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25 de mayo de 1936: Nuevo Consejo de Ministros

25 de mayo de 1936: Nuevo Consejo de Ministros

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Lunes, 25 de mayo de 1936: Nuevo Consejo de Ministros

Y ahora, si el presidente quiere hacer alguna matización…

—Desde luego.

Don Manuel Azaña había escuchado con atención el despacho ordinario del Consejo de Ministros. Sentado en el extremo de la mesa, el insigne presidente de la Segunda República disfrutaba del momento cumbre de su existencia. ¡Por fin era el Jefe del Estado, la magistratura más alta del país! ¡Por fin podía permitirse estar por encima del trasiego partidario y las intrigas mezquinas! ¡Por fin podía mirar desde arriba a sus ministros con ojos casi de entomólogo!

"Que se subleve Mola y que salgan los carlistas de sus nidos, y volveremos a aplastarlos como se ha hecho siempre. Será el momento para una purga definitiva"

De entre los presentes, Santiago Casares Quiroga, su hombre de confianza como jefe del Gobierno, ejercía de maestro de ceremonias. Los demás eran republicanos conocidos, la mayoría de su propio partido o del de Martínez Barrio: Augusto Barcia, José Giral, Ramos, Moles, Barnés, Blasco Garzón, Velao, Lluhí, Ruiz Funes, Álvarez Buylla y Giner de los Ríos. Una lista, para Azaña, plenamente satisfactoria.

—Me preocupan las numerosas huelgas que se avecinan. Pero, de todo lo dicho, lo más urgente hoy es el asunto que se plantea desde el Ministerio de Guerra. Parece claro que el general Mola es quien ha terminado por ponerse al frente de todo el tinglado conspiratorio que se está moviendo, una vez más, bajo la batuta de Sanjurjo…

—No solo eso, sino que empieza a firmar directrices secretas como «El Director»…

—… y como presidente entiendo la alarma del ministro de Guerra —continuó Azaña, corrigiendo la familiaridad de Casares Quiroga—. Aunque a mí esto me recuerda el famoso intento de sublevación de Sanjurjo allá por agosto del 32, cuando el régimen estaba reciente y la lealtad del Ejército poco garantizada. Entonces sí que la intentona fue peligrosa. Pero hoy el Ejército ya está acostumbrado a la República, y no se atreverán.

—Están los de siempre, presidente —observó Lluhí, el ministro de Trabajo, el único catalán del gabinete.

—Del general Mola me espero todo, y por eso está en Pamplona, lo más alejado posible de Marruecos. Que intente sublevarse y nos quitamos otro problema de encima. Y Franco a lo mejor está algo nervioso últimamente. Pero desde Canarias poco puede hacer y, de todas maneras, de él me fío. Es el general más prestigioso de la República. No nos traicionará.

—No mientras no lo vea totalmente claro —apuntó Casares Quiroga.

—¿Y tú crees que esta conspiración está madura? —replicó Azaña con una viveza inusual—. Que se subleve Mola y que salgan los carlistas de sus nidos, y volveremos a aplastarlos como se ha hecho siempre. Será el momento para una purga definitiva.

Y sus palabras arrancaron los aplausos de todos los presentes.

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