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La Residencia de Estudiantes como educación sentimental y laboratorio del 27

La Residencia de Estudiantes como educación sentimental y laboratorio del 27

En el mes de diciembre, en Sevilla, en 1927, un grupo de poetas homenajeó a Luis de Góngora en el tricentenario de su muerte. A partir de ese momento nació una de las generaciones literarias más recordadas. Rosa Amor del Olmo se anticipa a la celebración de su centenario con una serie de artículos semanales para revisitar aquel momento desde una perspectiva literaria, cultural e incluso humana.

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Una institución pensada para reformar la universidad

La Residencia nació por real decreto en 1910, impulsada por la Junta para Ampliación de Estudios en el marco reformista de la Institución Libre de Enseñanza y bajo la dirección de Alberto Jiménez Fraud. Abrió el 1 de octubre de ese año en la calle Fortuny con quince residentes y con una ambición muy precisa: no duplicar la universidad existente, sino corregir sus carencias mediante una forma de vida colegial más cercana a los colleges británicos que a la pensión estudiantil española tradicional. La propia historiografía ha subrayado que la Residencia se concibió como una “gran familia”, con espíritu universitario, trato cotidiano y vocación de formar élites reformistas; no extraña, por eso, que despertara pronto recelos en sectores de la Iglesia, del conservadurismo político y de una universidad que veía en ella una crítica encarnada de sus insuficiencias.

El traslado a la llamada Colina de los Chopos convirtió esa idea pedagógica en paisaje. El terreno se adquirió en 1913; los pabellones principales se levantaron con proyecto de Antonio Flórez Urdapilleta y el conjunto se completó más tarde con intervenciones de Carlos Arniches y Martín Domínguez, además de jardines vinculados a la tradición paisajística de Javier de Winthuysen. El real decreto de 2025 que declara el conjunto Bien de Interés Cultural no solo protege los pabellones y jardines, sino que recuerda un dato decisivo: en el llamado Pabellón Transatlántico “los cuartos de los residentes convivían con los laboratorios científicos”. Esa mezcla material entre dormitorio, conversación y experimentación resume la singularidad de la casa mejor que cualquier elogio retrospectivo. Además, la crítica arquitectónica ha señalado que Flórez tradujo en ladrillo los ideales institucionistas de libertad, apertura, salud y austeridad; la arquitectura no decoraba la pedagogía, la ejecutaba.

La pedagogía de la convivencia

La clave del proyecto no fue solo alojar estudiantes, sino educarlos por medio de la vida diaria. Las memorias de la JAE describen una institución que aprovechaba las condiciones cotidianas para la “educación moral” de sus alumnos: habitación, baños o duchas, comida, deporte, biblioteca, conciertos, conferencias, excursiones, visitas a museos y viajes de interés artístico. Muy pronto se añadieron clases de idiomas, tenis, hockey, fútbol, carreras de campo a través, atletismo, un club alpino e incluso prácticas pioneras de esquí. Nada de esto era un añadido recreativo: la institución partía de la convicción de que escuchar bien, conversar bien, leer bien, moverse bien y compartir tiempo con otros era también formarse.

"La pedagogía residía tanto en el contenido de esas actividades como en el clima que producían"

Ese modelo implicaba una crítica frontal al aislamiento académico. Álvaro Ribagorda (2011) ha mostrado que la Residencia respondió al escaso acompañamiento de la universidad articulando tutores por facultades, pequeñas bibliotecas especializadas, laboratorios de iniciación y un calendario estable de “charlas íntimas”, audiciones de música de cámara y conferencias. La pedagogía residía tanto en el contenido de esas actividades como en el clima que producían. De ahí que muchos testimonios insistan en la atmósfera antes que en el reglamento: la Residencia educaba por el ejemplo, por la proximidad entre mayores y jóvenes, por la disciplina sin enfado visible, por una sobriedad que no cancelaba la alegría. Es importante subrayarlo porque ahí está la verdadera “educación sentimental”: no como sentimentalismo, sino como formación de hábitos interiores.

