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El cerebro social: por qué estamos programados para conectar

El cerebro social: por qué estamos programados para conectar

Matthew D. Lieberman, profesor de psicología, psiquiatría y ciencias bioconductuales en la UCLA, estructura su obra alrededor de tres grandes adaptaciones evolutivas del cerebro humano: Conexión, Lectura de la mente y Armonización, que representan el núcleo de lo que nos define como especie. El libro es riguroso, combinando estudios del autor con una amplia revisión de la literatura científica, utilizando fMRI y otros avances “para mostrar cómo el cerebro prioriza lo social por encima de necesidades básicas como la comida o la seguridad”.

El dolor, el rechazo, el acoso físico o verbal, la ofensa, la ansiedad, son situaciones incontrolables, o al menos imprevisibles. Afrontarlas depende no solo de la voluntad o ayuda que puedas obtener, sino de aspectos cerebrales en los que la genética también tiene su participación, estudiado por la neurociencia social cognitiva, de la que es pionero Lieberman.

“La justicia se parece un poco al aire: su ausencia se nota mucho más que su presencia”. El egoísmo, el altruismo, la empatía, el rechazo, son analizados por Lieberman para justificar actos humanos que a priori pueden parecer estúpidos o irracionales pero que responden a sentimientos humanos, algunas veces difíciles de explicar.

"La aprobación social puede valer más que el dinero, como muestra un experimento donde algunos vendedores sacrificaban ingresos por incentivos de ventas, a cambio de obtener una estrella dorada simbólica"

Con los estudios del japonés Keise Izuma se demostró que las recompensas sociales y las económicas activaban las mismas regiones del cuerpo estriado ventral, lo que nos indica la importancia que tiene para las personas el reconocimiento social positivo, sentirse valorado y querido. El mayor inconveniente es la expansión descontrolada de las redes sociales, motivada por la búsqueda incesante de validación mediante likes y visualizaciones. Esta dinámica, sin embargo, resulta incapaz de sustituir la esencia fundamental del ser humano: el contacto físico directo con los demás.

Sin embargo, Lieberman va más allá: la aprobación social (status) puede valer más que el dinero, como muestra un experimento donde algunos vendedores sacrificaban ingresos por incentivos de ventas, a cambio de obtener una estrella dorada simbólica.

Los estudios demostraron que el dolor social (rechazo, exclusión, duelo) activa las mismas regiones cerebrales que el dolor físico, particularmente la corteza cingulada anterior dorsal (dACC). Estudios realizados con el juego virtual Cyberball ratificaron que ser excluido generaba una actividad cerebral idéntica a la de una lesión física. Esto explica por qué los analgésicos pueden aliviar el “corazón roto” y por qué el aislamiento prolongado puede ser tan devastador para la salud como fumar o la obesidad. La evolución vinculó nuestra supervivencia a la pertenencia grupal.

Las recompensas sociales activan igualmente los circuitos del placer, similares a los de la comida o el sexo. El reconocimiento, la equidad y ayudar a otros liberan opioides y oxitocina, que refuerzan comportamientos prosociales.

"Comprender a los demás, la empatía, es una cualidad humana que mejora la socialización entre iguales, que, a priori, a través de las neuronas espejo también nos dan capacidades para el lenguaje, la cultura, la imitación o la lectura de la mente"

Nuestras capacidades para el lenguaje y el pensamiento abstracto, junto con la mentalización, nos hacen diferentes a todos los demás seres vivos, lo que técnicamente nos sitúa un paso por delante en la escala evolutiva. No obstante, el ser humano parece demostrar lo contrario porque es el único animal que mata sin necesidad, come o bebe sin tener hambre o sed y habla sin tener nada que decir.

Dice Lieberman que “la evolución nos ha programado para desear y esforzarnos por obtener el aprecio social”. Desde esta perspectiva el ser humano no ha aprendido a optimizar su tiempo en la Tierra, dado que la gran mayoría de humanos dedica más tiempo de su vida a trabajar para ganar dinero que a disfrutar de la compañía de las personas a quienes aprecia; a las desavenencias y rencillas que a elogiar los logros de sus seres queridos.

