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Distopías inquietantes

Distopías inquietantes

Este mes en Sopa de libros vamos a hablar de tres libros clásicos que se leen cada vez con más inquietud, porque mostraron sociedades distópicas que, en muchos casos, se parecen inquietantemente a la nuestra actual. Son Un mundo feliz, de Aldous Huxley, 1984, de George Orwell, y mi favorita, Fahrenheit 451, de Ray Bradbury.

En primer lugar vamos a hablar de Un mundo feliz, de Aldous Huxley, una novela que se publicó en 1932, y, de las tres, es tal vez la que peor ha envejecido. Un mundo feliz puede entenderse como una metáfora del capitalismo, que ha conseguido construir un mundo feliz en el que los sujetos, convencidos de que actúan por propia iniciativa, sin embargo no hacen sino responder a los estímulos con los que la sociedad, por diferentes estrategias, los moldea. Si en algo se ha especializado el capitalismo es en las dinámicas de construcción de subjetividad.

Da mucho miedo cómo cuenta Huxley cómo se hacen los condicionamientos desde la fase de embrión. Porque en esta distopía los niños nacen en tubos de ensayo.

—Condicionamiento con respecto al calor —explicó Mr. Foster.

Túneles calientes alternaban con túneles fríos. El frío se aliaba a la incomodidad en la forma de intensos rayos X. En el momento de su decantación, los embriones sentían horror por el frío. Estaban predestinados a emigrar a los trópicos, a ser mineros, tejedores de seda al acetato o metalúrgicos. Más adelante, enseñarían a sus mentes a apoyar el criterio de su cuerpo.

—Nosotros los condicionamos de modo que tiendan hacia el calor — concluyo Mr. Foster—. Y nuestros colegas de arriba les enseñarán a amarlo.

—Y éste —intervino el director sentenciosamente—, éste es el secreto de la felicidad y la virtud: amar lo que uno tiene que hacer. Todo condicionamiento tiende a esto: a lograr que la gente ame su inevitable destino social.

"Huxley describe una sociedad aparentemente perfecta que sume al hombre en una especie de nirvana rayano en el estupor y la imbecilidad gracias a una droga llamada soma"

Huxley describe una sociedad aparentemente perfecta que sume al hombre en una especie de nirvana rayano en el estupor y la imbecilidad gracias a una droga llamada soma. Desaparecen, entre otras cosas, la familia, el amor, la diversidad cultural, el arte, la literatura, la religión, la filosofía… Un mundo feliz se ha interpretado también como una novela que anticipa la sociedad hiperconsumista en la que hoy vivimos.

En Un mundo feliz hay un Estado mundial que tiene un lema: comunidad, identidad, estabilidad. Y los dirigentes consiguen que ese lema se cumpla mediante la estandarización del producto humano y mediante la generación de amor a la servidumbre. Para conseguir esta aceptación de la servidumbre, las autoridades persiguen cualquier síntoma de fricción social, empleando la propaganda y las encuestas para conseguir dicho fin. En este sentido, uno de los aspectos más importantes es la erradicación de las relaciones y lazos que caracterizan al ser humano, así como cualquier aspecto que incite al individualismo. En el Estado Mundial, el pensamiento de los individuos está determinado, condicionado y manipulado por el sistema.

Aldous Huxley nació en 1894. Fue un hombre de saber enciclopédico, y uno de los pensadores más importantes del siglo XX. Provenía de una familia que había dado relevantes figuras a la ciencia y disfrutó de una educación de alto nivel que le permitió relacionarse con las personalidades su época. Un incendio destruyó su casa de Hollywood en 1961 y perdió gran número de recuerdos, pero consiguió rescatar el manuscrito de La isla, su última novela. Murió el 22 de noviembre de 1963, el mismo día del asesinato de John F. Kennedy.

