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Ana Ozores, una feminista en vetusta

Ana Ozores, una feminista en vetusta

La primera vez que leí La Regenta tenía, si no recuerdo mal, 22 años. Y debí de leerla bien, porque me enamoré de Ana como un becerro. Era inevitable, por supuesto. Y todavía no se me ha pasado del todo, cuando ya tengo los años del patético don Víctor Quintanar; aunque la perspectiva sobre la cuestión de las edades del hombre ha cambiado bastante desde 1884. El caso es que siempre he considerado a La Regenta una novela netamente superior a Madame Bovary, aunque tengamos que reconocer la primacía de la obra de Flaubert en cuanto a la elección del tema y la estructura narrativa fundamental, sobre todo considerando la cronología de publicación.

Creo que fue Jules Barbey quien escribió que Emma Bovary es algo “demasiado insignificante” como para constituir la piedra angular de un relato interesante. Ana Ozores, desde luego, no es insignificante. Como tampoco lo es el Magistral, don Fermín de Pas, un personaje mefistofélico sin parangón en la narración de Flaubert. Por otra parte, cabe admitir, sin embargo, que existe otro ángulo que favorece al francés: el de la pura innovación prosística. Lo ha señalado agudamente el crítico James Wood (Los mecanismos de la ficción) al notar que los novelistas actuales acatamos, a la fuerza o de buen grado, la regla del gran autor francés, que fue quien desplazó el centro de gravedad de la destreza narrativa desde la pura invención, desde la exuberancia imaginativa, a lo que Wood define como la “atención al detalle”. En calidad de abogado defensor de Clarín (de oficio, claro está, ya que don Leopoldo ni lo necesita ni lo quiere) diría que en el otro platillo de la balanza podríamos poner, para equilibrarla, la insuperable ironía clariniana, que llega a máximos de verdadera genialidad en la pintura de caracteres.

"Ana es una mujer hermosa e inteligente, no una estúpida soñadora. Manifiesta un potente e intenso deseo sexual, perfectamente normal y legítimo"

Pero no es ahí donde reside la superioridad de La Regenta. Hay otro argumento más demoledor —incontestable, en mi opinión— que nos brinda George Steiner en su primer ensayo, su insoslayable aproximación teórica a los dos gigantes rusos: Tolstói o Dostoievski. Clarín, nuestro Clarín, como los rusos, no se conforma con retratar un adulterio, sino que explora el conflicto entre la carne y el espíritu. No nos encontramos, pues, ante el arte racionalista derivado de la tradición ilustrada (que es, desde luego, el germen del macilento y analítico naturalismo francés), sino en el umbral de la dimensión teológica y mística, que alienta la sublime literatura rusa.

Ana es una mujer hermosa e inteligente, no una estúpida soñadora. Manifiesta un potente e intenso deseo sexual, perfectamente normal y legítimo; pero al mismo tiempo, también tiene inquietudes espirituales sinceras. Es una cristiana agonizante (en el sentido unamuniano) que expresa una manifiesta y evidente “hambre de Dios”. Precisamente ese apetito místico, de raíz existencial, que engrandece al personaje de la Regenta, se convierte a lo largo del relato en la palanca que utiliza el odioso y manipulador clérigo para dar satisfacción a su soberbia repugnante y a sus más bajos instintos de poder y dominación.

La lucha feroz entre el Magistral y el imbécil fantoche llamado Álvaro Mesía, es decir, entre la mundana modernidad liberal y el rancio clericalismo español, es la que despedaza a la protagonista. Ana es víctima del espíritu reaccionario, de la religiosidad ritualista y farisaica de la España provinciana y, al mismo tiempo, del impulso libertario europeo. Asistimos, por lo tanto, al declive del cristianismo y al subsecuente vacío moral que dará lugar a esa depresión hipersexualizada que registrará un siglo después, con precisión radiológica, otro eminente novelista francés: Michel Houellebecq.

