Si Lev Tolstói hubiera tenido la desgracia de nacer en Madrid y escribir en un café lleno de tertulianos con caspa ideológica y olor a coñac peleón, Ana Karenina habría sido un folletín de provincias publicado por entregas entre anuncios de sanguijuelas y jarabes para la sífilis. Pero nació ruso, que es una manera elegante de decir que tuvo tiempo, nieve y melancolía suficientes para escribir mil páginas sobre gente rica incapaz de decidir si quiere amar, rezar o tirarse bajo un tren.
Ana, naturalmente, se enamora de Vronski, un militar guapo, elegante y perfectamente inútil, como casi todos los militares elegantes de las novelas del XIX. Vronski pertenece a esa aristocracia ociosa cuya principal ocupación consiste en montar a caballo, suspirar mirando el horizonte y arruinar mujeres casadas con la misma frivolidad con que uno rompe un abanico.
Tolstói pretende que contemplemos esta tragedia con profundidad moral; pero a ratos parece más bien una revista del corazón escrita por un santo deprimido. Porque todos los personajes hablan del amor como si estuvieran fundando una religión, cuando en realidad se comportan como clientes habituales de un balneario para histéricos.
La novela comienza ya con una frase célebre que los pedantes citan en las cenas para parecer inteligentes: “Todas las familias felices se parecen; las desgraciadas lo son cada una a su manera”. Magnífico. Lástima que después de eso Tolstói dedique ochocientas páginas a demostrar que las familias desgraciadas se parecen muchísimo: todos se engañan, lloran, filosofan y se pasean por salones interminables mientras los criados sirven sopa de remolacha.
La aristocracia rusa que retrata Tolstói tiene la consistencia moral de unas natillas. Son gente tan rica que ha convertido el aburrimiento en sistema filosófico. Organizan bailes, carreras de caballos y conversaciones metafísicas porque trabajar sería de mal gusto. El campesino ara la tierra; el noble ara sus propios nervios. Y así pasan las páginas: unos sufren por amor, otros por celos, otros porque Dios no les responde las cartas.
La única ocupación seria de aquella sociedad era vigilar quién se acostaba con quién. La moral rusa del XIX era admirablemente práctica: un hombre podía arruinar aldeas enteras, explotar siervos y beber como un cosaco sin perder reputación; pero una mujer infiel debía ser tratada como si hubiera incendiado el Kremlin con niños dentro.
Ana cae, pues, bajo la maquinaria hipócrita de la buena sociedad. Y aquí Tolstói se pone solemne, porque le encantaba castigar a mujeres con la misma pasión con que otros coleccionan sellos. Ana sufre, se obsesiona, sospecha, se desespera. Cuanto más ama, más parece perder la cabeza. Tolstói nos dice que la pasión destruye; y lo dice con la alegría sombría de un cura viendo confirmadas sus sospechas sobre el baile.
Pero lo más divertido —o irritante— es que mientras Ana se hunde, el autor intercala las aventuras agrícolas y espirituales de Levin, que no es personaje sino autobiografía disfrazada con barba. Levin siega campos, habla con campesinos y se hace preguntas trascendentales mientras uno espera que vuelva la trama importante. Cada vez que aparece Levin, la novela adquiere el entusiasmo narrativo de un manual sobre fertilizantes.
Levin representa al ruso profundo: ese terrateniente atormentado que quiere encontrar sentido a la vida mientras posee hectáreas y criados. Se angustia muchísimo, sí, pero siempre en propiedades bastante amplias. Hay quien busca a Dios en un monasterio; Levin lo busca paseando entre vacas con expresión pensativa.
Tolstói, como todos los moralistas, sospecha profundamente de la felicidad. Si dos personajes sonríen durante más de veinte páginas, en seguida les manda celos, fiebre tifoidea o una crisis existencial. En su universo, disfrutar demasiado es una grosería metafísica. Por eso Ana Karenina tiene tantos personajes meditando sobre la muerte en mitad de cenas elegantísimas. El ruso rico nunca digiere del todo bien. Aún no existía el Almax.
Y sin embargo, hay grandeza en esta interminable procesión de neuróticos. Tolstói observa el alma humana con una precisión que da miedo. Sus personajes se contradicen como personas reales; aman mal, piensan peor y arruinan su vida con convicción admirable. Nadie sabe exactamente qué quiere, pero todos están convencidos de merecerlo. Ahí reside el genio del libro: en mostrar que la tragedia humana suele construirse con pequeños ridículos cotidianos.
Ana no muere únicamente por amor; muere también por orgullo, aislamiento y aburrimiento. La sociedad la expulsa, Vronski se cansa, ella sospecha de todo y acaba atrapada en ese mecanismo mental que convierte cualquier silencio en ofensa y cualquier mirada en traición. Tolstói entendió algo terrible: la mente enamorada puede convertirse en una habitación sin ventanas.
Y llegamos al tren. Ah, el tren ruso: símbolo del progreso, de la fatalidad y de las maneras más expeditivas de terminar novelas largas. Ana se arroja a las vías y el lector moderno, exhausto tras mil páginas de angustia aristocrática, casi siente que también él merece descansar. Casi se alegra.
Después queda Levin descubriendo una especie de paz espiritual. Tolstói necesitaba compensar el desastre sentimental con una conclusión moral, como esos médicos antiguos que después de amputarte una pierna te regalaban un consejo sobre la templanza. Levin comprende que la vida tiene sentido en la bondad sencilla, en la familia y en la fe humilde. Magnífico. Uno sospecha que Ana habría preferido algo menos humilde y más divertido.
¿Es Ana Karenina una obra maestra? Desgraciadamente, sí. Porque incluso cuando resulta pesada, moralista o insufriblemente rusa, posee esa fuerza monstruosa de los grandes libros que convierten los defectos humanos en espectáculo universal. Tolstói juzga a sus criaturas, pero también las comprende; y esa mezcla de verdugo y confesor es lo que vuelve inmortal la novela.
Eso sí: conviene leerla con paciencia, alcohol moderado y cierta tolerancia hacia las crisis espirituales ajenas. Porque Ana Karenina no es una novela: es una tormenta emocional escrita por un genio que sospechaba del placer y adoraba el sufrimiento con disciplina casi religiosa.
En resumen: una maravilla agotadora sobre gente elegante empeñada en destruirse con muchísima profundidad psicológica y excelentes abrigos.


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