Hace ya casi cincuenta años de la primera edición de Viatges i flors (1980), de Mercè Rodoreda. Este libro de relatos breves, penúltima obra de la autora, ve de nuevo la luz en una edición de Edhasa traducida al español por Gala Sicart Olavide. No soy especialista en la obra de Mercè Rodoreda, pero este libro ha caído en mis manos como una oda fresca a la imaginación y les explicaré por qué lo siento así.
En Viaje al pueblo de los guerreros, la autora escribe: “Me tuve que apartar deprisa porque se me echaban encima puede que mil caballos montados por soldados armados con lanzas… Son inofensivos: hacen de soldado para inspirar respeto y todo el mundo les teme, pero ellos sólo galopan y trompetean. Sus mujeres los esperan más allá del olivar”. En menos de quinientas palabras, Rodoreda arma un relato de guerra, de polvo y de silencio que nos evoca tantas cosas en el recuerdo y en la actualidad.
Abrir el libro por cualquier página es encontrar poesía y reminiscencias, una especie de conocimiento que no sabemos cómo explicar, pero que reconocemos. En Viaje al pueblo de la brujería: “…y todo ese espacio entre los durmientes y yo se llenó de hilos de flor que pasaban volando, y cuando hubieron pasado, sin darme cuenta del cambio, como si alguien muy poderoso me hubiera transportado, me vi, no junto a la fuente cantora, sino junto a un lago de color de plomo con el trozo de luna dentro, enigmático, que de perfil me miraba de reojo y sonreía sesgado como aquella mujer vestida de negro que me había dicho que el pueblo, ¿no lo ve, detrás de aquel follaje?, era el más bonito del mundo”.
O en Flor Felicidad: “Ni las extrañas corrientes del amor ni el agua cuando hay, es decir, nada en este mundo, se puede comparar con el placer que regala mirar la flor…. La flor canta y adormece… Dormidos como hojas, los hombres bajan rodando y acaban en el agua, donde, habiendo caído en vertical ciento veinticuatro metros, mueren con la boca abierta”.
Estas historias, cincuenta y siete, no pasan de moda porque exploran el camino de nuestra felicidad, rara vez duradero, según la autora. Los momentos de dicha suelen ser pequeños destellos de paz que contrastan con un mundo opresivo. Las situaciones y personajes se mueven entre árboles, pájaros, flores, deseos que generalmente llevan al desengaño y a la soledad. En Flor negra leemos: “Tú frota con fuerza y duerme tranquilo, que el mal se va fabricando solo… Una pena que, como las penas más grandes, no se puede explicar. No la dejes escapar; si esta pena se fuera, volverías a ser nadie”.
Mercè Rodoreda es mucha Rodoreda. Sus textos, sensibles y profundos, nos sugieren siempre otros textos y otras ideas y otras historias y otras experiencias. Estos relatos actúan así en nosotros. Y con la intensidad de lo breve.
Para hacer una extraña analogía que ha venido a mi mente, diría que este libro me lleva a recuperar esa narrativa de infinidad potencial de Las mil y una noches. En Rodoreda son apenas sesenta relatos cortos, pero la estructura del libro podría ser eterna. Desde lugares muy distintos, tanto en el universo narrativo de Las mil y una noches como en Viajes y flores el impulso es crear mundos imaginarios. Mientras que en el clásico literario árabe la fantasía sirve para encadenar historias y explorar el poder transformador del cuento, en Viajes y flores se nos invita a una contemplación poética y sensorial. Ambas obras, distintas en casi todo, sin embargo, celebran la imaginación; una desde la posibilidad infinita del cuento y la otra desde la miniatura lírica.
Se podría decir que este libro es una oda a la imaginación, sin duda una razón de ser a lo largo de toda la creación literaria de Rodoreda. En Viajes y flores la imaginación se condensa en cada página como pequeñas iluminaciones que nos recuerdan que la literatura, cuando es verdadera, sigue siendo una forma de revelación.
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Autora: Mercè Rodoreda. Título: Viajes y flores. Traducción: Gala Sicart Olavide. Editorial: Edhasa. Venta: Todos tus libros.


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