Me reenamoré de Roma en diciembre. Cuando era más joven, soñaba con vivir una temporada en la ciudad que, según el mito, fundaron dos hermanos amamantados por una loba —quien dice loba, dice lupa, o sea, prostituta—. Lamentablemente, a lo largo de diferentes viajes, aquella ilusión se fue degradando. Por tres motivos: la plaga de turistas, los precios y la basura. Hace cinco o seis años, disculpen la imprecisión, la Via della Conciliazione opositaba a Valdemingómez: decenas de gaviotas reventaban unas papeleras semejantes a preservativos gigantes y daban la bienvenida a la plaza de San Pedro entre cordilleras de basura.
Precisamente, en el aeropuerto, un libro captó mi atención sobremanera. Francesco: Il primo italiano, una biografía de san Francisco de Asís escrita por el periodista piamontés Aldo Cazzullo, reinaba, como un monarca absoluto, en las estanterías de las librerías del Leonardo da Vinci. Según la Agencia Ansa, fue el ensayo más vendido en Italia en 2025 y, en líneas generales, sólo superó sus ventas El último secreto, de Dan Brown —Vanity Fair, por su parte, lo ubica en la séptima posición del ranking—.
HarperCollins acaba de publicar la versión española: Francisco: El santo humilde que cambió el mundo. Entiendo la modificación del subtítulo: al paisano nuestro, que el santo de Asís fuera el primer italiano se la trae al pairo. Pero, ay, algo se pierde con este cambio. Porque, en mi opinión, la tesis más interesante de Cazzullo es la del subtítulo original: para el autor, Francisco es una “figura fundacional” de la identidad italiana por, entre otras razones, escribir el “Cántico de las criaturas” en su lengua, sostener que todos los hombres —y las mujeres— somos iguales ante Dios, inspirar a Giotto, Dante, Petrarca o Boccaccio y, en definitiva, preparar el terreno del humanismo, “que es la gran contribución de Italia a la civilización universal”.
Cazzullo presenta a un personaje fascinante. Me pregunto si aquel hombre que, en realidad, se llamaba Juan Bautista, que se enfrentó a su padre y que abrazaba a los leprosos, era un hippie, un zumbado o un genio. Desde luego, fue un tipo valiente que guerreó y conoció la cárcel. Un comunicador excelente y un estratega hábil. Un crometófobo de manual que prohibió a los frailes poseer y acumular dinero: el que lo hiciera, sería “un apóstata, un ladrón, un bandido, un poseedor de fortuna, como Judas”. Un masoquista furibundo: “Una vez enferma durante la Cuaresma y, para recuperarse, come un poco de pollo. Pero luego, al llegar a Asís, ordena a un fraile que le ate una cuerda al cuello y lo lleve desnudo por la ciudad, gritando: ‘¡Mirad al glotón, que se ha atiborrado de carne de gallina sin que vosotros lo supierais!’. Pero el cuerpo que se exponía, mortificado, humillado, no era el de un hombre gordo y rico, sino el de un penitente. La multitud se conmovió y muchos se sintieron predispuestos al bien”. También fue un precursor del doctor John Dolittle que predicaba a los pájaros —tenía preferencia por las alondras; a las golondrinas las mandaba callar—. Y un embajador de Jesús de Nazaret que departió con el sultán de Egipto en época de cruzadas. Y el inventor del Belén viviente. Etcétera.
El papa Inocencio III intuyó que Francisco y su movimiento representaban una gran oportunidad, “una extraordinaria respuesta a los rebeldes”. Al poco de morir el santo, la Iglesia convirtió a aquel “hombre combativo” en, como explica Cazzullo, “una criatura ascética y sobrenatural, para quien las privaciones no suponen ningún esfuerzo”. Buenaventura de Bagnoregio se inventó un mito ad hoc y le hizo misógino, afirmando que apartaba la mirada de los ojos femeninos “hasta el punto de poder decirle a uno de sus compañeros que no conocía el rostro de ninguna mujer”. Santa Clara hubiera discrepado. Nihil novum sub sole. Hínquenle el colmillo al libro, sin duda.



Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: