Hay una escultura junto al río que representa a una pareja de ancianos sentados en un banco. La placa que los identifica tiene una letra minúscula y soy incapaz de descifrar tanto sus nombres como el significado general del monumento. Echo mano del teléfono móvil y en unos pocos minutos descubro que se trata de Annie y Régis Neyret, un matrimonio que en la década de los sesenta dedicó sus mejores esfuerzos a oponerse al alcalde de Lyon, que pretendía echar abajo una buena parte del barrio viejo con la excusa de que aquel amasijo de casas que se apiñaban en torno a la ribera del Saona constituía un foco irrecuperable de insalubridad. Gracias a ellos el casco antiguo se convirtió en el primer sector salvaguardado de Francia, acogiéndose a la ley que promulgó el escritor André Malraux cuando asumió responsabilidades ministeriales y que hasta entonces sólo se había aplicado a monumentos concretos, y también fueron en buena medida responsables de que la UNESCO honrara a ese distrito reconociéndolo como Patrimonio de la Humanidad. Como si todo en ellos estuviese entrelazado, fallecieron ambos en 2019, con apenas unos meses de diferencia. Uno lamenta que su recuerdo más visible se reduzca a esto, una pequeña estatua cuya inscripción apenas permite entender nada, y a la vez celebra que se haya colocado con tanto tino, a las puertas del coqueto Quartier-Saint Paul y a espaldas de la iglesia de Saint-Nizier, que exhibe desde la orilla opuesta del río su apostura gótica.
Lyon es la tercera ciudad más poblada de Francia, pero, a diferencia de otras ciudades que se empecinan en equipararse a las grandes urbes, no parece asediada por la menor vocación megalómana. La impresión es más bien lo contrario: que en ella el paseo demorado, la contemplación tranquila, se asumen como una forma de resistencia. En la noche se aviva el incendio que asuela el internado de Les Chartreux y las llamas emergen en la cumbre del promontorio. Hay preocupación y hay inquietud entre las personas que observan el fuego desde las barandillas de los puentes ―también hay dudas: las cloacas digitales dicen que es un acto de terrorismo islámico; los bomberos dicen que lo más probable es que el desastre sea fruto de un cortocircuito―, pero en ningún momento llega a cundir el pánico. Todas las rutinas parecen pautadas por una partitura que invariablemente se ejecuta en adagio y encuentra su punto álgido en cuanto caen en el reloj las horas de la media tarde y los lioneses dejan pasar el tiempo acomodados en los muelles. Los transeúntes agradecen el sol temprano de la primavera y recorren las calles absortos en el murmullo sosegado de sus propios pasos perdidos, y al seguirlos sin rumbo vamos encontrando, como siempre ocurre, ecos de otros lugares cuya evocación se superpone a lo que observan nuestros ojos. Hay una calle que sube cerca del Hôtel de Ville en la que no me cuesta nada hallar resonancias de ciertos rincones del Barrio Alto lisboeta, y una gran plaza rojiza que pretende acortar la distancia entre el Saona y el Ródano en la que creo discernir las hechuras del Plainpalais ginebrino. Bromeo con la torre de Fourvière, que se asemeja un poco a una Tour Eiffel achaparrada, pero no digo que en realidad me recuerda a la antena que corona el edificio de la Telefónica en Oviedo, y hay ciertos recodos que me llevan de vuelta a Madrid o a Barcelona, y una callecita donde el aire sopla como queriendo tejer las armonías de un tango bonaerense.
Me gusta caminar por las ciudades que no conozco sin planos ni expectativas. No he hecho ninguna consulta sobre lugares de interés ni edificios venerables. Es la mejor manera de incurrir en despistes que luego se lamentan, pero también el método idóneo para dejarse sacudir por la sorpresa. Festejo el hallazgo de los traboules, esos pasadizos que recorren las tripas de los edificios del barrio viejo y por los que pasa uno sintiéndose un conspirador que huye hacia un encuentro clandestino, y el encuentro con la Tour Rose, cuya fama desconocía y que, según intuí, es una de esas cosas que hay que visitar si se pasa por este confín del mapa. Hay una cuesta demasiado pronunciada para llegar a la basílica de Notre-Dame, así que nos conformamos con apreciar su ábside desde abajo, y tampoco nos dan ni el tiempo ni las fuerzas para acercarnos a los barrios que se extienden del otro lado del Ródano y cuyos rascacielos vemos asomar por encima de los tejados haussmanianos que embellecen la fachada fluvial. Por eso no llegamos a conocer el Institut Lumière, donde estuvo la fábrica a cuya salida se rodó la primera película de la historia del cine, ni nos es dado valorar las abstracciones del Musée des Confluences, que se levanta allá donde se juntan los ríos. Tal vez sea mejor así: dejarse cosas por ver es el mejor aliciente para plantearse el regreso, y no parece que sea Lyon una de esas ciudades a las que uno se arrepiente de volver. Lo deben de saber bien Annie y Régis, que desde su inmortalidad miran sonrientes el barrio que salvaron.


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