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Escribir sin red

Esta novela explora el reverso del éxito en la alta dirección empresarial. A través de la historia de una mujer que ha construido su carrera con disciplina y determinación, el relato se adentra en el coste físico y emocional de sostener una imagen de fortaleza constante y las expectativas de los demás.

En este making of Claudia Romera Moya cuenta cómo escribió Te juro que estoy bien (Espasa).

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Durante un tiempo estuve convencida de que para escribir una novela había que hacerlo todo bien. “Bien” en el sentido más disciplinado y ortodoxo del término: escaleta cerrada, personajes definidos, estructura clara, final decidido de antemano. Así empecé, allá por 2019, una novela de ciencia ficción en la que la humanidad estaba a punto de desaparecer por una pandemia. Sí, visto desde hoy, la coincidencia tiene algo de premonición incómoda. Pero la abandoné. No porque me faltara historia, sino porque me sobraba control.

Lo sabía todo. Sabía quién era cada personaje, qué ocurría en cada capítulo y cómo terminaba aquella distopía. Y precisamente por eso escribirla dejó de interesarme. Ya no había hallazgo, ni sorpresa, ni vértigo. Solo quedaba ejecutar un plan. Era como ver una serie de suspense sabiendo desde el minuto uno quién miente, quién muere y quién es el asesino. Aburridísimo. Se me quitaron las ganas de seguir.

"Lo más importante, sin embargo, no fue el impulso inicial, sino la decisión que vino después: esta vez no iba a organizarlo todo. No quería volver a construir una novela impecable y muerta"

Me quedé huérfana de historia, pero recuerdo perfectamente la conversación que cambió eso. Hablando por teléfono con mi amiga y compañera de fatigas literarias, Rosa Ana Domínguez Cruz, le conté que me estaba costando mucho seguir escribiendo aquella novela tan bien pensada como poco viva. Ella me dijo, con esa mezcla de lucidez y falta de solemnidad que tienen las amigas de verdad: “Con la de cosas que te han pasado a ti en la vida, no entiendo por qué no escribes algo más tuyo”.

No me lo dijo como una consigna ni como una invitación a desnudarme literariamente. Me lo dijo como quien señala una evidencia. Y quizá porque mi luna en Aries me da una tendencia natural a la impaciencia, no me lo pensé demasiado: me senté, escribí el primer capítulo y se lo mandé. Así empezó Te juro que estoy bien.

Lo más importante, sin embargo, no fue el impulso inicial, sino la decisión que vino después: esta vez no iba a organizarlo todo. No quería volver a construir una novela impecable y muerta. Quería una historia con vida propia. Así que renuncié a la escaleta cerrada, a la falsa tranquilidad de saber cómo acabaría todo, y me limité a seguir a la protagonista escena a escena, capítulo a capítulo, casi a ciegas.

"Sin nombre, los personajes conservaban toda su singularidad y funcionaban no solo como individuos sino como arquetipos, algo que encajaba perfectamente con la naturaleza de la historia"

Para alguien que siempre ha necesitado controlarlo todo, aquello fue un gran acto de fe. Pero también una manera nueva de escribir. Ya no se trataba de imponerle una forma al relato, sino de escucharlo. Por primera vez sentí que el texto avanzaba no porque yo lo dominara, sino porque tenía una verdad emocional que pedía ser contada. Y eso cambió por completo mi relación con la escritura. Imagínate que no decidí cuál sería el futuro de mi protagonista casi hasta el final, y confieso que el resultado fue toda una sorpresa. Pocas cosas me parecen más estimulantes que eso: descubrir el desenlace mientras una misma lo va escribiendo.

Y es que esta ha sido una novela de descubrimientos inesperados. Cuando llevaba ya varios capítulos escritos, me di cuenta de que no había puesto nombre a los personajes. Mi antigua yo hubiera entrado en pánico. Sin embargo, esta vez lo viví como una revelación y decidí dejarlo así. Nadie tenía nombre: ni la protagonista, ni la madre, ni el padre, ni el marido, ni la rival profesional. Lo que había empezado como un descuido acabó convirtiéndose en una de las decisiones que más sentido dieron al libro. Sin nombre, los personajes conservaban toda su singularidad y funcionaban no solo como individuos sino como arquetipos, algo que encajaba perfectamente con la naturaleza de la historia.

Porque Te juro que estoy bien no es autobiográfica, pero sí es autoficción. Esa diferencia, para mí, importa mucho. No quise escribir unas memorias camufladas ni ajustar cuentas con mi biografía. Quise trabajar con materiales cercanos —emociones, ambientes, tensiones, situaciones que conozco bien— para construir una historia que me perteneciera sin quedarse encerrada en mí. Una historia que no hablara de una mujer concreta, sino de muchas mujeres. De esa forma de vivir apretando los dientes, esforzándote, demostrando. De esa costumbre de responder “estoy bien” cuando lo que una quiere decir, en realidad, es exactamente lo contrario.

"Cuando miro hacia atrás, pienso que Te juro que estoy bien solo pudo ver la luz así: sin red, sin mapa y sin garantías. Con más escucha que plan"

Y entonces llegó la pandemia. La de verdad. No la de mi novela fallida, sino la que detuvo el mundo y nos obligó a todos a convivir con el silencio, con el miedo y con una extrañeza difícil de explicar. Yo vivía sola y dediqué buena parte de aquel encierro a escribir. Sin el ruido habitual de la vida, sin desplazamientos, sin reuniones, sin la fragmentación constante del tiempo, encontré una concentración que no sé si habría conseguido de otro modo. La novela avanzó con ritmo fluido y pude terminarla en diez meses.

Después llegó la parte lenta, que es la publicación. Porque escribir puede ser un proceso vertiginoso, pero publicar suele obligarte a soltar el control y aceptar otros tempos, menos épicos y mucho más pacientes. Hoy, cuando miro hacia atrás, pienso que Te juro que estoy bien solo pudo ver la luz así: sin red, sin mapa y sin garantías. Con más escucha que plan. Con más intuición que método.

Tal vez por eso en esta novela he querido hablar de esas cosas que no se suelen premiar: no del éxito, sino de sus grietas; no de la fortaleza impecable, sino del coste de sostenerla demasiado tiempo; no de la familia, sino del precio que pagamos por pertenecer a ella. Y quizá también por eso siento que empecé a escribir (y a vivir) de verdad el día en que dejé de querer controlar cómo terminaba la historia.

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Autora: Claudia Romera Moya. Título: Te juro que estoy bien. Editorial: Espasa. Venta: Todos tus libros.

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