"Clarín no nos pinta a una mujer débil o sumisa. Ana lucha, y lucha con verdadera fiereza"

Pero como este no es un artículo académico, ni un discurso protocolario o institucional sobre literatura, expliquemos las cosas con pedestre y hasta procaz sencillez, para disipar cualquier posible duda. Clarín no nos pinta a una mujer débil o sumisa. Ana lucha, y lucha con verdadera fiereza. Su adulterio es un grito de protesta tan potente como el de Antígona, y una vigorosa apuesta por el placer físico. Porque Ana quiere follar, sí. Y además quiere follar bien. A diferencia de algunas lerdas feministas contemporáneas, que enarbolan la bandera de la promiscuidad como si fuera un gran avance (sin entender que así aceptan la más estúpida y grosera imposición de la tiranía sexual masculina), Ana también quiere que su vida tenga contenido y significado. Ella quiere follar, desde luego… pero follar como Dios manda. Es decir, mientras su compañero le susurra al oído cuánto vale y qué gran regalo representa para él su cuerpo turgente. Por supuesto que lo desea, pero también quiere a ese Dios que la ha creado, y al que aspira con no menor intensidad. Supongo que no quedan en España muchas almas mojigatas que derramen católicos lagrimones de cera virgen al calor de este párrafo, pero por si acaso, conviene recordar que Ana Ozores no reclama nada que quede fuera de la primera carta a los Corintios de san Pablo. El Apóstol del Señor, precisamente, nos recomienda follar a menudo para no caer en pecado, porque:

La mujer ya no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni el marido tiene potestad sobre su cuerpo, porque pertenece a la mujer. No os privéis el uno del otro, a no ser de común acuerdo, durante un tiempo, para rezar.” (Corintios I, 7:3-5)

"Es triste que no muchos cristianos de la época de Clarín leyeran a san Pablo. Es lamentable que casi ningún sedicente cristiano actual lo haga tampoco"

Follar y rezar. Rezar y follar. He aquí el secreto, la verdadera piedra filosofal para lograr una vida feliz que llevan decenios buscando una legión de expertos, psiquiatras, filósofos, neurólogos, sexólogas, sociólogos, políticos, ingenieros, analistas de datos, peluqueras, taxistas… Esta era la clave que pasaron por alto el ejército Woke de Salvación y la oligofrénica confederación MAGA, e incluso la IA. Cabe destacar que no existe precedente en ninguna civilización, más allá del ámbito de influencia cristiana, que ponga tan nítidamente a la mujer en pie de igualdad con el varón. Oriana Fallaci y otras hembras audaces e inteligentes de nuestra decadente Europa llegaron a entenderlo antes de morir. ¿Y podrán creerme si les digo ahora que me dan lástima los hombres de otras culturas que someten a sus mujeres a riguroso control y les arrebatan su libertad? Me dan pena, claro, porque se privan a sí mismos del gozo incomparable de ser elegidos libremente por una compañera que podría haber preferido a otro. Ese gozo, precisamente, es el que expresan algunas de las más brillantes estrofas de The Beatles: She loves you! Y en esto consiste la quintaesencia del arte romántico occidental, ahí radica su manifiesta superioridad moral y estética.

Es triste que no muchos cristianos de la época de Clarín leyeran a san Pablo. Es lamentable que casi ningún sedicente cristiano actual lo haga tampoco. Porque resulta que san Pablo es el más importante psicólogo y sexólogo (junto con ese gran follador que fue san Agustín) de la civilización occidental. Como lamentable me parece también que una hermosa mujer, noble y decente (aunque a veces, digámoslo de una vez, algo vanidosa), con un alma y un cuerpo dignos del respeto, de la complicidad, del deseo y de la ternura de un compañero que hubiera sabido amarla; una mujer completa, en fin, en su espléndida feminidad, desde su sexo perentorio hasta las últimas entretelas de su alma torturada, cayera —en la ficción imaginada por Clarín— entre las garras de dos ridículos varones, crueles y dominantes. Porque esto es en definitiva lo que sucede en la inmortal obra maestra de Leopoldo Alas; sin la menor duda, una de las tres o cuatro mejores novelas españolas de todos los tiempos.

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