"Otra curiosidad: los personajes de Un mundo feliz reciben nombres tomados de individuos importantes en el pasado, pero mezclados o combinados"

Un mundo feliz recibe su título de un verso de la obra La tempestad, de William Shakespeare: “¡Oh, qué maravilla! / Cuántas criaturas bellas hay aquí! / ¡Cuán bella es la humanidad! Oh, mundo feliz, / en el que vive gente así”. Otra curiosidad: los personajes de Un mundo feliz reciben nombres tomados de individuos importantes en el pasado, pero mezclados o combinados: Bernard Marx, por ejemplo, hace referencia a Bernard Shaw y Karl Marx; Mustafá Mond, la cabeza de la sociedad local, a Mustafa Kemal Atatürk, líder turco que desenlazó a Turquía de sus raíces islámicas y Sir Alfred Mond, la cabeza de las Industrias Químicas Imperiales; Benito Hoover une al líder fascista Benito Mussolini y a Herbert Hoover, presidente de los Estados Unidos a principios del siglo XX.

Como en toda buena distopía, ese orden que el Estado mundial trata de mantener se ve alterado por alguien que se rebela, que no acepta esa sociedad y que intenta cambiar algo. Cuando acude a una reserva donde viven recluidos los hombres de antes (o sea, nosotros), se desencadena el drama.

La segunda distopía de la que vamos a hablar es 1984, de George Orwell. Mientras que Huxley imaginó que el control de la sociedad se realizaba mediante el placer, Orwell esboza una sociedad en la que la gente es controlada mediante el dolor. Orwell entendió que en el “futuro” íbamos a ser controlados a través de la fuerza, la represión violenta o la supresión de la información. El famoso Gran Hermano. Alguien que te ve, que te escucha, siempre. 

Dentro del apartamento una voz pastosa estaba leyendo una lista de cifras relacionadas con la producción de hierro en lingotes. La voz procedía de una placa oblonga de metal parecida a un espejo empañado que formaba parte de la superficie de la pared de la derecha. Winston encendió una luz y el volumen de la voz disminuyó un poco, aunque las palabras siguieron siendo comprensibles. El instrumento (la «telepantalla», lo llamaban) podía atenuarse, pero no había manera de apagarlo del todo.

"Otro de los elementos inquietantes de la sociedad que propone Orwell es el control sobre el sexo"

Pero hay más cosas que podemos reconocer: la reescritura de la historia en función de los intereses y las alianzas, que cambian de un día para otro, o los enemigos elegidos, cancelados y vilipendiados públicamente, o la manipulación de la verdad, son cosas con las que creo que convivimos actualmente en nuestro día a día. Tal vez por eso, de distopía a 1984 solo le queda un régimen dictatorial y una de las claves de esta novela, que es la transformación del lenguaje para adaptarlo a la ideología dominante, la llamada nuevalengua. El objetivo final de la nuevalengua es reducir el alcance del pensamiento, reduciendo el lenguaje. No sé si lo políticamente correcto en la forma de hablar que nos invade poco a poco a nosotros puede ser el comienzo de este control terrible del lenguaje. En todo caso, reflexionar sobre las relaciones entre el pensamiento, el lenguaje, la tecnología y el poder no deja de ser un tema muy actual. Otro de los elementos inquietantes de la sociedad que propone Orwell es el control sobre el sexo, o más bien sobre las emociones que puede generar el sexo.

George Orwell nació en Motihari, en la India, en 1903. Su nombre real era Eric Blair. Escribió sobre la clase obrera inglesa y la explotación en El camino a Wigan Pier, recogió su experiencia combatiendo el fascismo en la Guerra Civil española en Homenaje a Cataluña, fabuló las perversiones del socialismo En Rebelión en la granja y se le sigue considerando la conciencia de una generación y una de las voces más lúcidas que se han alzado contra toda clase de totalitarismos.

Pero 1984, publicada en 1949, es algo más. No solo es una historia inquietante y terrorífica, no solo es una distopía acertada y clarividente, sino que además es un novelón, una novela maravillosamente escrita y construida. Hay un fenómeno curioso, y es que las ventas de 1984 tienen repuntes cuando ocurren cosas que ponen en duda nuestro sistema. Ocurrió cuando se conoció el caso Snowden en 2013, cuando Trump llegó por primera vez a la Casa Blanca en 2017, y en pandemia.

