Nadie negará nunca, empezando por (propiamente) sus creadores, que La desconocida está hecho de retales varios thrillers de prestigio y resonancia internacional. Pero eso tienen las plataformas como Netflix, donde se ha estrenado el largometraje protagonizado por Candela Peña y Ana Rujas: confeccionar entretenimientos de atractivo universal con una factura igualmente solvente, quizá demasiado uniforme pero homologable cuando menos a la de sus principales referentes. Naturalmente, dentro de ese enorme contenedor que crece semana a semana, hay mejores y peores ejemplos. Y afortunadamente, La desconocida es uno de los más entretenidos.
Tomando como referencia la sobriedad narrativa y contenida espectacularidad visual de un, pongamos por caso en variedad autóctona, Alberto Rodríguez (La isla mínima, Grupo 7), La desconocida propone un curioso híbrido entre procedimental policial y la saga Bourne: una mujer aparece en un contenedor del puerto de Barcelona sin memoria, y la agente encargada de protegerla solo puede constatar sus (inconscientes) habilidades de lucha y la presencia de letales enemigos que la acechan.
Ofreciendo a Candela Peña la enésima oportunidad de ejercitar a un personaje desdichado y desquiciado, algo que la actriz ciertamente borda, La desconocida funciona por acumulación de referencias, de piezas hábilmente encajadas. Cuando un misterio queda medianamente resuelto, el film se ha molestado previamente en diseminar la semilla de algún otro para que la trama continúe a otro lugar, otro convencionalismo. Gabe Ibáñez controla todos los elementos ofreciendo imágenes atractivas aun dentro del tono de melancolía del conjunto para convencer al espectador de que la película prefiere ser un thriller de suspense que de acción. Lo consigue.
De modo que La desconocida sabe recompensar a su espectador pese a esa factura, lo repetimos, convencional. El tratamiento de los exteriores barceloneses y el manejo de personajes pintorescos para distinguir un producto patrio de otro, pongamos por caso, canadiense, está solventado por alguien que aprecia lo que hace y no desdeña el cine de entretenimiento. Por el camino, retazos de verdadera genialidad, como la habilidad ya contrastada de Manolo Solo en convencer incluso en personajes de cuatro trazos, y la degradación típica de un thriller que bebe de los exteriores nocturnos barceloneses o una fugaz Kira Miró resultan elementos atractivos.
En su clasicismo y elegancia, en lo atmosférico de sus imágenes, La desconocida consigue ganar la partida pese a carecer de verdadero alcance emocional. Quizá hay algo entre su naturaleza europea, que al fin y al cabo no puede evitar, y sus referencias norteamericanas (tampoco) que no llega nunca a darse la mano del todo, pero incluso eso genera cierta curiosidad, aunque sea pasajera.


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