Hay ciudades que uno atraviesa y olvida, y otras que parecen esperarte cada vez que regresas. Esta vez mi paso por la capital tenía un sabor distinto. En unos días marcho hacia las Islas Canarias. El viaje no podrá ser en furgoneta, como tantas otras veces; el océano obliga a cambiar el asfalto por las alas de un avión. Pero antes de partir, Madrid me regaló una de esas sorpresas que uno guarda para siempre.
El Ayuntamiento ha impulsado durante esta primavera una campaña para fomentar la lectura y apoyar a las librerías de barrio. Bajo el lema “Tu próximo libro está al alcance de tu mano”, la ciudad se ha llenado de bancos-libro repartidos por diferentes barrios y plazas emblemáticas. Obras de autores como Arturo Pérez-Reverte o Juan Gómez-Jurado, entre otros. Son veintiséis instalaciones que convierten las calles en pequeñas estaciones literarias al aire libre, lugares donde detenerse unos minutos, sentarse y recordar que los libros siguen siendo refugio, viaje y conversación.
Estos bancos-libro estarán presentes en la capital hasta el final de la inminente Feria del Libro de Madrid.
Cada pieza incorpora un código QR que conecta al usuario con la plataforma municipal “Todo está en Madrid”, desde la que puede localizar las librerías más cercanas. La iniciativa tiene una doble lectura: por un lado reivindica el libro como símbolo cultural, y por otro introduce una herramienta útil para dirigir el interés de los visitantes y habitantes de Madrid hacia el comercio local. Defender las librerías de barrio es defender mucho más que un negocio: es proteger lugares de encuentro, conversación y cultura. Es importante animar a los lectores a entrar en ellas, hojear libros y dejarse tentar por nuevas historias. Porque las ciudades también se construyen con lectores.
Y ahí está mi novela El juicio, formando parte de esa ruta literaria urbana hasta mediados de junio. Un banco para hacer un alto en el camino. Un lugar donde la gente se sienta, descansa, lee unas líneas y, muchas veces, se fotografía. Desde que se instaló en Cibeles no dejan de llegarme imágenes enviadas por lectores y amigos: familias sonriendo junto al banco, turistas sorprendidos, lectores que pasan por allí de noche y me mandan una fotografía iluminada por las luces de Madrid. Confieso que emociona más de lo que esperaba.
Quizá porque las novelas suelen escribirse en silencio, en habitaciones cerradas, durante largas horas de soledad. Y de pronto, un día, descubres que esa historia ha salido a la calle y forma ya parte del paisaje de una ciudad. Hay algo profundamente hermoso en eso.
Así que antes de poner rumbo a las Islas Canarias, Madrid me regaló esta inesperada parada en el camino. Un banco, un libro y miles de pasos alrededor. Y quizá eso sea, al final, lo más bonito que le puede ocurrir a una novela: convertirse, aunque solo sea por un tiempo, en un lugar donde alguien decide detenerse un instante.


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