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Jorge Luis Borges en su laberinto

Borges siempre se declaró un lector hedónico y recordó en numerosas ocasiones —quizás obedeciendo aquel mandato formativo de su padre— que jamás tuvo reparos en abandonar un libro que no le producía placer, que le desagradaba o simplemente le aburría. Sin embargo, al recorrer sus Ensayos completos, publicados recientemente por Alfaguara, el lector no puede dejar de sorprenderse ante la vastedad y la sistemática naturaleza de su erudición.

El propio Borges volvió sobre esta distinción desde una perspectiva creadora al señalar dos maneras de afrontar la literatura, una hedónica y otra escolástica: «Apollinaire separa a los escritores en estudiosos del Orden y en traviesos de la aventura y, tras incluirse entre los últimos, solicita piedad para sus pecados y desaciertos». Borges parece también pedir indulgencia por su secreta sujeción al orden y al método, precisamente porque conoce la dolorosa verdad de que un escritor apenas «puede alcanzar escasas aventuras».

"En su escritura siente el temple frío y verbal del hacedor de los Sueños, pero desearía poseer también la humanidad doliente del autor que llora tras escribir la muerte de Alonso Quijano"

La definición de Guillaume Apollinaire, recuperada por el escritor argentino, ha terminado convirtiéndose además en un recurso teórico frecuente entre muchos narradores contemporáneos, huérfanos de grandes sistemas críticos capaces de fundamentar una poética narrativa. Algo semejante sucede con la ingeniosa distinción derivada de este aserto, atribuida a Javier Marías, entre escritores de mapa —es decir, de orden— y escritores de brújula, entregados a la aventura creadora sin conocer todavía qué les aguarda detrás de la primera página.

Esta dualidad aparece reflejada en los dos espejos literarios donde Borges contempla a menudo su propia imagen de ciego: Francisco de Quevedo y Miguel de Cervantes. En su escritura siente el temple frío y verbal del hacedor de los Sueños, pero desearía poseer también la humanidad doliente del autor que llora tras escribir la muerte de Alonso Quijano. Porque Borges fue, ante todo, un estudioso y un creador sistemático; un lector de libros cuyo placer solo se revela plenamente después de haber concluido su lectura; un trabajador incansable que dedicó su vida a ensanchar el estrecho habitáculo de la memoria.

"Son muchas sus disquisiciones sobre la naturaleza del libro y de la lectura, hasta el extremo de poder afirmarse que bajo su obra subyace toda una propedéutica del leer y del escribir"

Esta condición de estudioso forma parte también de la raíz mistificadora de su biografía, ya que Borges no dejó de describir su infancia como un tiempo de feliz reclusión en un jardín y una biblioteca, como síntesis perfecta de su epicureísmo lector. Un epicureísmo que le permitió no solo declararse, ante todo, un lector, sino también concebir algunas de las más originales y sorprendentes teorías sobre la lectura. Así, afirmaba que una obra solo perdura cuando posee «una infinita y plástica ambigüedad», como si fuera «un espejo que declara los rasgos del lector y es también un mapa del mundo»; o que «la literatura no es agotable, por la suficiente y simple razón de que un solo libro no lo es», puesto que el libro «no es un ente incomunicado: es una relación, es un eje de innumerables relaciones».

Son muchas, en efecto, las disquisiciones del escritor argentino sobre la naturaleza del libro y de la lectura, hasta el extremo de poder afirmarse que bajo su obra —poética, narrativa y, sobre todo, ensayística— subyace toda una propedéutica del leer y del escribir. Ello le permite no solo abandonar los libros que no le agradan, sino incluso comentar aquellos que no ha leído; quizá porque, como asevera en otra de sus arriesgadas intuiciones, en la lectura de «los libros famosos, la primera vez ya es segunda, puesto que los abordamos sabiéndolos».

Pero esta relación con la letra impresa resulta engañosa, ya que para Borges la literatura no es una «fermosa cobertura» ni una distracción placentera del entendimiento, sino que, para él, dueño de una memoria prodigiosa, «la sustancia del arte no es sino recordación» y también «una función de la conciencia», por lo que la literatura constituye «una forma de concebir la realidad».

