Narrar es vérselas con una construcción llena de agujeros, grietas que trastocan la anhelada seguridad de un relato que presuntamente debe dar sentido a los hechos. Una narración está repleta de puntos muertos, vértices que se dislocan continuamente para advertir, en el claroscuro de sus contradicciones, un páramo inquietante, retador y siempre inestable. Más allá de la ilusión de continuidad y de sentido, la narración debe contar con la imposibilidad de su tentativa, con una disrupción esencial que dinamita su afán de relato y lo aboca a la experiencia de lo anómalo pero también de lo irrenunciable.
Las paradojas de la narración son incuestionables. Hilario empieza su obra con la afirmación de que estar en una narración equivale a estar en casa. Así pues, algo de lo familiar, del oikos, de lo personal, de la intimidad debe estar en juego en lo narrado. Es una familiaridad, sin embargo, un tanto extraña, compleja, dislocada. Es una experiencia más bien unheimlich que no tranquilizadora. Es la familiaridad que se trastoca por una extrañeza indetectable e invisible pero persistente. Las imágenes, en tanto que forma de narración, se encuentran obviamente en la misma tesitura de extrañeza y complejidad.
Lo irrepresentable siempre está ahí, acechando desde su espectralidad, cortocircuitando la estabilidad de palabras e imágenes. Cualquier signo se derrumba ante la inevitabilidad de lo que no se puede categorizar. El debate entre Lanzmann y Godard, en torno a las filmaciones en las cámaras de gas, puede leerse desde esta perspectiva. ¿Puede representarse, de alguna manera, aunque fuese indirectamente (a base de metáforas, alegorías, metonimias…) lo irrepresentable?, ¿hay alguna vía indirecta de palpar aquello que elude cualquier representación? Cine, literatura, pintura, escultura… lo intentan, sin embargo no dejan de fracasar en su tentativa. Ahora bien, este fracaso no paraliza ni esteriliza, ya que abre unas posibilidades narrativas que se multiplican constantemente hacia direcciones sorprendentes. En este fracaso se revela una migración de temas que se escapan de su ubicación tradicional y, por ese motivo, pueden ser abordadas desde diferentes dispositivos narrativos. Incluso puede hablarse que los modos de hacer historia han cambiado y ahora el arte puede hablar de la propia historia de la narración (sea del orden que sea).
Y es que llegará un momento en que los testigos desaparecerán y, como afirmaba Semprún, estaremos ligados a la confianza paranoica de la presunta veracidad de fechas y cifras impuestas por los cronistas. El problema es que esta crónica es una narración que se rinde ante unos intereses determinados al ser en todo momento una construcción. Hablamos de remake, reenactment o sampling, da igual la estrategia, porque de lo que se trata es de una (re)composición que siempre dirá mucho más de quien la realiza que no de la fidelidad con lo acontecido. Y es que, como apunta muy bien Hilario, cada uno elabora su propio material para abordar presente, pasado y futuro. Antes el pasado se perdía irremediablemente en beneficio de un ilusionante y redentor porvenir, sin embargo, ahora que hemos cancelado el futuro con todo tipo de premisas y proclamas apocalípticas, ya no hay ningún paraíso (ni perdido ni ignorado) al que retornar.
Y es que en esta ausencia de tiempo, en esta demanda de construcción narrativa, el miedo que emerge no se vincula tanto a la falsedad de lo edificado como al vacío que se revela en ella. Las imágenes, como muy bien apuntaba Sebald, desplazan, incluso aniquilan, experiencias, vivencias y recuerdos. Por ello, ensamblar imágenes, tal y como articulaba Péter Forgács, es una manera de generar nuevas realidades, heterocosmos surgidos a raíz de la destrucción de cualquier ilusión de estabilidad que forje el presente en su afán de continuidad. Romper cualquier continuidad o seguridad a través de llevar a las imágenes al límite de sus posibilidades y mostrar, con ello, la angustia que sostiene un mundo, el nuestro, habitado por fantasmas que escapan de cualquier identificación.
Porque lo peor no es la muerte sino la incertidumbre. No se trata ni de repetir imágenes, hasta alcanzar el paroxismo de la banalización, ni caer en una lógica capitalista, que borra sin titubear lo que no le sirve como combustible a su reproducción incesante. El borrado de las imágenes, como afirma Hilario, es tan dañino como su indiscriminada proliferación, ya que con ello se trastocan las realidades que construyen nuestra (precaria) identidad. Lo esencial es el movimiento, la circulación, una migración constante de significados que atraviesan, de forma caprichosa, unas identidades que necesitan continuamente (auto)explicarse.
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Autor: Hilario J. Rodríguez. Título: Después de Auschwitz. Editorial: Sílex Ediciones. Venta: Todos tus libros.


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