Un patetismo celebratorio reemplaza a la sátira como motor principal de un relato que, a merced de sus diatribas, supone el monólogo de un espíritu inquieto que forcejea por conservar sus ilusiones intactas: “Es el consentimiento, la aceptación de lo que un instante antes te hacía llorar”, se afirma en el capítulo “¿Por qué lloramos? ¿Por quién lloramos?”, “lo que detiene la agitación interior e instala esa quietud, que diría feliz si no es porque está varada tantas veces en un duelo”.
El protagonista, que casualmente (o no) se llama Carlos, inicia una investigación sobre el origen y el significado del llanto. Su interlocución abarca tanto la desorganización sentimental como las estructuras del desconcierto. Porque, a fin de cuentas, “¿no es el efecto de la belleza propiciar el olvido de la discordia y de la falta de simetría, y la reconciliación con todo lo bueno que ofrece la vida?” (“¿Cómo se llora? Mecanismo, física y química del llanto”).
El delirio del héroe actúa como hilo conductor de la trama. El padre, la madre o los hermanos encarnan las vulnerabilidades (o las violencias) del trastorno familiar: “Prefiero a los que lloran que a los que no lo hacen”, se afirma en el apartado “¿Dónde lloramos? ¿En qué lugares? ¿Delante de quién?”, “porque pienso, con Descartes, que el odio y el miedo disminuyen la materia de las lágrimas, mientras que los que lloran más fácilmente son propensos al amor y la piedad”.
No se empeña el exdirector de la Biblioteca Nacional de España en plasmarlo en palabras, sino que nos invita a experimentar en primera persona “el amor (…) un estado proclive a situaciones que te dejan sin respuesta, sin otra respuesta que el llanto” (“¿Dónde lloramos…?”). Los apotegmas de Regina, la mujer del protagonista, o Vedran Vidric, el amante bosnio de Regina, complementan las consideraciones del traductor de autores como Simone Weil (influencia intelectual en torno a la cual gira la novela), Robert Walser o Molière.
Se filtran estos y otros pensadores en la pesquisa original, sustentando y, a la vez, socavando el resultado: “El sentido del propio destino no es otro que el de caer en la cuenta de que lo ha alcanzado”, concluye el capítulo “Clases de consuelo. Tiempo, nuevas razones para vivir, etcétera”: “Solo aquel que, por irresponsable, reniega de su destino deja de encontrarle sentido a la vida”.
Una saga que cavila al tiempo que narra actúa como agente de los esfuerzos de la bonhomía por construir esa entelequia artificial que denominamos normalidad. Nadie en el proceso, sin embargo, sabe con certeza cómo acometer la empresa, pues “[la naturaleza del llanto] ha sido añadida a nuestra biología como algo ajeno a la misma. Y siendo así, es al propio tiempo una de esas facultades, como el lenguaje articulado, que nos hace humanos, más humanos”, leemos en el “Epílogo”.
Por todo ello, el relato de Carlos Ortega rebosa compasión, inventiva y sentido del humor. Los objetivos por batir del protagonista son exactamente los que cabría esperar de su tour de forcé: la avaricia, la política o la fama. La incultura de los smartphones. El desasosiego de los mass media. Las sociales enredaderas. Y siempre, por encima de todo, cualquiera que piense que, entregándose al simulacro digital, puede eludir no solo la muerte inevitable, sino la ineludible realidad.
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Autor: Carlos Ortega. Título: Un ensayo sobre las lágrimas. Editorial: Alianza. Venta: Todos tus libros.


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