La simplificación en los libros de texto puede hacer mucho daño. Yo todavía me acuerdo de esa página, tal vez de conocimiento del medio, en la que se especificaba a qué edad eras una niña, a cuál adolescente, a cuál adulta y, por último, anciana (o de la tercera edad, que suena más respetuoso). Esa lección, sumada a que la sociedad gira en torno a la edad (el descuento en los parques de atracciones, el carné de conducir, el bono joven o los viajes del Imserso), nos conduce a «ya tengo una edad», «debería tener estabilidad», «debería estar casada» y a otros tantos pensamientos que nos limitan, después nos abruman y, por último, nos deprimen hasta el fin de nuestra existencia. De ahí que mi nuevo modelo a seguir sea Yoli.
Los umbrales, entendidos como esos espacios entre una etapa y otra o un estado y otro, están presentes durante toda la obra: el paso de una edad a otra, una mentira capaz de revertirse; el momento que separa la vida y la muerte, en la que tiene un gran papel la enfermedad; el país de natal y el adoptivo, ambos ajenos y ambos hogares; el pasado y el futuro, en el que cada visita implica «recuperar el tiempo perdido, resolver en diez días lo que debías haber resuelto en diez años»; y, cómo no, ese primer umbral, la realidad y la ficción.
Cada umbral podría dar para páginas y páginas de ensayo, de reflexión profunda sobre cómo la sociedad nos empuja a comportarnos de cierta forma, a someternos a ciertas «realidades», a intentar que clasifiquemos todo en valores absolutos o con fronteras muy bien definidas cuando la vida es algo muy distinto.
Uno de los primeros recuerdos con los que Liliana nos presenta a Yoli es uno de su infancia, cuando su tía abuela la engañó y le dijo que tenía treinta y nueve años. La pequeña Liliana se sorprendió, porque esa edad no correspondía con la calificación de «abuela», pero Yoli le confirmó que tenía treinta y nueve años con tanta convicción que, hasta muchos años más tarde, la autora no volvió a ese recuerdo y se dio cuenta de que Yoli le estaba tomando el pelo.
Con esta sencilla anécdota, queda claro que Yoli siempre tuvo claro que la forma en que el mundo clasificaba a las personas no tenía sentido, pues no tenía en cuenta lo que había en el interior de cada una. Esa energía optimista y alegre aparece incluso en su enfermedad. Yoli duerme de lado porque si no, le duele su tumor, y desdobla a su hija Ceci en dos personas: su hija y su enfermera. Al mismo tiempo, Yoli llama a ese tumor «Totoyo», creyendo que es fruto del mordisco de un perro, y canta de memoria las canciones de su juventud. Yoli habita en los umbrales de la juventud y la vejez, de la enfermedad y la salud, de la vida y la muerte y de la alegría y la tristeza, de una forma tan natural que es necesario el testimonio de otra persona para comprender la complejidad de la situación: Ceci.
Ceci es la hija de Yoli y su principal cuidadora, de ahí que habite ese umbral entre hija y madre. A la vez que trabaja desde casa como contable, Ceci baña a Yoli, le da sus medicinas, la acompaña al baño, la consuela cuando llora, gestiona sus citas médicas y la colma de todo el amor que puede. A pesar de que Ceci tiene otros hermanos más o menos involucrados, ella es la única (y aquí se puede hablar del papel de las mujeres como cuidadoras a lo largo de la historia), que parece tener la sensibilidad necesaria para hacerse cargo de su madre.
Si Yoli sostiene a su familia a través de su alegría y su amor por esta, Ceci lo hace desde su predisposición y sus silencios, y esto se ve con claridad en la primera entrevista que Liliana Muñoz le hace a Ceci, que comienza con un «no entiendo, pero yo te ayudo» y continúa con «y yo le quería decir…», mientras le relata una de las tantas noches con Yoli. Esto último lo dice dos veces: una, después de que su madre la insulte e intente pegarle después de despertarla a los gritos en mitad de la noche; dos, cuando se da cuenta de que su madre «se ha ido».
Ceci es la protagonista inesperada, la mujer que da y da y da y se olvida de sí misma hasta que la escritora, su creadora en la ficción, la saca de las sombras y la observa, la cuida, le tiende la mano y dice todo lo que Ceci quería decir.
De esta forma, se conforma un trío de protagonistas inesperado: Liliana Muñoz, que escribe; Yoli, de la que parte la idea; Ceci, la testigo que se gana su propio espacio en la narración.
Los umbrales trasciende la primera intención de la autora, inmortalizar a Yoli, y se convierte en un libro que sí es una carta de amor y, al mismo tiempo, el testimonio de muchas vidas que habitan pacíficamente los umbrales de unas fronteras que carecen de sentido.
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Autora: Liliana Muñoz. Título: Los umbrales. Editorial: Tránsito. Venta: Todos tus libros.


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