Los materialistas, empiristas y cuantos solo creen en aquello que pueden percibir y verificar mediante sus sentidos externos, no admitirían ni a tiros, un acierto, que los frecuentadores de lo oscuro conceden al amo de aquellas sombras: el mayor logro del Diablo es haber hecho creer a los ateos, como Charlie Parker —Bird o Yardbird, uno de los mejores saxo alto que la historia del jazz registra—, que no existe; que el Maligno y su obra son un invento del bien y todas esas teorías que nos hablan del equilibrio entre los opuestos. Sin embargo, hay algo numinoso, tóxico, en la pasión por el jazz, si verdaderamente arrebata a quien la experimenta. Es eso que, según la leyenda, juran los bluesmen del delta del Mississippi; algo que, en otras músicas, inspiró a Frédéric Chopin el Vals en Fa menor (Op. 34, n.º 2), que algunos llaman el Vals del Diablo por su tono un poco oscuro y su carácter, aún más inquietante.
Unas horas antes, aún en el día 12, se preguntaban por su paradero, con suma preocupación, Archie Shepp, un destacado saxofonista de la escena jazzística holandesa y Anette Lowmann, la vocalista de la formación de Shepp. Esperaban a Baker para un concierto en el Singer-Konzertsaal, que se iba a retransmitir con motivo del aniversario de Seijun, uno de los espacios radiofónicos más populares de los Países Bajos. Los que conocían al trompetista, sabían que su toxicomanía le exigía un chute cada dos horas. Desde hacía más de treinta años, desde que la heroína entró en el backstage de los clubes de jazz de Manhattan, el viejo Chet era el yonqui número uno de aquel terrible cotarro. De hecho, para algunos de quienes afrontaban el asunto sin prejuicios —acaso convencidos de que el Diablo no existe—, la lírica de Baker —esa manera tan melódica y expresiva que tenía de tocar la trompeta, casi como si estuviera cantando, como de hecho hacía, pues fue un vocalista notable en su otra faceta, la cara B de su repertorio— obedecía a esa cadencia, a esa languidez que envuelve a los heroinómanos en su trance hasta subyugarlos por completo.
Aún corrían los días en que algunos necios aseguraban que las drogas eran sustancias liberadoras. Pero quienes conocían al gran Chet Baker en su faceta profesional, sabían que el poeta de la autodestrucción —aún estremece su versión de “Moon Love”, con Russ Freeman al piano— perfectamente podía dejarles tirados, y no volver, tras escaparse en el descanso de un concierto, para ir en busca del caballo de la muerte. Y lo hubiera hecho, aunque el vendedor fuera el mismo camello que le partió los dientes en el 66, a consecuencia de una deuda, en San Francisco.
De bien poco sirvió que Dizzy Gillespie —colega y, sin embargo, amigo— le ayudase a volver al circuito de los conciertos una vez que Chet aprendió a tocar la trompeta con dentadura postiza tras un descomunal esfuerzo. Un afán que solo se comprende en alguien que amaba la música, así, en abstracto, por encima de todos los géneros, hasta el punto de que, al principio de su carrera, cuando parecía que su estrella iba a brillar eternamente y las ventas de sus discos le reportaron ingresos suficientes como para adquirir un descapotable, al pasear con el coche descubierto por las avenidas de Nueva York, no se enteraba de que estaba lloviendo si le embriagaba la pieza emitida por la radio. Después llegaron otras embriagueces y todo se lo llevó el Diablo.
El viejo Chet tenía 58 años cuando cayó al vacío desde la segunda planta del hotel donde se alojaba. Su cadáver, contra el suelo, mostraba el rosto de un niño envejecido, roto por un lado. Un niño como aquellos de Hamelin, embaucados por la melodía del pífano del Diablo. Los que se quedaron esperándole en Amsterdam no se extrañaron. En sus últimos meses, Baker se estaba chutando esa mezcla de heroína y cocaína que llaman speedball. Se dijo que fue un suicidio, que los camellos le habían arrojado al vacío, que una de sus exmujeres había pagado a un sicario para que acabase con él y así cobrar el seguro. Personalmente, el poeta de la autodestrucción era un hombre malo. Los yonquis suelen serlo. Maltrataba y utilizaba a sus novias, la belleza de su jazz era una patente de corso que le permitía ser despreciable con todo el mundo.
Por esa extraña satisfacción que produce en el personal, en el paisanaje al uso, la muerte de los proscritos, malditos y malvados, hace hoy 38 años, la prensa internacional dedicó a Baker más tinta que nunca. En vida siempre fue uno de esos tipos a los que los medios estigmatizan: “Algunas veces cantaba y parece que atraía al público femenino”, recuerda James Gavin, su impagable biógrafo, que el New York Times fue especialmente lacónico en su obituario.
No. Chet Baker no ascendió a ningún parnaso tras estrellarse contra el suelo de Ámsterdam. Si acaso, bajó al infierno a pagar su parte del pacto, el firmado con quien reparte la gloria entre los más desdichados. Pero aquel día, la humanidad vivió uno de sus momentos estelares por ese afán necrológico, ese interés que se despierta por la obra de los muertos, suscitado incluso por quienes les desprecian en sus noticias necrológicas, alcanzó entonces el paroxismo.
Puestas así, una detrás de otra, probablemente sea el jazz la música favorita de los escritores. La ya proverbial pasión que Julio Cortázar sentía por Charlie Parker, a quien también admiró el gran Jack Kerouac, amén de Gillespie y al propio Baker. Entre los españoles —el penúltimo concierto del gran Chet Baker, tuvo lugar en el Colegio mayor San Juan Evangelista— cabe dar noticia de la admiración de Antonio Muñoz Molina por Gillespie. Ya de antiguo, esa genialidad musical de nuestro atormentado, ha inspirado muchas páginas de Enrique Vila Matas. Manuel Vincent asegura escucharlo todos las tardes para llorar debidamente. Humildemente, yo me permitiré citar al barcelonés Jaime Rosal, cuya crónica nostálgica del memorable concierto de 61 de Miles Davis, en el Carnegie Hall de Nueva York, con la orquesta de Gil Evans, hizo de mí otro afecto a este mal que nos hace tanto bien que es el jazz. Es lo que tienen las músicas del Diablo.


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