Abro comillas. Largas comillas. «Quiero contar aquí una anécdota que viví hace unos años. Cayó en mis manos entonces un trabajo universitario sobre el distinto uso que El País hacía del presente o del futuro en sus titulares. El autor sostenía que el uso del presente significaba un mayor crédito del periódico hacia el hecho que estaba transmitiendo, mientras que el futuro contribuía a aumentar las incógnitas que connotan necesariamente ese tiempo verbal. Así, por ejemplo, si El País titulaba “El primer ministro japonés viajará a Madrid la semana próxima”, el periódico le estaba concediendo menores posibilidades a la ejecución real del viaje que si escribía “El primer ministro japonés viaja a Madrid la semana próxima”. Dio la casualidad de que yo mismo —en aquel tiempo jefe de edición del diario— había escrito el titular que servía como ejemplo en ese trabajo académico. Y recordaba perfectamente cómo —igual que tantas otras veces— utilicé en una primera versión el tiempo viajará. ¿Por qué lo convertí en presente? Por una sencilla razón: me sobraban dos letras para encajar el titular en el espacio asignado, y acudí al plurivalor del presente como a un salvavidas. Viaja ocupa menos que viajará, y asunto concluido».
Abro Sevillas. Grandes Sevillas. «Roberto me recibe en Trece, su tienda-taller en Amador de los Ríos, el número trece de su trayectoria. Llamarle Roberto es rarísimo para mí, parece que hablo de otra persona. Para mí es Piwy [Pee Wee, canijillo], apodo por el que lo conocí hace ya treinta y tantos años 😣, en 1.º de BUP. Y ni siquiera está bien escrito. Como él se apellida Alberto y yo Blasco, y nos sentaban por orden alfabético, siempre estuvimos cerca». Lo rememora Ana —Blasco, por supuesto— en su original blog Sembrando Sevillas.
Efectivamente, Roberto Alberto es artista plástico. Prepara, dibuja, pinta, vuelve a matizar, rotula, crea y recupera carteles, murales, se atreve con la cerámica… Se licenció en Bellas Artes por la Universidad de Sevilla. Ha expuesto en Nueva York, en Pittsburgh, Barcelona, Madrid, Córdoba… y no sigo con la geografía. «Tengo más de dibujante y fotógrafo que de pintor, de captar una escena más que de imaginarla», declara. Y de narrador. Como queda claro en «Those Magic Changes», que suena en este breve relato con banda sonora. Ese tema del musical y luego largometraje Grease. Años setenta para cantar y coreografiar una exaltación a la juventud de mediados del siglo XX norteamericano. Danny y Sandy Olsson. John Travolta y Olivia Newton-John.
Entre esa banda musical del «Those Magic Changes» de Roberto Alberto se cuela la sintonía de Saque bola, un programa-concurso de chistes y pruebas que Canal Sur TV emitió con éxito entre 1989 y 1990 y presentaba Emilio Aragón. Cuando la televisión era casi una experiencia colectiva. Generacional.
Y en la anécdota sobre tela de microrrelato entran más sentidos, más cuerpo. Los colores, contornos y aromas —apenas perceptibles para los seres humanos que pasean y se enamoran— de un verdadero Brachychiton acerifolius. Los de los Jardines del Valle sevillanos tienen, cómo no, pasado: vinieron siendo semillas, germinaron durante meses quietos en viveros municipales, se dejaron plantar en tierra y cielo hispalense y emprendieron su crecimiento y los dejaron seguir alzándose para siempre en varios puntos de la capital andaluza. Y en esta remembranza, en esta anécdota, con historia, personajes y final, destacan los personajes. O en el que hace las veces de narrador (autodiegético porque cuenta y encarna los hechos, porque está implicado en la historia, se viste de pubertad decenios después, blablablá…, pedantonadas).
Aunque los personajes suelen ser, a fin de cuentas, una invención. Sobre todo de quienes leen. Y los lectores también se inventan a los que escriben los libros. Con pocos personajes basta: él, que pone en la piscina la toalla, la chica, los vecinos, la calorina hecha noche, la radio, las voces de la tele. Y un dibujo. Lo tiene usted en la pantalla de su dispositivo. Pero estas rosas dibujadas siguen siendo verdad. Las guardó aquel adolescente Pee Wee que creció y multiplicó su capacidad y su talento para dar forma y cromatismo, textura, a lo que otros no vemos aunque sí lo hayamos vivido.