Una máquina cultural europea

La proyección pública de esa convivencia fue extraordinaria. En 1913 la Residencia creó su editorial, dirigida por Jiménez Fraud con intervención decisiva de Juan Ramón Jiménez en su etapa más fértil; hasta 1932 publicó treinta y cinco títulos. Entre 1926 y 1934 sostuvo además la revista Residencia, de veinte números. No se trataba solo de editar libros: era una manera de convertir la sociabilidad interna en circulación pública de ideas. A ello se suma otro dato muy útil: el estudio de Álvaro Ribagorda sobre las actividades culturales reconstruye casi seiscientas conferencias, lecturas, conciertos, proyecciones y representaciones organizadas entre 1910 y 1936. La Residencia fue, por tanto, una máquina de mediación cultural con una productividad muy superior a la de un simple colegio mayor.

"La Residencia nació, por tanto, con una vocación mixta: residencia y centro cultural, sí, pero también espacio de trabajo científico"

Esa máquina funcionó además como una auténtica antena europea. Desde mediados de los años veinte, el Comité Hispano-Inglés y la Sociedad de Cursos y Conferencias ampliaron decisivamente recursos, contactos y financiación; gracias a esas estructuras, la sala de actos madrileña se integró en los circuitos internacionales de la época. La cronología de la casa es elocuente: Albert Einstein habló allí en 1923; Paul Valéry en 1924; en 1928 hubo concierto de Maurice Ravel y representación de El retablo de maese Pedro de Manuel de Falla; en 1930 intervinieron John Maynard Keynes, Walter Gropius y Arthur Eddington; en 1931 lo hizo Marie Curie y se representó música de Igor Stravinsky; en 1933 pasó por allí Alexander Calder. No es casual que la página oficial del Sello de Patrimonio Europeo defina la Residencia como lugar de residencia, debate e intercambio en el que se reunieron figuras mayores de las artes, la filosofía y la ciencia de entreguerras; tampoco que hoy siga siendo reconocida por su papel en la física moderna española.  

Laboratorios, ciencia y cruce de disciplinas

Llamarla “laboratorio” no es solo una metáfora afortunada. Ya en 1912, ante la insuficiencia de los laboratorios universitarios, la JAE (Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas) creada en 1907, en el marco de la Institución Libre de Enseñanza, para promover la investigación y la educación científica en España. Presidida por Santiago Ramón y Cajal instaló en la Residencia espacios de química fisiológica, histología y anatomía microscópica orientados a la formación práctica de los estudiantes; varios residentes pasaron de aprendices a investigadores y docentes. La Residencia nació, por tanto, con una vocación mixta: residencia y centro cultural, sí, pero también espacio de trabajo científico. El Pabellón Transatlántico preservado por el decreto de 2025 sigue siendo la huella física de ese proyecto: allí convivían literalmente las habitaciones y los laboratorios.

"La Colina de los Chopos no fue solo un escenario de tertulias, poemas y vanguardias: fue también un lugar donde la ciencia española aprendía a mirar por el microscopio"

En los años veinte esa dimensión científica alcanzó un nivel notable. Pío del Río Hortega dirigió desde 1920 el Laboratorio de Histología Normal y Patológica, del que la historiografía habla como un centro de referencia internacional. Esa dimensión científica tuvo nombres propios. Juan Negrín, mucho antes de convertirse en figura central de la política republicana, dirigió desde 1916 el Laboratorio de Fisiología General de la Junta para Ampliación de Estudios, instalado en los sótanos de la Residencia. Allí se formaron o iniciaron su trabajo investigadores como Severo Ochoa y Francisco Grande Covián, este último llegó a afirmar que su ingreso en la Residencia le decidió la vocación científica, y Ochoa evocó allí un ambiente intensísimo de dedicación al conocimiento. La Colina de los Chopos no fue, por tanto, solo un escenario de tertulias, poemas y vanguardias: fue también un lugar donde la ciencia española aprendía a mirar por el microscopio.

