Portada: ‘El mundo de Christina’, de Andrew Wyeth.
La obra de un escritor es inseparable de su personalidad. Lo dice Sainte-Beuve, influyente crítico literario del siglo XIX, y de ahí que su método consiste en no separar a la persona de la obra. Marcel Proust no está de acuerdo. Un libro, dice, es el producto de un yo diferente al que manifestamos en nuestras costumbres, en sociedad, en nuestros vicios. Ese yo, continúa, si queremos tratar de entenderlo, es en el fondo de nosotros mismos, tratando de recrearlo en nosotros, donde podemos lograrlo (Faulkner le da la razón: una novela es el oscuro hermano gemelo de un hombre). Leer sería un diálogo entre dos yoes profundos, el del escritor y el nuestro.
Estoy con Proust (yo, que dejaría las 93000 palabras del diccionario en 92999, pues suprimiría contradicción. No existe contradicción en que yo ahora diga algo que negaré dentro de cinco minutos si expreso las dos convencido).
El mundo de Christina. Estamos en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Presuponemos la calidad y el interés de todos los cuadros, puesto que la selección ha recaído en expertos, tipos de contrastado conocimiento pictórico. Con esa disposición, miramos, nos reafirmamos en el presupuesto (igual con las editoriales que nos gustan). Un cuadro llama la atención de otro modo. Nos demoramos en la contemplación, el tiempo de pasar del simple gozo a intentar justificarlo: excelente, destaca la situación de la mujer, que, aunque protagonista, está situada en el cuarto inferior izquierdo. Poco cielo, casa y granero en la lejanía, y la mujer en el suelo, de espaldas y arrinconada. El resto, más de la mitad del cuadro, prado. Sin embargo, nuestra mirada no se extiende en la misma proporción del espacio ocupado. ¿Quizá radique ahí su poderosa atracción? Una gran obra, sin duda. La disfrutamos, la admiramos completa en sí misma. No necesitamos saber nada más.
Andrew Wyeth la pinta en 1948. Vemos a Christina Olson, su vecina en Cushing (Maine). Sufre el síndrome de Charcot-Marie-Tooch, que paraliza su cuerpo de cintura para abajo (¡ya notábamos algo en las manos y el codo!). Christina se niega a utilizar silla de ruedas, de modo que se desplaza arrastrándose por el campo. Wyeth ha optado por la témpera al huevo sobre madera, que le permite conseguir detalles de gran precisión, lo que supone trabajar muy despacio. Christina se cansa, no puede posar durante mucho tiempo, así que es sustituida por Betsy, la mujer del pintor, propietaria del torso de Christina.
La obra, ahora, es otra. Incluso nos atrevemos a decir que lo que nos ha parecido una llamativa posición de Christina en la composición obedece al deseo del pintor de que veamos el mundo como lo ve ella. Christina, qué bien lo transmite el cuadro, quien se niega a utilizar una silla de ruedas, se arrastra por el campo.
Me he servido de una pintura cuando hay muchos, muchísimos ejemplos literarios: Édouard Levé entregó Suicidio a su editor tres días antes de quitarse la vida. La novela es un monólogo en segunda persona dirigido a un amigo que salió de casa con su mujer dispuesto a jugar al tenis, que, en el jardín, reparó en que había olvidado la raqueta; volvió a casa, cogió una escopeta y se pegó un tiro. Es imposible leer esta obra del mismo modo que no sabiéndolo.
Los padres de David Vann están separados. Él vive con su madre en Seattle. Acabado el curso, su padre lo invita a estar con él en Alaska, donde se encuentra. A David, que tiene trece años, le da pereza, dice que no. Pocos días después, su padre se suicida (perdón por la reincidencia). Pasan treinta años, David Vann escribe Sukkan Island (Leyenda de un suicidio, en el original), donde cuenta la historia de un hijo de la edad de aquel que viaja a Alaska para pasar un verano con su padre en una cabaña aislada. Asistimos a escenas donde parece que el padre en la novela replicará la acción del real, pero es finalmente el hijo quien se quita la vida. Que es un libro a vueltas con la culpa no lo habríamos adivinado en ningún caso; que, ahora, su lectura es otra está fuera de toda duda.
Matizo a esta altura que cuando hablo de novelas lo hago del 0,4% de las que se publican, y el 3,1% de las inéditas; no las otras, las que solo aspiran a entretener.
Dicho esto, defiendo la autonomía del libro, al que solo consiento como única información externa el nombre del autor, a modo de baliza.
Agradecido.


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