"El lector de estos Ensayos completos, publicados por Alfaguara, puede advertir tanto la evolución intelectual como la escritural del Borges ensayista"

De ahí su atracción por las teologías y las cosmogonías de toda época y tradición literaria, al considerarlas explicaciones conjeturales del mundo, más allá de supersticiones y credos. Por ello afirma el autor de Historia de la eternidad que la metafísica constituye la «única justificación y finalidad de todos los temas», razón por la cual «todo hombre culto es un teólogo», aunque «para serlo no es indispensable la fe».

El lector de estos Ensayos completos, publicados por Alfaguara, puede advertir tanto la evolución intelectual como la escritural del Borges ensayista. El escritor argentino no responde, desde luego, al modelo canónico de ensayista que desarrolla exhaustivamente un tema hasta agotar todas sus hipótesis; antes bien, escribe, como él mismo señala, en forma de «apuntaciones», artículos relativamente breves destinados a los periódicos y revistas donde colaboró asiduamente. A ello se suman prólogos, recensiones y algunas de sus múltiples y elaboradas conferencias.

Sin embargo, esta aparente dispersión no impide que los libros ensayísticos de Jorge Luis Borges adquieran una notable densidad y coherencia temática, ya que el autor de Otras inquisiciones vuelve una y otra vez sobre un reducido núcleo de obsesiones intelectuales de las que emana el sustrato escritural de su poesía y de sus ficciones, al tiempo que se articula toda una poética y una metafísica literaria. En ellos puede observarse cómo Borges adquiere, ya desde su primer libro de ensayos, Inquisiciones, una voz “rectoral”, de autoridad latente, perceptible desde el memorable ensayo dedicado a «Torres Villarroel (1694-1770)». En este primer volumen, así como en El tamaño de mi esperanza y Evaristo Carriego, aparece todavía un Borges más encorsetado, entregado a un lenguaje deliberadamente culto —«dubiedad», «eviternas», «horros», «aseidad»— del que irá desprendiéndose en libros posteriores, hasta alcanzar la admirable depuración estilística de Historia de la eternidad, Otras inquisiciones y Siete noches.

"Los Ensayos completos constituyen, como hubiera dicho Ernest Hemingway y respaldado Jorge Luis Borges, una verdadera fiesta para el lector"

Quien quiera conocer verdaderamente a Borges debe leer sus ensayos; dicho de otro modo: quien no ha leído sus ensayos apenas conoce a Borges. Sé que su figura impone, incluso a sellos tan relevantes como Alfaguara, pero no deja de resultar llamativo que una edición de esta magnitud carezca de un prólogo contextualizador y de algunas anotaciones que indiquen la procedencia original de muchos de estos textos.

Los Ensayos completos constituyen, como hubiera dicho Ernest Hemingway y respaldado Jorge Luis Borges, una verdadera fiesta para el lector. Pero también algo más: una lección incesante sobre la naturaleza de la literatura. Los franceses sostienen que La Recherche vuelve más inteligentes a sus lectores; los ensayos borgianos, por su parte, hacen más visible la capacidad dilucidatoria de la creación literaria y convierten la lectura en una lúcida interpretación del mundo.

El autor de Siete noches soñó durante años que «la casi infinita literatura estaba en un hombre. Ese hombre fue Carlyle, fue Johannes Becher, fue Whitman, fue Rafael Cansinos Assens, fue De Quincey». Y todavía hoy, no pocos lectores tienden a soñar que hubo, en efecto, un tiempo en que la literatura llegó a encarnarse en un solo hombre, en Jorge Luis Borges.

Borges en su laberinto

Fue un ciego iluminado por la luna:
de Virgilio, aedo; de Hernández, payador.
Milonguero y sonetista de cuna,
quevedesco en su afán de gran cultor.

Sobre el pergamino de su argentino
y epiceno rostro: Homero y Shakespeare
trenzan visajes y versos prístinos
en pugna con Whitman y otros Borges.

Erudito y pedante; casi un Dante
del surco cervantino. Un eterno
y disonante caballero andante.

Minotauro sombrío, más que gigante,
del yermo dédalo que en su invierno
trenzó la lucidez de cada instante.

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Autor: Jorge Luis Borges. Título: Ensayos completos. Editorial: Alfaguara. Venta: Todos tus libros.

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