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San Isidro en Madrid hacia 2026

San Isidro en Madrid hacia 2026

He visto una fotografía del 15 de mayo de 1936 en Madrid. Se ven los tenderetes instalados a orillas del Manzanares y grupos de personas que se solazan alegres y confiados sobre la hierba o pasean por los caminos que discurren en paralelo al Manzanares, ajenos por un día a las convulsiones que iban minando los cimientos de la vida pública, pero que quizá en aquellos momentos parecían una cuestión circunstancial, fácilmente resoluble. Igual que nunca hay una equis señalando en los mapas la localización exacta del tesoro, tampoco existen los presagios que anuncian la inminencia del desastre. Me contó una vez Antonio Muñoz Molina que él siempre había imaginado el 18 de julio de aquel año en la capital de España como una jornada lluviosa y gris, y que se sorprendió mucho cuando alguien que lo había vivido le contó que, al contrario, durante todo aquel día había lucido en el cielo un sol radiante. Hace unos años escuché a una mujer cuya niñez quedó abolida por el estruendo de la guerra. Recordaba que, apenas unas horas antes de que se iniciaran las hostilidades, las horas discurrían con la apacibilidad serena de las fechas estivales: «Todo pasó de un día para otro».

Las personas que aparecen en esa vieja fotografía en blanco y negro tampoco imaginarían que ése iba a ser el último San Isidro que vivirían en unos años. Está tomada con cierta distancia y no se puede discernir mucho, pero cabe intuir su jovialidad o su despreocupación, era viernes y llegaba la semana a su término con un festivo adicional. Nadie prestaba demasiada atención a los periódicos y la tarde era un remanso plácido, un mero dejarse ir hacia las orillas del crepúsculo. Hasta parece sosegado el perfil de la ciudad que se recorta al fondo, no tan diferente del que había retratado Goya en 1788, en el boceto que pintó para una serie de cartones para tapices. Despunta sobre los tejados la cúpula de San Francisco el Grande, y los edificios que se arremolinan a su alrededor parecen las extremidades de un animal manso que se resiste a abdicar de la costumbre de la siesta.

"Noventa años después, San Isidro amanece en Madrid desapacible y da un poco de pereza lo de ir hasta la Pradera"

Noventa años después, San Isidro amanece en Madrid desapacible y da un poco de pereza lo de ir hasta la Pradera, no vaya a ser que irrumpa la lluvia a medio camino o que, peor aún, nos sorprenda en campo abierto, cuando haya mal remedio. Pero nunca antes me había pillado la fiesta del patrón en la ciudad, y me resisto a que caiga la hoja del calendario sin tomar parte en alguno de los ritos que son propios de la efeméride. En Pretil de Santisteban, muy cerca de la Cava Baja, hay una capillita en lo que se supone que fue la cuadra donde tenía el santo sus animales. Sólo abre sus puertas en esta fecha y algún que otro sábado, no todos, un poco al albur de quienes están en posesión de las llaves y se ocupan de darla a conocer. Si no fuera por la placa que hay junto a la puerta, su existencia pasaría inadvertida, porque literalmente ocupa el bajo de un edificio de viviendas. Hay una cola que avanza rápido, y en el interior un hombre enjuto va explicando con voz suave los milagros que dieron fama al labrador y terminaron propiciando su canonización. Es raro que no caiga simpático el bueno de Isidro. Se dedicaba a rezar mientras los ángeles araban por él los campos —lo que no deja de ser una demostración de que Dios no siempre castiga la pereza— y se casó con una mujer, María de la Cabeza, con la que tuvo un hijo y de la que se separó luego, parece ser que amistosamente. Él se quedó donde estaba, inmerso en su vida contemplativa, y ella regresó a sus predios natales, junto al Jarama, para cuidar de una ermita. Los reunió a título póstumo Felipe V, que decidió que los restos de ambos reposaran juntos. En el interior de la Colegiata de San Isidro, a pocos minutos de la misa de doce, una larga fila de parroquianos y curiosos aguarda su turno para subir hasta el camarín sepulcral que acoge su descanso.

"Entre 1820 y 1823 volvió a pintar Goya la Pradera de San Isidro. Lo hizo en una de las paredes de la Quinta del Sordo"

De vuelta a casa me voy cruzando aquí y allá con hombres y mujeres ataviados con los ropajes propios de la fecha. No es muy distinto en eso este Madrid de aquel otro de 1926. Entre 1820 y 1823 volvió a pintar Goya la Pradera de San Isidro. Lo hizo en una de las paredes de la Quinta del Sordo, la finca de Carabanchel Bajo a la que se retiró en sus últimos años madrileños. Era un Goya anciano, enfermo, sordo y acechado por los desencantos y las fantasmagorías que iban a propiciar su exilio. Entre esa pintura y el boceto que había dibujado más de treinta años atrás, cuando era un joven prometedor dispuesto a triunfar en la corte, mediaba toda una vida y una buena porción de historia. Mejor no preguntarse de cuál de esas dos romerías está más cerca la que se celebra en este día de San Isidro de 2026 en el que no me he animado a ir a la Pradera y me entretengo recorriendo las calles viejas del centro, entre el eco de los chotis y estas nubes que parece que se quieren ir, pero no acaban de desertar del todo.

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