"Winston se dedica a reescribir y a corregir los datos que la prensa o los libros publicaron en el pasado. Y ve lo que ocurre, por supuesto, como lo ven todos, pero nadie parece hacer nada"

Y, ya lo hemos dicho, como en todas las distopías clásicas, hay un personaje, en este caso Winston Smith, que se rebela contra el sistema. Lo primero que vemos en la novela es una ciudad, Londres, llena de eslóganes como “La guerra es la paz”, “La libertad es la esclavitud” y “La ignorancia es la fuerza”. Son los eslóganes del partido único. Sobre el resto de los edificios destacan las sedes de los cuatro ministerios en los que se divide todo el sistema gubernamental. El Ministerio de la Verdad, que se ocupa de las noticias, los espectáculos, la educación y las Bellas Artes, el Ministerio de la Paz, encargado de los asuntos relativos a la guerra, el Ministerio del Amor, que se ocupa de mantener la ley y el orden, y el Ministerio de la Abundancia, que es el responsable de los asuntos económicos. Sus nombres, en nuevalengua, son: Miniver, Minipax, Minimor y Minindancia. Asusta, ¿eh?

Winston se dedica a reescribir y a corregir los datos que la prensa o los libros publicaron en el pasado. Y ve lo que ocurre, por supuesto, como lo ven todos, pero nadie parece hacer nada. Así que Winston está siempre buscando complicidad a su alrededor. Intenta descubrir si hay alguien que piense como él, y a veces interpreta mal alguna mirada o algún gesto. Y Winston empieza a ver cómo una compañera de trabajo, una chica morena, le mira fijamente a menudo. En uno de sus encuentros un día consigue dejarle en la mano un trozo de papel donde pone “te quiero”, algo inaudito en ese mundo donde no deben existir las emociones. Pero Winston no sabe cómo volver a entrar en contacto con la joven y organizar una cita. No sabe dónde vive o a qué hora termina el trabajo, así que decide que el sitio más seguro es el comedor. Winston empieza a ir pronto a comer. Y al día siguiente la ve. No resiste la tentación de mirarla directamente varios segundos. Al día siguiente falta muy poco para que le hable. Necesita sentarse a su lado, que su mesa esté vacía. Y al fin lo consigue. No la mira. La clave está en hablar enseguida. Con un leve murmullo, Winston empieza a hablar, ninguno de los dos mueve la cabeza. Ella le dice que se verán en la plaza de la Victoria en medio de la multitud, que no se acerque hasta que la vea rodeada de gente. Y que no la mire. Solo que la siga de cerca. Winston lo hace y ahí empieza una relación extraordinaria, llena de pasión, sexo y secreto. Hay una escena brutal, cuando él la toca la mano por primera vez:

"Lo más terrorífico de 1984 es la descripción, que ocupa gran parte del último tercio del libro, de un minucioso, terrible y eficiente lavado de cerebro"

Casi había llegado el momento de que Winston y la chica se separaran. Pero en el último instante, cuando todavía estaban oprimidos por la multitud, su mano buscó la de él y le dio un breve apretón. No debió de durar más de diez segundos, y sin embargo fue como si estuviesen un largo tiempo cogidos de la mano. Winston tuvo tiempo de aprender todos los detalles de su mano. Exploró los largos dedos, las bien contorneadas uñas, la palma endurecida por el trabajo y cubierta de callos, la carne suave por debajo de la muñeca. Después de tocarla la habría reconocido solo con verla.

Winston alquila una casa en un barrio prole donde no hay telepantalla. Encima hay una pequeña librería en el rincón. La búsqueda y destrucción de los libros se ha hecho con tanta minuciosidad en los barrios proles como en todas partes. Es muy improbable que exista en ningún lugar un ejemplar de un libro impreso antes de 1960. Siempre los libros. ¡Qué peligrosos son!

Pero al final el sistema lo detecta todo, lo controla todo, y lo castiga todo. Y lo más terrorífico de 1984 es la descripción, que ocupa gran parte del último tercio del libro, de un minucioso, terrible y eficiente lavado de cerebro. Es tremendo. Terrorífico.

