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Cuando la infancia se queda corta

Cuando la infancia se queda corta

Una madre y su hija huyen en un coche hacia el sur de Estados Unidos. En el camino, la niña/narradora intenta comprender por qué están obligadas a abandonar todo. Aquí, la infancia es una experiencia determinada por la tensión de la huida.

En este making of Natalia Trigo cuenta cómo escribió El fin del verano (Almadía).

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El origen de El fin del verano está en mi cuerpo, en mi memoria, en una necesidad casi intuitiva de regresar a la infancia y reconocer sus carencias: la cercanía confusa, las palabras que herían y después se negaban, los vínculos que se reordenaban de manera constante. Crecí en una familia con muchas heridas no tratadas, en un contexto impredecible, a pesar de la aparente estabilidad material de mi entorno. Me interesaba explorar eso, aunque no lo sabía, aunque lo rechazaba: la forma en la que los adultos carecían de las herramientas para proteger a los niños, cómo miraban hacia otro lado cuando estaba claro que algo se había quebrado entre todos. Y cómo, en muchos casos, eran justamente esas personas —en las que se confiaba, las que nadie cuestionaba— de quienes también había que protegerse.

Pero fue difícil aceptar que esa era la historia que necesitaba ser contada. Había una tensión entre lo que pensaba que tenía que escribir y lo que iba surgiendo, que no era “correcto”, y que no le debía lealtad a nadie sino a la historia misma, y a un personaje que seguía apareciendo de diferentes maneras. Por más que yo le cerrara la puerta, ahí estaba, cada vez con más fuerza y con más insistencia.

"El reto no era solo narrar desde la infancia, sino desde esa agudeza particular que tienen algunos niños a los que la infancia no les alcanza"

Fue cuando llegó a mis manos Prontos, listos, ya de Inés Bortagaray, una nouvelle sobre la dictadura uruguaya, que algo se detonó internamente. Entendí que el material tenía que ser escrito desde Lara. Después de dos manuscritos que no terminaban de conectar conmigo, la historia empezó a ordenarse de otra manera: los espacios y los personajes encontraron su lugar.

Me dejé guiar por el dolor de Lara, por su necesidad de ser imperfecta, por el desparpajo que implica volver a los siete años. Y apareció entonces el personaje del Tigre, también caótico, irreverente, la chispa que terminó de hacer arder ese mundo.

El reto no era solo narrar desde la infancia, sino desde esa agudeza particular que tienen algunos niños a los que la infancia no les alcanza. Lara ha tenido que aprender a moverse con una lucidez que no le corresponde, como muchos niños que crecen en entornos donde los adultos fallan. En ese punto apareció uno de los elementos más importantes de la novela: el humor no como alivio, sino como forma de rebeldía: a través del juego, de lo absurdo, de lo grotesco, van dejando sus huellas en los espacios que no están hechos para ellos. Quise dejar que se desbordara todo: que se dijera lo ridículo, lo políticamente incorrecto, lo incómodo. Porque en muchos casos ahí era donde encontraba lo más verdadero.

"Hablar español en Estados Unidos es vivir en mezcla constante: registros que se cruzan, palabras que se contagian, un inglés que entra sin pedir permiso, como pasa cuando se es bilingüe en este país"

En el caso de los adultos, eso abría una zona más incómoda: no podía quedarme en la condena ni en la absolución. Me interesaba mirarlos sin simplificarlos, entendiendo que también cargaban con infancias que seguían actuando en ellos, con esa repetición casi inevitable de lo que queda pendiente.

Escribí El fin del verano en Estados Unidos, cerca de la frontera, durante cinco años en los que afuera pasaron muchas cosas: la era de Trump, la polarización política, la violencia en las calles. La novela está ambientada en 2019, justo antes de que esas tensiones se intensificaran, pero ese trasfondo está ahí, en las tensiones del barrio, en los grafitis que aparecen en la casa del abuelo, en cómo los chicos aprenden desde temprano lo que significa habitar un cuerpo que el mundo de afuera no siempre quiere recibir. Las heridas personales y las estructurales no son cosas separadas: se filtran unas en otras, se confunden, terminan diciendo lo mismo desde lugares distintos.

Y está la lengua. Hablar español en Estados Unidos es vivir en mezcla constante: registros que se cruzan, palabras que se contagian, un inglés que entra sin pedir permiso, como pasa cuando se es bilingüe en este país. En la novela cada personaje hispanohablante habla distinto, porque ninguno viene del mismo lugar ni carga el mismo pasado. Y todo eso pasa por la voz de Lara, que organiza y distorsiona el mundo que la rodea. Fue un proceso divertido, pero también difícil, sabiendo que inevitablemente habría cosas que se me escaparían. Tal vez porque esa historia, como la infancia misma, no termina nunca de fijarse del todo.

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Autora: Natalia Trigo. Título: El fin del verano. Editorial: Almadía. Venta: Todos tus libros.

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