Este ensayo es una introducción al pensamiento, la vida y el contexto del más célebre filósofo existencialista. Sólo hay un punto de partida y un hecho fundamental: existir. Sólo hay un destino: la libertad. Pero una y otra, existencia y libertad, nos las jugamos con nuestra elección de vida y con cada decisión que tomamos.
En Zenda ofrecemos el Prólogo de El fenómeno Sartre: Desnudando la moral (Galaxia Gutenberg), de Norbert Bilbeny.
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PRÓLOGO
8, rue Jean Goujon, París
Jean-Paul Sartre, un joven filósofo, sale a media tarde de su casa para dar una conferencia en el número 8 de la calle Jean Goujon de París. Es un lunes 29 de octubre de 1945 y ha transcurrido más de un año de la liberación de esta capital del régimen nazi.
Hace pocos meses que, con la compañía de un piano, ambos se alojan en un cuarto piso del número 42 de la calle Bonaparte. Desde sus ventanas, en la esquina de la finca, se observa la torre de la vieja abadía de Saint-Germain-des-Prés –donde está enterrado Descartes, tan admirado por nuestro hombre–, así como, al fondo, el paseo del mismo nombre, y abajo, hacia la derecha, la cafetería Les Deux Magots, en la que desde hace un par de años el filósofo cena algunas veces con su amiga íntima, la filósofa, también, Simone de Beauvoir. Justo a la vuelta de la cafetería se halla el Café de Flore, donde esta pareja de pensadores ha pasado muchas mañanas escribiendo en pequeñas mesas separadas. Este mismo año Sartre ha realizado un viaje a Estados Unidos, del que ha vuelto muy feliz.
La conferencia está anunciada para las ocho de la tarde. Sartre ha acordado con los organizadores un título entre interrogantes: «¿Es el existencialismo un humanismo?». La cita es en la Salle des Centraux, un amplio local para toda suerte de eventos situado en la mencionada calle Jean Goujon, entre el río Sena y el Grand Palais, en el distrito más elitista de París. El acto de hoy es una iniciativa del Club Maintenant, recién fundado por los escritores Jacques Calmy y Marc Beigbeder. Ellos se han propuesto que hablen también sobre el nuevo «existencialismo» otros reconocidos pensadores como Nikolái Berdiáyev, Jean Wahl y Emmanuel Lévinas. La esposa de uno de los organizadores ha comentado que una conferencia con ese tema no va a traer mucho público. De hecho, es lo que el mismo Sartre sospecha ahora, sentado en el vagón del metro. Pero diferentes periódicos de la ciudad han anunciado el acto y para asegurar la asistencia se ha distribuido publicidad por diferentes librerías y locales de las cercanías.
Cuando Sartre sale de la estación ya ha oscurecido. El hombre avanza dudoso hacia el lugar en la confianza de hablar ante muy poca gente. Él tiene cuarenta años, ha publicado ya tres libros de filosofía; el último, hace dos años, El ser y la nada, con una gran densidad de ideas, no ha tenido la repercusión que esperaba. Ha podido sortear la censura de los nazis, pero existe la opinión de que el libro se limita al desarrollo de algunas ideas del célebre filósofo alemán Martin Heidegger y su Ser y tiempo. Entonces, ¿quién se movilizará para una disertación sobre algo tan teórico y poco conocido como el «existencialismo» y tan trillado como el «humanismo»? Debe reconocer que él está ganando un cierto nombre en el París de la cultura, pero no por su filosofía, sino, desde hace ocho años, por su literatura: narraciones como El muro, La náusea y los dos volúmenes de Los caminos de la libertad, más dos obras teatrales, Las moscas y A puerta cerrada. Hace un año que ha dejado de ser profesor de filosofía en el prestigioso Lycée Condorcet de París, precisamente para dedicarse sólo a escribir, la vocación de su vida. Al final, el mayor escritor francés del siglo xx habrá sido Sartre, después de Marcel Proust.
Ya entra Sartre en la calle Jean Goujon y divisa la gran marquesina modernista de cristal de la sala de conferencias, con un tumulto de gente bajo ella dándose empujones para entrar. Oye incluso gritos de los que se quejan por no poder hacerlo. El conferenciante está atónito. Por un momento cree haberse equivocado de lugar. Al llegar al vestíbulo no es siquiera capaz de avanzar un paso. Insiste en que él es el conferenciante, pero algunos no se lo creen. Ven su pequeña estatura y lo apartan. A su alrededor hay gente que se pelea. Algunas mujeres se han desmayado. Eso no es teatro. Ya en la sala, con su traje cruzado desabrochado por los fuertes empellones y la carpeta bien agarrada bajo el brazo, tarda más de un cuarto de hora hasta alcanzar el escenario. Los organizadores se le acercan, angustiados, para advertirle que hay muchos asientos rotos y que se plantean llamar a la policía. Se hallan ante el fenómeno Sartre.
Pero, tranquilo, y seguramente envalentonado por tanta popularidad –él, que siempre gusta ser el centro de atención–, arranca a hablar con las manos en los bolsillos del pantalón y sin necesidad de consultar sus papeles. Más de trescientas personas le escuchan, sentados, de pie o asomando la cabeza por la puerta del fondo. Un joven Gilles Deleuze de veinte años se encuentra entre el público. Sartre muestra seguridad y desprende, se dirá después, «magnetismo». Su lenguaje y sus referencias son de la filosofía, pero cita nombres actuales y pone ejemplos cotidianos. Habla más que un filósofo: un escritor, un intelectual que justo acaba de sacar a la luz con otros el primer número de la revista Les Temps Modernes. Iniciada con una hora de retraso, la conferencia termina pasadas las once de la noche. Y sin debate, por falta de tiempo.
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Autor: Norbert Bilbeny. Título: El fenómeno Sartre. Editorial: Galaxia Gutenberg. Venta: Todos tus libros.


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