
derramando apenas un poquito de sangre,
para quitar los restos, las púas y las pieles.

Paisaje: límite decorado con carteles que dicen
«Propiedad privada». Otros advierten:
«El perro no muerde, pero mi esposa dispara».

Michael Kelly, de De Kalb, Illinois, en 1868,
¿imaginaría siquiera que estaba fabricando un arma?

***

Vigilámbulo: resistencia a los medicamentos

No me duerme el efecto de las pastillas
sino el consentimiento que me otorgan
para escabullirme sin parecer indolente.

Not today, grita la pequeña niña Stark
mientras enfrenta cara a cara a la muerte.

Que descanses, mami. Sueña conmigo.
Apruebo los cuentos de Arya, dice Cora.

Mientras tanto, afuera todo arde.
(Alerta, madriguera, ¿me copia?)

Dormir gracias a una pastilla
no es dormir completamente.
(Le copio).

Mi hija y el mundo padecen de una fiebre
hasta el momento alarmantemente elevada.
(Cambio).

***

Sesión cuatro

Cuando escuches un chasquido
deberás dibujar tu casa desde cero.

Todo lo que aquí suceda
es parte real de la sesión,
pero no todo lo que allá
pase será parte del poema.

Cuando dibujes la puerta principal,
¿qué estarás dibujando realmente?

Para que la puerta tenga sentido
alguien tiene que salir
o alguien entrar, le digo.

—Eso, lo vas entendiendo, dice.

Entonces, salgo.

Una puerta para mí
es como una puñalada.

Dejaré una luz encendida
para disimular su vacío.
He visto a mi padre, lejos.
Él sucede en el poema de allá,
el poema fuera de este:

El poema de papá fuera de otro poema

Si crees ser monstruo, ya no eres niña.
Si se acabaron tus ojos, entonces grita.

Si la voz te empieza a salir muy ronca,
es señal de que has llorado demasiado.

Aquel a quien has querido borrar de ti,
no quiso borrarte, se muerde las llagas,
no accede a heredarte sitio en el fuego.

Mi padre me consuela, no lo vi cruzar.
Su recuerdo es una puerta a un objeto
sin autorización para ser reinventado.

—————————————

Autora: Gabriela Vargas Aguirre. Título: Borderline. Editorial: Severo Editorial.

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