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Caligrafías sonoras

Caligrafías sonoras

Se puede vivir instalado en la nostalgia perpetua y no sentir remordimientos, si acaso alguna suerte de agradecimiento por las concesiones que nos reserva la providencia. Es lo que le ocurre a Jude Rogers (Swansea, Gales, 1978), y es lo que nos pasa a muchos de nosotros cuando decidimos dejarnos apresar por las músicas que nos han ido acompañando a lo largo del tiempo que nos ha sido regalado. Habrá quien cifre el éxito de una existencia en la cantidad y calidad de las canciones que lo acompañaron durante el viaje de la vida, y otros tantos que imaginarán que todavía les quedará un bonus track con las fanfarrias del cielo o del infierno, cuando los sufrientes o los bienaventurados traspasen alguna de las puertas que conducen a la eternidad. Felices todos mientras haya música para amenizar el tránsito. Al menos, así parece pensar Rogers desde que iniciara sus colaboraciones como periodista musical hace algo más de veinte años para The Observer, The Guardian, Times Saturday Review, The Sunday Times, The Daily Telegraph, Mojo, NME o Radio 4 de la BBC.

"El recorrido de lo que supone convivir entre surcos de vinilo, cintas de casete, discos compactos, listas digitales, conciertos, entrevistas y palabras, Jude Rogers no lo hace sola"

Hacia la mitad del camino, como diría aquél, Jude Rogers repasa los momentos de su vida que se han visto marcados por la música. Nadie desconoce el doble giro mnemotécnico de una canción: el de ida, cuando las notas confieren solidez y consistencia a lo que se almacena en el recuerdo; el de vuelta, cuando se convierte en la llave de acceso para revivir en la medida de lo posible —sin obviar todas las trampas y perversiones que se dan lugar en el proceso— la vivencia acumulada. Ella ha necesitado doce canciones, del “Super Trouper” de ABBA a “Pressure Drop” de Toots and the Maytals, de “Buffalo Stance” de Neneh Cherry a “Heat Wave” de Martha Reeves and the Vandellas, sin olvidar el particular peso que cobra en la vida de la escritora el “Only You” de The Flying Pickets. Es desde esta perspectiva que La banda sonora de nuestras vidas no puede tener un título más elocuente y justificativo. Y se queda corto como soundtrack de media vida, desde luego, pero si nos paramos a pensar, tampoco hay tantos momentos constructivos que merezcan ser rescatados del olvido sin caer en deshonestidades. La cuenta no pasaría de un par de temas por década, si además contamos las músicas que sonaron en los meses de gestación. No está mal, da para dos caras de un generoso elepé, incluidos los silencios.

"Sí, puede haber dolor, pero alguien hubo que lo cantó y presagió su exorcismo hasta conseguir aprovisionarnos del gozo necesario que nos permita continuar en la brecha"

El recorrido de lo que supone convivir entre surcos de vinilo, cintas de casete, discos compactos, listas digitales, conciertos, entrevistas y palabras, Jude Rogers no lo hace sola: en las páginas de esta autobiografía musical se convoca a autoridades científicas, terapéuticas, musicales, profesionales y personales que acaban de confeccionar el paseo por la memoir sónica de una de las voces más interesantes del periodismo musical británico desde la aparición de Caitlin Moran, su coetánea más perspicaz (Nick Hornby ya pertenece a una generación anterior). El hecho de que la música nos afecta y el modo en que lo hace obliga a Rogers a rebuscar en su biografía, y lo que encuentra es la milagrosa epifanía de saberse completa siempre que las canciones balicen y sustancien la propia existencia hasta darle la consistencia que precisa la cartografía emocional en la que se embarca la escritora con su libro. De paso, cumple la promesa que le hizo a su padre antes de morir, cuando con cinco años, en el último día de verlo con vida de camino al hospital, le dijo que estaría atenta para contarle quién alcanzaba el número uno en el Top Forty. Con esa idea de pervivencia en el más allá, Rogers convoca a sus fantasmas y ofrece un relato trufado de anécdotas personales y de momentos bisagra, esos con los que se consigue mapear la realidad que a menudo nos aflige para dar con la clave que nos permita seguir adelante, pese a la incomprensión a la que a menudo nos aboca el devenir de los días. Y sí, puede haber dolor, pero alguien hubo que lo cantó y presagió su exorcismo hasta conseguir aprovisionarnos del gozo necesario que nos permita continuar en la brecha. Bendita sea si no trae consigo espejos stendhalianos y sí el acompañamiento de altavoces amplificados para hacer que las canciones hablen por nosotros del otro, de nosotros, del mundo, a modo de faro para sortear escollos y convertirlas en puerto seguro a resguardo de desdichas. Sólo así se nos habrán de mostrar menos anchas y ajenas las costuras de la vida. Qué bien cuando los infortunios y las alegrías, el gozo y el drama se nos cuentan con la prosa sensitiva y decibélica de Jude Rogers. Y qué bien que le quede otro medio centenar de años para seguir contando el gozo que supone compartir esta aventura sin igual.

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Autor: Jude Rogers. Título: La banda sonora de nuestras vidas. Traducción: Gabriela Bustelo. Editorial: Libros del Kultrum. Venta: Todos tus libros.

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