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José Ángel Mañas, historia personal

José Ángel Mañas, historia personal

Era 1994. José Ángel Mañas quedó finalista del premio Nadal con su novela Historias del Kronen. Ningún escritor joven ganaba un premio literario importante, ni siquiera quedaba finalista. Yo me lo tomé como algo personal. Acababa de empezar mi carrera de Filología Hispánica con la idea de prepararme para escribir, para ser escritor. Y decidí que yo compraría ese libro como solidaridad con los escritores jóvenes. El libro salió en 1994 y yo lo compré en 1995, en marzo, porque puse una nota manuscrita recordando todo aquello.

Lo que no me pude imaginar entonces es que ese libro tuvo un gran éxito, que se vendió muy bien, y que hicieron una película que fue la más taquillera del cine español ese año y que José Ángel Mañas ganó un Goya al mejor guión adaptado.

Ahora pienso en todo aquello e inevitablemente pienso en el que yo era entonces, y en el que soy ahora. También en mis ilusiones, y en mis realidades actuales. Yo quería ser escritor, hacer la carrera para leer mucho y escribir mucho. Y lo hice. Luego seguí escribiendo mucho y publiqué muchos libros, 19 hasta la fecha. Estoy contento, muy contento. Pero no basta.

Tengo 50 años y todavía me faltan muchas cosas por conseguir si quiero pensar, profesionalmente, que todo aquello mereció la pena. Y puede que José Ángel Mañas piense como yo, o algo parecido.

Él tiene unos años más, 55, si no llevo mal la cuenta, y le ha ido bien, pero su relato, como el mío, parece un tanto agridulce. Quizá sea la vida la que sea agridulce, y no la podamos cambiar. Quizá, como le dijo el otro día al hermano de un amigo, todos los éxitos son relativos. Si lo miramos desde cierto punto de vista, seguro que sí. Pero también hay que ser positivos.

El otro día, gracias al podcast El aprehendedor, de César López Benito, pude conocer a Mañas y entrevistarlo. Me cayó fenomenal. No era exactamente como me lo imaginaba. En realidad era mucho mejor, mucho más natural y simpático.

Es un sabio en muchos temas, y tiene un pensamiento hirviente, digamos, genial, con un verbo muy ágil. Dice que está cansado de Historias del Kronen, pero al mismo tiempo le está muy agradecido. Gracias a aquella novela y a aquel premio Nadal se pudo dedicar a la literatura y ser escritor. En el pódcast lo explica todo mucho mejor y por extenso.

Creo que en este mundo de la literatura no basta con el talento, o con trabajar mucho; también hay que tener suerte. En un sentido muy amplio. Y yo creo que la suerte no se tiene de forma constante, es decir, no se tiene siempre. Unas veces se tiene más suerte que otras. Pero como decía Picasso de la inspiración, “que me pille trabajando”. Sí, el talento es una gran virtud, por decirlo de alguna manera, pero el trabajo también, por supuesto. Y la suerte, claro. Trío de ases.

Yo también he tenido mis éxitos. Y he pasado por mis desiertos, como supongo que los habrá atravesado Mañas. Pero como él mismo dice muy bien, está la vocación. Él piensa que con todos los cambios que ha experimentado la literatura y el mercado desde que él quedó finalista del Nadal, ahora permanecemos los vocacionales, y eso le parece muy bueno. Al menos es hermoso, o lo sería si fuera cierto, que yo lo dudo. Pero es posible que tenga razón.

El problema, sinceramente, es que hay que ganarse la vida. Hace unos meses, también en el podcast de El aprehendedor, Luis Alberto de Cuenca, que tiene toda la experiencia del mundo, decía que siempre había sido “complicado” ser escritor, y que siempre, como ahora, había habido mucha afición a escribir. Porque hay mucha gente que publica libros.

Como dice mi madre, “desde Cervantes” siempre ha sido complicado ser escritor. Y seguramente desde antes. Pero siempre se ha hecho, siempre lo hacemos, siempre escribimos. ¿Y por qué? Pues yo creo que no es por vanidad, sino simple y llanamente por todo lo que da escribir, interiormente sobre todo, por lo gratificante que es. Por todo lo que llena.

Quizá escribir no sirva para mucho, material, pero sí que sirve para ser feliz. O por lo menos eso es lo que me ocurre a mí. Y pienso a menudo en ello.

Sé que esto es lo que le ocurre a José Ángel Mañas, escritor vocacional, o a otros escritores que conocemos, buenos amigos, como Ignacio del Valle, que una vez me dijo que “la vocación” era “una necesidad”. Y estoy de acuerdo.

Necesitamos escribir, pero tal vez como necesitamos hacer otras cosas que nos gustan, y mucho más que eso, que nos llenan hasta los bordes. Algunas veces digo, o pienso, que escribir da de todo menos dinero (que también lo da, o lo puede dar, poco o mucho), y que si además diera dinero (que ya digo que por poder puede dar) daría demasiado, de tantas cosas como da.

Otras veces pienso que leer y escribir forma parte de lo que nos divierte, al menos para algunos, de lo que llamaríamos “ocio”, y que por lo tanto no se les puede pedir más. Pero lo cierto es que siempre pedimos más, no nos basta. Además, verlo así me parece banalizar la cuestión, sinceramente, y lo digo desde mi subjetividad.

Me gustó mucho conocer a Mañas, que fue algo así como un mito de mi primera juventud. Ahora lo conozco y me encuentro con un hombre simpatiquísimo, muy cercano, cubierto de canas (a mí también me están saliendo, muchas). Ahora muy probablemente es el escritor que quería ser cuando se presentó al Nadal con veintipocos años. Y quizá mucho mejor.

Yo recomiendo desde aquí, por ejemplo, sus novelas históricas, como ¡Pelayo!, que es estupenda. Él estudió la carrera de Historia y sabe muchísimo de la materia. Además, lo sabe contar. Tiene el nervio del narrador, del escritor. Eso seguramente ya lo tenía con 22 o 23 años. Es probable que con eso naciera.

Recuerdo que mi padre decía —siempre lo recuerdo— que para escribir un libro había que tener ganas. Quizá para escribir cualquier cosa, un poema o un artículo. Quizá esas ganas es lo que finalmente haga a alguien escritor. Acaso se pueda llamar “vocación”, “un amor profundo” como me dijo hace no mucho Antonio Muñoz Molina en la calle.

Mañas tiene todo eso. Por eso estoy escribiendo ahora sobre él. Por eso ahora estoy escribiendo, sencillamente.

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