Los primeros pasos del amor, los latidos adolescentes del deslumbramiento emocional, quedan aquí evocados. Eso cuenta. Y hacerse preguntas escritas con ADN y grupo sanguíneo. ¿Cuándo aprendemos a querer? ¿Qué nos tiene que pasar para que se desate el corazón? ¿Por qué el deseo busca tan pronto la pretensión de ser correspondido?
La narración sigue avanzando a su paso. Eslabonando las acciones. Coinciden en la piscina. Él intenta impresionarla. Le hace un dibujo de rosas. Pasean y conversan. Él le pide salir. Ella aplaza la respuesta, cauta. Final melancólico con la canción de Grease.
Afloran detalles: las uñas, el ramillete en un folio, las toallas, la canción. «… se parecía a Madonna», «como el nácar rosáceo». Que dan verismo y sensación de certeza. Lo que enseñan los talleres de escritura y que otros lo traen ya aprendido.
Y los espacios se pueden compartir: «la piscina del barrio», «mi cuarto» —feudo tan adolescente—, «su portal», «la plazoleta», «el final de mi calle». Entorno cotidiano, de vecinos.
Una anécdota puede funcionar como argumento de ejemplificación, pero se desliza hacia la falacia. Parece válida pero no, no lo es. Se comprende que su palabra heredera anecdótico haya adherido a su significado esa —maravillosa— capacidad de mostrar un «suceso circunstancial o irrelevante». ¿Sin demasiado eso?
Pero aquella tarde-noche estaba allí Álex Grijelmo titulando la noticia con cuentahílos, y aquellas mañanas doña Gloria Toranzo con ningún alumno «tonto e idiota», y ante la pizarra de Madrid Pedro Sorela pidiendo para el lunes «un texto que baile», y Roberto, antes del estirón de verdad de Pee Wee, como el trombonista de jazz, o la chica de uñas parientes de sirenas, haciendo que la vida ponga en primera plana acontecimientos tan de todos y que la tinta huela a aceite sobre el lienzo. A tiempo madurando.
*****
Those Magic Changes
Colocaba mi toalla junto a la suya cuando la encontraba sola en la piscina del barrio. Como era muy tímida y no le gustaba mucho hablar, me pedía que yo le contara cosas. Y yo se las contaba y ella escuchaba atenta y yo exprimía mi repertorio esperando hacerla reír. A veces le decía lo mucho que se parecía a Madonna, y ella me respondía que seguramente me tendrían que poner gafas. Pero se parecía. Muchísimo.
Cuando se lo di en su portal me dijo que mis rosas eran muy «chulas», no como las de la plazoleta, que estaban siempre chuchurrías y llenas de bichos, y no dejó de mirarlo sonriendo mientras subía las escaleras hasta su casa.
Una noche, sentados bajo los árboles raros del final de mi calle, me fijé en lo bonitas que eran sus uñas y se lo dije, y ella me respondió: «Oh, gracias, no lo sabía, creí que eran normales. O feas».
Insistí en que no, y pensé decirle que eran bonitas como el nácar rosáceo del interior de las conchas que hay por las orillas de las playas, pero al final no se lo dije, porque me pareció muy cursi, y en lugar de eso le pregunté si quería salir conmigo.
Se levantó sobresaltada diciendo que era muy tarde, que se tenía que ir, que iba a empezar Saque bola, que mañana nos veíamos en la piscina, que mañana me contestaba.
Y yo me quedé sentado, jugueteando con las flores en forma de campanitas rechonchas de los árboles raros del final de mi calle que ahora sé que se llaman braquiquitos, viéndola atravesar la noche camino de su casa, deseando que llegara la hora de poner mi toalla junto a la suya.
Y en ese instante, por las ventanas abiertas de las casas sonaba «Those Magic Changes», porque la gente estaba viendo Grease en la tele. ■


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