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El 27 del humor

La potencia creadora de los poetas que configuraron la llamada Generación del 27 eclipsó a una serie de genios que, por nacimiento, podemos también inscribir en la Edad de Plata de la cultura española. José López Rubio, Miguel Mihura, Enrique Jardiel Poncela, Edgar Neville o Antonio Lara “Tono” formaron lo que el primero de ellos, en su discurso de ingreso en la RAE, denominó “la otra Generación del 27, la de los renovadores del humor contemporáneo”. La idea era, realmente, de Pedro Laín Entralgo.

Reunidos en torno a la mesa del café Pombo, y con Ramón Gómez de la Serna como sumo sacerdote, eran unos “señoritos de la República”, unos burgueses afinados por las vanguardias europeas que acabaron revolucionando el teatro, el cine y hasta el humor gráfico. “Sin Ramón, muchos de nosotros no seríamos nada. Lo que el público no pudo digerir entonces de Ramón se lo dimos nosotros masticado y lo aceptó, sin pestañear siquiera”, dijo Jardiel Poncela.

"A Hollywood llegarían en los años treinta, cuando la irrupción del sonido en las salas de cine trastocó la impecable maquinaria de hacer dinero que eran los estudios de la Metro"

Fundaron revistas donde verter su ingenio, hoy míticas: Buen Humor, Gutiérrez, La Ametralladora o La Codorniz, esta última ya después de la guerra, que según Laín nos ayudó a los españoles a liberarnos de tantos tópicos y tantos lugares comunes.

A Hollywood llegarían en los años treinta, cuando la irrupción del sonido en las salas de cine trastocó la impecable maquinaria de hacer dinero que eran los estudios de la Metro Goldwyn Mayer. Su presidente, Louis B. Mayer, decide entonces grabar versiones en castellano de las películas filmadas en inglés, en vez de doblarlas.

Edgar Neville, escritor metido a diplomático, entonces con destino en Washington, y que se codeaba Douglas Fairbanks, Mary Pickford o Charles Chaplin, recomienda a sus amigos para tal cometido. Luis Buñuel, López Rubio, Jardiel Poncela, Tono, Rosita Díaz Gimeno y el propio Neville encontrarían en Los Ángeles su particular Dorado y acabarán protagonizando cómicas aventuras con las más afamadas estrellas de la época.

En una tarde californiana de comida y piscina, Chaplin, “camarada cariñoso y cordial de todos los españoles residentes en Hollywood”, se enteró de que Tono había trabajado como cartelista y le encargó el cartel de Luces de ciudad. El español alquiló un estudio y se puso manos a la obra, pero no logró nada más que “una caricatura de Charlot y el título de la película”, todo pintado con “cremas de colores”. El humorista reconoció que aquello era el trabajo de un vago. “La vida allí era tan agradable, el sol era tan estupendo y la playa estaba tan cerca…”.

"Incomprendido al principio por el gran público, acabó haciendo historia en el teatro español, al igual que Mihura, el único del grupo que no fue a Hollywood"

Años después, cuando sus amigos del café de Madrid le regañaron, pues de haber afrontado aquel encargo con profesionalidad quizás se hubiese hecho millonario, Tono espetó: “Sí. ¿Y lo que hubiese tenido entonces que trabajar?”.

Los cambios técnicos y la Guerra Civil acabaron con el sueño americano y el grupo volvió a coincidir en las revistas y los teatros madrileños. No fueron fáciles las relaciones entre ellos. López Rubio era el pegamento que los unía: “Yo era muy amigo de Jardiel, por un lado, y, por otro, de Mihura, Neville y Tono, pero entre ellos no se llevaban bien”.

Jardiel, que ya había triunfado antes de la guerra con comedias como Usted tiene ojos de mujer fatal, vertería parte de su experiencia cinematográfica en las obras que vendrían después, destacando la más conocida: Eloísa está debajo de un almendro.

Incomprendido al principio por el gran público, acabó haciendo historia en el teatro español, al igual que Mihura, el único del grupo que no fue a Hollywood, que también tardó algo en que su humor fuese asumido por el respetable. Tres sombreros de copa estaba terminada en 1932, pero sería rechazada por una larga lista de actores y empresarios que consideraban que no sería entendida por el público. Hasta 1952 no se representaría con éxito. La obra sería ensalzada por Eugene Ionesco “por asociar el humor trágico, la verdad profunda, al ridículo, que, como principio caricaturesco, sublima y realza, ampliándola, la verdad de las cosas”.

Entre todo renovaron el humor español, alejándose del chiste vulgar, del sainete tradicional, introduciendo un humor vanguardista, absurdo, irónico, surrealista, que jugaba con las palabras y con la inteligencia del espectador.

"El testimonio del protagonista, años después, matizó parte del relato: tenía un despacho, sí, pero nada que hacer"

Tono puede ser el más desconocido del grupo. López Rubio lo definió como “un extraterrestre caído del cielo”. Azcona diría: “Era una fiesta estar con él: ese tipo de personas que ves al otro lado de la Cibeles y te precipitas sobre el tráfico para saludarlos”. Manuel Alcántara lo consideró “un benévolo comisario Maigret del humor”. Dibujante, escritor teatral, periodista y actor de doblaje. En París dibujaba unos chistes de líneas rectas que nos recuerdan al cubismo de Juan Gris.

Neville, quizás el genio más versátil del grupo, del que ya hemos hablado en estas páginas, contó una de las anécdotas más características de la vida de todos ellos en Los Ángeles: A Tono “le hicieron un contrato en el que no se especificaba bien si venía como actor, como escritor o como carpintero; el hecho es que jamás llegó a tener un despacho ni nada concreto que hacer”.

El testimonio del protagonista, años después, matizó parte del relato: tenía un despacho, sí, pero nada que hacer. Un día, mientras sacaba punta a un lápiz, sonó el teléfono: “Míster Lara, ¿qué está haciendo usted?”, preguntó un alto cargo de la Metro. Tono responde: “Sacando punta a un lapicero”. Nunca volvieron a llamar.

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