Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Lunes, 1 de junio de 1936: Indalecio Prieto habla en la Casa del Pueblo
Compañeros, compañeros, no os atropelléis y dejadme explicar lo ocurrido. Yo lo único que digo, ahora que ya pasó todo, es que si no es por la intervención de los miembros de la malvada Motorizada, don Indalecio Prieto, un servidor aquí presente, no sale vivo de Écija. Yo no sé si esto es la respuesta de ciertos sectores a las críticas que he venido haciendo al compañero Caballero y al periódico Claridad. O si es respuesta de las Juventudes Unificadas mosqueados desde que algunos incontrolados, se dice falsamente que instigados por mí, les reventaron ese mitin reciente de Chamberí. Pero tampoco importa. Sea lo uno o lo otro, me parece evidente que la respuesta está fuera de toda proporción con la ofensa.
»Los más alborotadores eran una facción de las Juventudes, con uniformes y banderas. Esos no paraban de dar vítores a Largo Caballero y a Claridad, y enseguida se vio que se colocaban detrás de nosotros, dominando la tribuna desde las filas altas del tendido. Al aparecer los compañeros González Peña y Belarmino Tomás, los héroes del 34, ni siquiera aplaudieron. Y antes abuchearon a la diputada socialista local que los presentaba. Tanto así que, cuando tomó el micrófono Belarmino Tomás, no pudo ni quejarse de los insultos, porque uno de los reventadores se metió debajo del tablado y forcejeó para derribar los maderos que servían de puntales. Y cortó los hilos de los altavoces, con lo cual se tuvo que interrumpir el acto, todo esto entre gritos de «UHP» e insultos.
»Sí, sí. Y no hubo manera de calmar las aguas, porque otro energúmeno sacó un arma de fuego y sobre él tuvieron que arrojarse mis chicos de la Motorizada. Todos revueltos rodaron por los escalones del graderío, apelotonados. Y en medio de la confusión, el compañero Negrín, alguien tan pacífico como el compañero Negrín, coño, tuvo que sacar a relucir un arma para protegerme de quienes habían protagonizado las interrupciones, que seguían dando vivas a Caballero. Por si no bastara, sonaron unos diez o doce disparos fuera, más o menos en el patio de caballos por donde pensábamos salir. Y yo mientras recorríamos parte del anillo por el callejón de la barrera, protegiéndonos de las pedradas, vi que un sevillano herido en una pierna era trasladado en brazos por los demás. Os puedo decir que fue un milagro que consiguiera meterme en el automóvil, mientras los muchachos de la Motorizada, distribuidos contra los muros de la plaza de toros, me cubrían con el fuego de sus pistolas ametralladoras.


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