La poesía, la música, la filosofía y la ciencia compartieron techo, interlocutores y prestigio simbólico.  

Antes del mito del 27

La Residencia fue laboratorio del 27 antes de que existiera la comodidad retrospectiva de la etiqueta. El homenaje a Luis de Góngora en Sevilla dio al grupo una escena de visibilidad que la crítica posterior convirtió en “acta de nacimiento”, pero la propia investigación sobre aquel episodio insiste en que la repercusión pública sevillana fue importante precisamente porque venía a hacer visible algo que no había nacido allí de la nada. Revistas como Litoral, cuya entrega triple de octubre de 1927 se concibió con motivo del homenaje gongorino, muestran hasta qué punto la constelación del 27 se había ido articulando antes en publicaciones, amistades, lecturas comunes y circuitos de reunión. Y la reivindicación de Góngora tampoco fue arqueológica: coincidía con el gusto del momento por la metáfora, la dificultad, la pureza poética y la relectura vanguardista de la tradición.

"En ese sistema de relaciones, Pepín Bello no fue un comparsa sino un verdadero catalizador del humor vanguardista"

Dentro de esa prehistoria del mito, el triángulo de Federico García Lorca, Luis Buñuel y Salvador Dalí es central, pero no suficiente. La cronología básica está clara: Buñuel llega en 1917, Lorca en 1919 y Dalí en 1922. Lo interesante es el tipo de vínculo que hicieron posible esas coincidentes residencias: Lorca se convirtió en alma de un grupo que extendía la tertulia a su cuarto y atraía a Rafael Barradas, Adolfo Salazar o Manuel Azaña; Buñuel organizó en la Residencia un cinefórum y sus primeras puestas en escena; Dalí convirtió sus años madrileños en una combinación de tertulia, paseos nocturnos y visitas al Prado. Para una escritura rigurosa conviene, no obstante, señalar una pequeña incertidumbre documental: la cronología de la propia Residencia prolonga la estancia de Buñuel hasta 1925, mientras el portal Universo Lorca la acota a 1924. En cualquier caso, lo decisivo no es el año exacto de salida, sino que allí se produjo el roce creativo que hizo posible después muchas obras. En ese sistema de relaciones, Pepín Bello no fue un comparsa sino un verdadero catalizador del humor vanguardista; de hecho, participó en la organización sevillana del homenaje a Góngora y tomó la famosa fotografía que acabaría funcionando como imagen emblemática de la generación. La presencia continua de Falla, amigo de la casa desde 1917 y referencia para los jóvenes músicos y poetas, remata la escena: no se estaba formando solo un grupo de poetas, sino una red interartística.

La otra mitad del experimento: la Residencia de Señoritas

Cualquier capítulo que quiera hacer justicia a la Residencia debe abrirse también a la Residencia de Señoritas, dirigida por María de Maeztu desde 1915 hasta 1936. Fue el primer centro oficial creado en España para fomentar la educación superior de las mujeres y surgió para resolver un problema muy concreto: dónde podían vivir y estudiar las jóvenes que llegaban a Madrid. El crecimiento fue espectacular. Aquí conviene matizar bien las cifras: según la Biblioteca Nacional, la Residencia se inauguró con tres estudiantes catalanas efectivamente alojadas, terminó su primer curso con diecisiete residentes, llegó a cincuenta al segundo año, a cien en el quinto y en 1933 no podía admitir a más de 350 aunque recibía unas 500 solicitudes; paralelamente, la documentación institucional recuerda que el proyecto arrancó con una infraestructura prevista para unas treinta plazas y alcanzó en 1936 una capacidad de 265 alumnas. Dicho de otro modo: hubo desde el principio una diferencia entre ocupación real y capacidad material, y ambas cifras son útiles para mostrar el éxito acelerado del proyecto.

