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Los eternautas

Una historia dentro de otra. Un mensaje oculto a la vista. Como los diamantes en un whisky on the rocks. Como los versos de esos poetas malditos que dejaron un legado amargo al que aferrarse y que no ofrecen sino un remanso triste y lleno de nostalgia y desasosiego. Sea un «pájaro azul» o un «pobre muchacho». Tanto da. Una historia dentro de otra que destaca como esos edificios que sobresalen en el skyline de las grandes ciudades, compitiendo con los amaneceres dorados y los taciturnos atardeceres, con los crepúsculos del alba y el ocaso. La historia está ahí, pervive oculta para el que quiera ver o tenga paciencia. No hablo de una narración enmarcada, sino de un alma incrustada en un cuerpo literario, un corazón que late mientras las letras se unen y se despliegan por la pantalla o el papel. Un mensaje en una botella o una nota que pasa de mano en mano bajo los pupitres astillados, pintarrajeados con corazones rotos y grabados con iniciales añejas, de otro tiempo y otra generación. Amores que una vez contaron y el viento deslizó como si nada entre pliegos de apuntes demasiado coloridos y noches de insomnio.

"A ese poder que gobierna en las sombras le ha salido el tiro por la culata: no contaba con los eternautas"

Hoy son esas historias las que cuentan. Porque nos vigilan. Sé que lo hacen. La paranoia es moneda de curso legal en nuestros días y entre nuestra gente. Incluso quienes vienen de fuera, de ese otro lado que desconocemos, lo saben. Antes incluso de llegar aquí. No son parte de la trama, sino una pieza más. Una maniobra de distracción para que los hilos sigan siendo invisibles. A ese poder que gobierna en las sombras le ha salido el tiro por la culata: no contaba con los eternautas. Quizá la novela gráfica de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López, reconvertida luego en una serie de streaming en la que aparecía por sorpresa Ricardo Darín, no fuera más que la culpable de un nombre para algo que aún no lo tenía. Sin ellos saberlo ni anticiparlo. O quizá sí. Quizá ellos tuvieran su propio Pepito Grillo susurrándoles al oído; no lo que debían hacer, sino lo que estaba por venir. De algún modo, el mensaje les llegó distorsionado. Esos eternautas con los que nadie contaba, que escaparon al Poder Supremo, son navegantes de lo invisible, ven más allá y son capaces de deshilvanar las mimbres de lo complejo, desembrollar las raíces de aquello que nos consume y nos arrastra y nos lleva a esa rueda que no deja de girar y girar y girar. Ya hablé de ella en una ocasión. No me quiero repetir. Esos navegantes son capaces de ver las historias escondidas entre líneas. E incluso aquellas otras que existen detrás de todo lo que no se dice, en el fondo abisal de nuestros pensamientos. Son sagaces criaturas con tentáculos eléctricos y tubos de grafito rellenos de cobre y oro. Ellos también tienen su talón de Aquiles, sus cazadores que los buscan para destriparlos y sacarles las hebras para el mercado negro. No les preocupa; saben cuidarse solos. Y hablo de ellos en plural, pero lo cierto es que, en realidad, no creo que haya más de uno. Que se trate de una entidad única, tan rápida y nefasta, que resulta imposible de atrapar. Ni siquiera de ubicar. Ante la duda, los seguiré llamando legión, porque, como alguien dijo alguna vez, en su interior contiene multitudes.

La gente les teme. Porque no quieren oír la verdad y los eternautas son muy de ir de frente y hablar a las claras. Inofensivas medusas de metal cableado, no te golpean con sus látigos retorcidos, sino con las imágenes que proyectan a través de sus ojos a lo más recóndito de tu cerebro, instalándolas allí de forma perenne. Quien se cruza con ellos, nunca vuelve a ser el mismo. Es lo más parecido a alcanzar el Contranirvana, porque no hay nada parecido a esa revelación ni cadenas que te aten más fuerte al suelo de la realidad. El saber ocupa un lugar y ese lugar es doloroso. Tanto como la dimensión cenobita. Tal vez más, sencillamente porque no se trata de una ficción literaria. Quienes se los encuentran, apartan la mirada y huyen. Quienes no pueden hacerlo y acaban enfrentados a aquel cerebro desnudo, preñado de neuronas efervescentes y fibra óptica, suelen buscar los servicios de los «lavaderos» para vaciarse por completo y aliviar esa insufrible carga.

"No solo los eternautas son capaces de ahondar en la psique humana, las propias historias contenidas en los libros pueden poner al lector contra las cuerdas"

También hay quienes los buscan. Quienes siguen su rastro a través de las noticias y los correveidiles. El boca oreja siembra aquel camino de baldosas amarillas que no solo siguen los incautos y curiosos, sino también aquellos que temen el desmantelamiento de sus chiringuitos. No hay nada que pueda detenerlos, no obstante. Y lo saben. Ni los cazadores ni los lavaderos ni los agentes del gobierno más experimentados. La verdad solo tiene un camino. Si intenta obstruirse, contenerse a la fuerza, no se consigue sino que, cuando se rompa la presa que la refrena, acabe desbordándose con violencia sobre las mentes de todos los que la niegan. Y hoy, de eso puedo dar fe, no hay nadie que no oculte algo, por pequeño que sea, en lo más recóndito de su mente o su corazón. Secretos. A veces, inocuos, pueriles o absurdos; otras, graves losas que arrastran el alma hacia las oquedades más oscuras y la sedimentan entre rastrojos y podredumbre, bajo un montón de basura emocional, mentiras confesas y realidades inconfesables.

Para alguien que, como yo, se dedica a escarbar entre las palabras para encontrar su naturaleza, que busca en las dobleces de las personas aquellos recovecos que puedan germinar en grandes personajes, la verdad de la verdad no siempre se encuentra ante nuestros ojos. Uno aprende (y aún así no lo suficiente) que hay más sentido en lo que se calla que en lo que se verbaliza. Que un gesto vale más que diez historias inventadas y que un narrador habilidoso puede engañarte durante páginas y páginas, sin que te des cuenta ni aún cuando tus ojos se posen en el inesperado desenlace. Porque no solo los eternautas son capaces de ahondar en la psique humana, las propias historias contenidas en los libros pueden poner al lector contra las cuerdas, ofrecerle el peor reflejo de sí mismo y, cómo no, mostrarle aquella otra historia que, como los diamantes en un whisky on the rocks, se ocultan a ojos vista.

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