Esta “teoría de la mente” o mentalización es única en su sofisticación. Lieberman alude al sistema de espejos, que nos permite imitar acciones y emociones (base de la empatía y el aprendizaje por observación), del sistema de mentalización, que interpreta el “porqué” detrás de las acciones. Comprender a los demás, la empatía, es una cualidad humana que mejora la socialización entre iguales, que, a priori, a través de las neuronas espejo también nos dan capacidades para el lenguaje, la cultura, la imitación o la lectura de la mente.

"El libro tiene muchos pasajes en los que se explican, basado en múltiples investigaciones con animales y personas, las reacciones humanas fundamentadas en activaciones de diferentes partes cerebrales"

La especie humana es la más capaz de activar trabajos grupales, que unidos al principio de reciprocidad nos hacen colaborar unos con otros para progresar como grupo. Los cerebros de los mamíferos están diseñados para cuidar de otros, con independencia de obtener o no algo a cambio. Como dice Lieberman, “durante generaciones nos han enseñado que el dolor y el placer son las fuerzas motrices de nuestra vida motivacional, pero dista mucho de ser toda la historia”.

El libro tiene muchos pasajes en los que se explican, basado en múltiples investigaciones con animales y personas, las reacciones humanas fundamentadas en activaciones de diferentes partes cerebrales, lo que nos obliga a una lectura pausada para comprender determinados postulados neurocientíficos.

La tercera de las cinco partes del libro la dedica a estudiar de forma profusa nuestra mente social, y en la cuarta desarrolla los postulados de “cómo el impulso de conectar y la capacidad de comprender lo que los demás piensan y sienten son elementos esenciales para construir una criatura social eficaz”.

El sentido del yo no indica egoísmo puro, sino que se refleja como una herramienta para la armonía grupal. Durante la adolescencia, el cerebro se vuelve especialmente permeable a las normas, valores y creencias del grupo, permitiendo la internalización que hace posible la cultura. Lieberman explica cómo cambiamos actitudes fácilmente para alinearnos (ejemplo clásico: en 1918, el color rosa era el indicado para los niños).

"Esta obra, con sus casi 400 páginas densas pero fluidas, es lectura obligada para psicólogos, educadores, líderes, padres y cualquier persona interesada en por qué hacemos lo que hacemos"

El autocontrol también sirve al grupo como medio para inhibir impulsos egoístas facilitando la reciprocidad y la cooperación a largo plazo. El libro discute aplicaciones prácticas: en educación, priorizar lo social para mejorar el aprendizaje; en el trabajo, fomentar los incentivos sociales (reconocimiento, equidad, autonomía) que llegan a superar a los puramente económicos en motivación y productividad.

El libro exige atención en las explicaciones cerebrales, pero las ilustra con anécdotas y estudios claros. No es un manual de autoayuda, sino una invitación a repensar el trabajo de las instituciones (escuelas, empresas, políticas) para que encajen con nuestro cerebro social en lugar de frustrarlo.

En un mundo de redes sociales superficiales, aislamiento post-pandemia y polarización, Social es más relevante que nunca. Nos recuerda que el contacto real, la empatía y la pertenencia no son lujos, sino necesidades biológicas. Ignorarlas genera sufrimiento; cultivarlas multiplica el bienestar individual y colectivo. Lieberman concluye optimista: comprendiendo nuestra naturaleza social para diseñar sociedades más humanas, productivas y felices. El dinero compra comodidades, pero la conexión compra significado.

Esta obra, con sus casi 400 páginas densas pero fluidas, es lectura obligada para psicólogos, educadores, líderes, padres y cualquier persona interesada en por qué hacemos lo que hacemos. Al cerrar el libro, uno entiende mejor no solo a los demás, sino también las fuerzas invisibles que guían nuestra propia vida diaria.

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Autor: Matthew D. Lieberman. Título: Social: Por qué nuestros cerebros están programados para conectarse. Traducción: Patricia Teixidor. Editorial: Capitán Swing. Venta: Todos tus libros.

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Armando
Armando
11 horas hace

Fenomenal, me ha encantado.