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29 de mayo de 1936: En el Comité Regional de la CNT

29 de mayo de 1936: En el Comité Regional de la CNT

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Viernes, 29 de mayo de 1936: En el Comité Regional de la CNT

¡Dirección Carabanchel Bajo!

Hoy quien subía en el tranvía en la puerta de Toledo era el anarquista apodado irónicamente el Lenin, que volvía a casa después de una reunión en el Comité Regional. Había estado vagabundeando por la capital y al final de las rondas se encontró en la glorieta. A esas horas del mediodía no había el racimo habitual de obreros enganchado a la parte trasera del tranvía y después de pagar su tique permaneció de pie, enganchado a la barra.

"Apareció encima de la mesa un ejemplar del ABC donde se narraba con todo detalle la manera en que habían asesinado al soplón"

Por la ventanilla se veían, arrimadas a la fachada de una casa, dos mujeres cosiendo. Había niños jugando al fútbol. Recostado en una mecedora, un viejo acarició a su gato sobre el regazo. Hacía una temperatura agradable y un sol alimonado bañaba la plaza. Algunos tranvías subían a la plaza Mayor. Otros, como el que cogió Lenin, descendían hacia el Manzanares. En los cristales de las ventanillas se rompió el sol en reflejos rojizos.

Todo ello en otro momento le habría resultado agradable. Pero hoy le deprimía. Llevaba todo el día desubicado, desde que Ángel Navarrete le hubiera convocado en el Comité Regional de la CNT. Se habían visto allí, en la calle Fernando el Santo, delante de un compañero ferroviario que presidía y según se encaraban todos, el Lenin ya supo lo que le iban a decir.

—Creo que una de las normas de la CNT es que toda acusación debe estar basada en hechos concluyentes, no en rumores sin pruebas que no se pueden rebatir, compañero.

—No te preocupes, que pruebas no faltan… —dijo Ángel Navarrete.

Y apareció encima de la mesa un ejemplar del ABC donde se narraba con todo detalle la manera en que habían asesinado al soplón. Se contaba cómo el hombre se reunió con su familia, cómo se detuvo a todos en una tasca cercana, cómo al salir fue asaltado por un navajero desconocido, que a continuación se dio a la fuga, etcétera. También había ejemplares de El Socialista, Mundo Obrero y Tierra y Libertad. En los diarios obreros se mencionaba, aunque de manera más somera, el incidente. El Lenin ni siquiera lo negó.

—Era un soplón —dijo—. Le enviaba cartas semanales a la Dirección General de Seguridad.

—También tengo quejas de la tienda de ultramarinos de los Mañas en Carabanchel y de otros dos locales bajo mi protección. A todos los has extorsionado. ¿Qué te dije siempre? ¡Nosotros no somos delincuentes! Lo hacemos por la lucha sindicalista. Y el que marca los objetivos soy yo.

Con una enorme seriedad, Ángel Navarrete le pidió que le entregara su carné. Lenin estuvo a punto de no dárselo. Al final lo hizo y Navarrete, delante de todos, lo rompió. Lenin cogió uno de los trozos.

—Aquí dice: «Agilidad mental para ver el peligro y superarlo con rapidez, es lo que hace falta. Perder el tiempo divagando en reuniones, con disquisiciones filosóficas es antirrevolucionario. El adversario no discute, actúa»…

"Los obreros socialistas, comunistas y anarquistas no linchan a negros, sino que luchan por destruir aquella porquería asentada en el tanto por ciento"

—Vete —dijo Navarrete—. No lo voy a decir dos veces.

Un par de horas más tarde, en el tranvía, el Lenin todavía rumiaba su resentimiento cuando oyó la conversación, a su lado, que mantenían dos desconocidos.

Estados Unidos es un país odioso porque es el país de los millonarios, los rascacielos y los grandes miserables. Allí te puedes morir de hambre en plena calle sin que la gente se pare a mirar, y linchar a un negro es casi un deporte.

—Pero Carranque, también habrá personas decentes, que no linchen a negros, ni dejen a un hombre morirse de hambre.

—Claro que existen —dijo Carranque de los Ríos, novelista reconocido de la época, con su bigotillo a lo Errol Flynn—. Son los obreros socialistas, comunistas y anarquistas. Esos no linchan a negros, sino que luchan por destruir aquella porquería asentada en el tanto por ciento…

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