Y lo peor es la desesperanza con la que termina el libro, porque Winston se vence a sí mismo. No solo termina haciendo lo que quiere el sistema sin protestar, sino que lo hace porque ama al Gran Hermano, porque se convence, o más bien le convencen, de que el sistema es bueno para él. ¿Notáis cómo se os pone el pelo de punta?

La tercera distopía de la que vamos a hablar es Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, una de mis novelas favoritas. Leer ahora Fahrenheit 451 es una experiencia aterradora, porque tienes la sensación de que Ray Bradbury describe, en 1953, algunas de las cosas que nos definen ahora como sociedad. Cuenta una sociedad en la que los libros son perseguidos y se queman, algo que ya ha ocurrido y que sigue ocurriendo. Y quienes persiguen y queman los libros son los bomberos. 451 grados Fahrenheit es la temperatura a la que el papel se inflama y arde.

El protagonista, Montag, es uno de los bomberos que, como en las grandes distopías, se rebela, se hace preguntas, intenta cambiar las cosas. Pero es asombroso cómo empieza a plantearse las cosas. Un día conoce a un personaje maravilloso, una vecina, Clarisse, que lo cambia todo. Es increíble cómo define Bradbury esa sensación cuando sabemos que algo va a ocurrir. Dice que Montag tiene sensaciones confusas, “como si el aire pronunciara su nombre, como si oliera un rastro de perfume”. Y es que Fahrenheit 451 tiene además una cosa apasionante, que es la forma en la que está escrito, ese lirismo, esa poesía que empapa cada sensación, cada elemento de la trama, esas reflexiones que te encogen el corazón. Dicen que Bradbury era un poeta escribiendo narrativa.

"¿Por qué entonces aprender algo, excepto apretar botones, accionar conmutadores, encajar tornillos y tuercas?"

Clarisse empieza a hacerle preguntas, y las preguntas ya se sabe que son mucho más peligrosas que las respuestas. Le pregunta cuánto tiempo lleva trabajando de bombero. Le pregunta si lee alguna vez alguno de los libros que quema y le pregunta si es verdad que hace mucho tiempo los bomberos apagaban incendios en vez de provocarlos. Y una mañana, cuando sale de casa se la encuentra con la cabeza echada hacia atrás para que las gotas de lluvia le caigan en el rostro y saber a qué sabe la lluvia. A Montag todo le parece raro pero también fascinante. E inevitablemente empieza a ponerlo todo en duda.

Una de las escenas clave de la novela es cuando Montag enferma (o dice que enferma) y se queda en la cama. Se ha quedado con un libro después de una de las acciones de los bomberos y lo guarda debajo de la almohada. Entonces recibe la visita de su jefe, el capitán Beatty, que le dice que “tarde o temprano a todo bombero le ocurre lo mismo”, y le cuenta la historia de los bomberos y la razón por la que queman los libros. Es un capítulo estremecedor. Le cuenta que en el siglo XX se aceleró el movimiento, que los libros eran cada vez más breves, más condesado todo, los boletines, los tabloides, los clásicos reducidos a una emisión radiofónica de quince minutos (nosotros aún tardamos una hora en hacerlo, pero me sentí fatal cuando leí esa frase). Beatty le cuenta que todo pensamiento innecesario fue considerado una pérdida de tiempo, que la gente se expresaba cada vez peor, a tal punto que apenas se recurría ya al uso de las palabras para comunicarse, que la vida era inmediata, que solo el empleo contaba, que el placer lo dominaba todo después del trabajo. ¿Por qué entonces aprender algo, excepto apretar botones, accionar conmutadores, encajar tornillos y tuercas? Entonces se empezaron a vaciar los teatros excepto para que actuasen payasos, más deportes para todos, espíritu de grupo, diversión, y no había necesidad de pensar.

"Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, pues le preocuparás, enséñale solo uno"

Organiza y superorganiza superdeportes. Más chistes en los libros. Más ilustraciones. La mente absorbe cada vez menos. Impaciencia. Autopistas llenas de multitudes que van a algún sitio, a algún sitio, a algún sitio, a ningún sitio. El éxodo espoleado por el combustible. Las ciudades se convierten en moteles, la gente siente impulsos nómadas y va de un sitio para otro.

Qué miedo, ¿no? Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, pues le preocuparás, enséñale solo uno. Haz que olvide que existe una cosa llamada guerra. Atiborra a la gente de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información, entonces, tendrán la sensación de que piensan y serán felices. Y al final, le dice que la clave está en el mercado, en las minorías, en tratar de no molestar a nadie, en bloquear a los autores incómodos. Un libro es un arma cargada. Hay que dominar la mente del hombre No se puede permitir que las minorías se alteren o se rebelen.

A la gente de color no le gusta El negrito Sambo. Quemémoslo. La gente blanca se siente incómoda con La cabaña del tío Tom. Quemémoslo. ¿Alguien escribe un libro sobre el tabaco y el cáncer de pulmón? ¿Los fabricantes de cigarrillos protestan? Quememos el libro.

Resulta que Montag tiene otros libros guardados en su casa. Tiene que huir. Entonces tiene el segundo encuentro, que resulta definitivo.  Recuerda a un viejo vestido de negro que encontró en un parque y que ocultaba algo apresuradamente bajo su chaqueta. Era un profesor de lengua retirado que se había quedado sin trabajo cuando la última universidad de artes liberales cerró. Se llama Faber. Faber dice que hay tres cosas necesarias que faltan: la primera es la calidad de la información, la segunda tiempo de ocio para asimilarla, y la tercera el derecho a emprender acciones basadas en lo que aprendemos. Iba a decir que eso es lo que le falta a la sociedad que describe Bradbury, la distópica, pero ¿acaso no nos falta a nosotros lo mismo?

"Nadie quería arriesgarse a publicar Fahrenheit 451, pero un joven editor de Chicago, escaso de dinero pero visionario, vio el manuscrito y lo compró por cuatrocientos cincuenta dólares"

Y Faber pone a Montag en la pista de mis personajes favoritos de la literatura, los hombres libro, unos seres que viven al margen de la sociedad y que han memorizado un libro o un capítulo de un libro, de manera que todos ellos, juntos, son bibliotecas andantes, la memoria, la literatura, y que no paran de moverse, de viajar, hombres comprometidos en conservar intactos los conocimientos indispensables para el hombre. Su idea es transmitir oralmente los libros a sus hijos, hasta que todo cambie, hasta que la gente vuelva a escuchar. Hay un hombre que recuerda el capítulo uno del Walden de Thoreau, y vive en Green River; el capítulo dos, en Maine. Y en un pueblecito en Maryland viven los ensayos completos de Bertrand Russell, y cada uno de sus habitantes conserva en su memoria unas cuantas páginas. ¡Qué maravilla!

Cuando la guerra haya terminado, algún día, algún año, los libros podrán ser reescritos. Las personas serán convocadas una por una, para que reciten lo que saben, y lo imprimiremos hasta que llegue otra Era de Oscuridad, en la que quizá debamos repetir toda la operación.

Dos curiosidades, para terminar. La primera: cuando Ray Bradbury termina la novela recibe una oferta de John Huston para escribir el guión de Moby Dick y se va a Irlanda ocho meses. Nadie quería arriesgarse a publicar Fahrenheit 451, pero un joven editor de Chicago, escaso de dinero pero visionario, vio el manuscrito y lo compró por cuatrocientos cincuenta dólares, que era todo lo que tenía. El joven era Hugh Hefner. La revista era Playboy.

La segunda curiosidad: la novela está encabezada por una cita de Juan Ramón Jiménez: “Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado”.

Este mes hemos hablado de distopías, inquietantes, cercanas, que nos cuentan cómo es nuestra sociedad y que deberían servirnos de lección, de espejo, para no repetir errores, para no avanzar en la dirección que ya anticiparon sus autores. Un mundo feliz, de Aldous Huxley, 1984, de George Orwell, y Fahrenheit 451, de Ray Bradbury.

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