Su programa pedagógico desmiente cualquier lectura subordinada. La Residencia de Señoritas ofrecía idiomas, cultura general, materias de ciencias, letras y bellas artes, preparación de oposiciones, conciertos, excursiones, deportes y conferencias; su biblioteca, abierta catorce horas al día, reunía más de 12.000 volúmenes y abundante prensa española y extranjera. Compartió además con el Instituto Internacional el Laboratorio Foster, creado por Mary Louise Foster y María de Maeztu para suplir la falta de prácticas que padecían las universitarias en la Universidad Central; arrancó con treinta plazas, exigió una ampliación ya en 1925 y pudo inaugurar su nuevo laboratorio en 1928, formando a centenares de mujeres en química, farmacia, ciencias y medicina. Las actividades de ambos centros estaban conectadas, de modo que las residentes participaron también del mismo clima de intercambio intelectual que solemos atribuir solo al brazo masculino. Esa es una corrección de primer orden: no hay historia completa de la modernidad de la Residencia sin esta otra casa.

La guerra, la interrupción y el legado

La Guerra Civil española no clausuró únicamente una institución prestigiosa: destruyó una ecología viva de ciencia, pedagogía y cultura. Tras el estallido de 1936, la Residencia obtuvo inmunidad diplomática gracias a las embajadas británica y norteamericana y sirvió de refugio a figuras como Ortega, Menéndez Pidal, Marañón o Dámaso Alonso; después fue ocupada y convertida en Hospital de Carabineros bajo la dirección de Luis Calandre. La JAE quedó disuelta en 1938, y en 1939 el patrimonio y los edificios pasaron al recién creado CSIC. Esa cadena de hechos explica la enorme carga simbólica de la Residencia hoy: no representa solo lo que fue, sino también la posibilidad histórica que quedó quebrada.

"Tras la restitución del nombre en 1986 y la creación de la fundación pública en 1989, la Residencia reanudó la recuperación de fondos documentales"

La recuperación tardía forma parte inseparable de su historia. El decreto de 2025 recuerda que la institución actual mantiene el diálogo entre artes, humanidades y ciencias y conserva prestigio internacional; la Comisión Europea la distingue con el Sello de Patrimonio Europeo por su defensa del libre pensamiento, la cooperación y el intercambio, y su reconocimiento en la historia de la física moderna española sigue vigente. Tras la restitución del nombre en 1986 y la creación de la fundación pública en 1989, la Residencia reanudó la recuperación de fondos documentales, abrió de nuevo sus espacios a residentes, investigadores y creadores y mantuvo una programación cultural abierta al público: su propio sitio indica hoy un Centro de Documentación activo y más de doscientos actos anuales en el salón de actos. El punto de cierre de un capítulo podría formularse así: la Residencia no “fabricó” por sí sola la Generación del 27, pero sí proporcionó una de sus condiciones de posibilidad más fértiles, porque convirtió la inteligencia en convivencia, y la convivencia en una forma cotidiana de creación.

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Referencias consultadas

Barona, Josep Lluís. «Los laboratorios de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (J.A.E.) y la Residencia de Estudiantes (1912-1939)». Asclepio, vol. 59, núm. 2, 2007, pp. 87-114. DOI: 10.3989/asclepio.2007.v59.i2.233.

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Martín Blas, Sergio. «Residencia de Estudiantes Madrid: Antonio Flórez Urdapilleta and Francisco Javier de Luque». DASH | Delft Architectural Studies on Housing, vol. 6, núm. 10, 2018, pp. 92-99.

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Ribagorda Esteban, Álvaro. «El Comité Hispano-Inglés y la Sociedad de Cursos y Conferencias de la Residencia de Estudiantes (1923-1936)». Cuadernos de Historia Contemporánea, núm. 30, 2008, pp. 273-291.

Ribagorda Esteban, Álvaro. «La Residencia de Estudiantes: más que un colegio universitario». En Frailes, aprendices y estudiantes: historia de los usos sociales en un espacio de Ciudad Real, coords. Virginia Iniesta Sepúlveda y José Martínez Cano. Cuenca: Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2019, pp. 75-94. DOI: 10.18239/alm_14.2019.03.

Sáenz de la Calzada, Margarita. La Residencia de Estudiantes. Los residentes. Madrid: Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 2011.

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