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Ecosistema, de José María Merino

Ecosistema, de José María Merino

En lengua inglesa, la palabra quest significa esencialmente “búsqueda, misión o expedición”. Y de duración larga. Se aplica a un viaje dificultoso, o a una indagación dilatada, intensa. Que aspira a un objetivo específico, determinado. Un ideal, incluso. Una busca prolongada y ambiciosa de algo no siempre fácil de encontrar o de asir, por supuesto. Se utiliza en contextos de aventura, de fantasía o de crecimiento personal. El Cambridge Dictionary propone este ejemplo: «She went to India on a spiritual quest». Evocador como ese aroma dulzón de ondulaciones orientales que insinúa el sándalo. Pero esta otra frase quizá refleje mayores manifestaciones: «Nothing will stop them in their quest for truth». «Nada los va a detener en su búsqueda de la verdad». No sólo me interesa por la idea de búsqueda, de interrogaciones, de autenticidad sino por ese plural: ellos. Todos, posiblemente. La verdad podría encarnarse en una captura o en recuperar a alguien perdido en el espacio, la memoria o en las cronologías. Búsquedas y hallazgos llenan la obra de un nombre necesario en nuestra literatura contemporánea: José María Merino. «… intelectual crítico y comprometido con el presente», según reseñó Gabriel Unzu Olaz a propósito de Noticias del Antropoceno (2021). Un artista de la palabra y la fabulación. Un viajero que indaga mientras busca. Y luego refiere.

José María Merino (1941, coruñés crecido en León) es un escritor completo. Y fecundo. Poeta, narrador eminente —sin él no se concibe la trayectoria y la soberanía del cuento español actual, desde luego—, autor de novelas variadas y con su personalidad y su yo de creador grabándose en la manera de contar y disponer el texto. Sus dos primeros libros, en los inicios de los años setenta, hace medio siglo, ya marcaron sus vigorosas cualidades: innovación, y no un experimentar al tuntún, conjugada con la fe y el interés en explorar y en desplegar una historia, ocupe trescientas páginas, diez o dos docenas de líneas o incluso menos. El pionero de aquella pareja de libros era el poemario Sitio de Tarifa (1972), con un soneto epilogal curioso —abierto con un atrevido endecasílabo: «Perdemo duramoña trascendante…»—, que se «burla de los críticos de la época que hablaban de la destrucción del lenguaje» y de las secuelas de la sonetitis. El otro libro, escrito entre 1973 y 1976, y mejorado en el verano de 1987 —más viajes prolongados, más quests—, se titulaba Novela de Andrés Choz. Choz es un profesor de recónditos orígenes que, al saber que el cáncer le destina a pocos meses más de vida, quiere satisfacer un deseo arraigado: escribir la historia de «un extraterrestre náufrago en la Tierra», lo que será la «Novela del Hermano Ons». Las solapas esbozarían las rutas temáticas y búsquedas de la creación de Merino: «… laberintos de la identidad y la memoria, la azarosa relación entre autor y obra y, sobre todo, la amalgama de lo real y lo fantástico, que es elemento fundamental de su mundo literario».

"A la misma altura que sus poemas, sus once novelas con sus cuatro trilogías y sus cuentos, admiramos sus reflexiones sobre literatura y el proceso de escribir"

A la misma altura que sus poemas, sus once novelas con sus cuatro trilogías y sus cuentos, admiramos sus reflexiones sobre literatura y el proceso de escribir y de concebir y haber concebido historias. Escuchen su cóncava voz en el acto en su ingreso en la Real Academia Española y el contenido de su magistral discurso, «Ficción de verdad». O lean los artículos arracimados en Ficción continua. Se comprueba en cómo discierne el microrrelato: «Tiene que tener sustancia, movimiento, por poquito que sea. Por supuesto que está muy cercano al aforismo, a la poesía, pero con movimiento. Es una quintaesencia narrativa, capaz de moverse y cambiar desde el principio hasta el fin. Ofrece una mudanza». Un cambio, un desajuste entre el inicio y la desembocadura. Pasa de fuera a dentro.

Insisto: únicamente con sus dos primeros libros de narrativa breve —Cuentos del reino secreto (1980), El viajero perdido (1990), o con su personaje el profesor Eduardo Souto —de similitudes tan familiares con su autor— estaría justificado el talento de Merino.

Pero afortunadamente siguió componiendo y comenzó a escribir microrrelatos. Por encargo de alguien también visionario y original: Antonio Fernández Ferrer, profesor de la Universidad de Alcalá. Preparaba un libro colectivo sobre el género que tituló La mano de la hormiga: Los cuentos más breves del mundo y de las literaturas hispánicas (1990). Una gruta del tesoro. Merino le dio, cómo no, la plasmación del quest: «Tres historias de viajeros».

También quien se alarga con este comentario le pidió un microrrelato inédito para un libro. Seleccionaba piezas que habían ido apareciendo desde el curso 1990-1991 en una revista cultural de la Universidad de Navarra: Nuestro Tiempo. Dos veces cuento se llamaba la sección. El editor de la antología, Sele Martínez Echalar, apoyaba toda novedad que sonara a audacia y agrandara aquel volumen. Merino, generoso siempre, me mandó tres cuentos. No tuve la prudencia de incluir las tres piezas —sigo arrepintiéndome— sino solamente la que más me deslumbró, «Ecosistema».

«Ecosistema» sigue presente en numerosas antologías. Y admite lecturas y matices nuevos. Hace unos meses tuve ocasión de comentarlo en un campus francés. Merino sabe entretejer conocimiento, ideas, visión y técnica. Arte. Que todo está imbricado con sutileza en un único organismo.

"Es un ecosistema: cada ser genera la aparición de otro, un hecho engendra otro más"

La mudanza, el cambio que pide el desequilibro de la historia desde la situación inicial a la final, queda clara. Intrigantemente clara. Cada paso parece consecuencia natural del anterior. Quien lee acepta peldaño a peldaño lo imposible, porque la transformación es gradual. Como crece la temperatura del agua hirviendo. El narrador recibe un bonsái. Aparecen insectos. Y pájaros diminutos. Sobreviene una mujer minúscula. El propio narrador acaba viviendo dentro de ese hábitat. Finalmente vislumbra un hecho relevante en otro tiesto.

Y lo inexplicable tiene «una existencia efectiva», evidente, como David Roas expuso sobre «la persistencia de lo cotidiano», aunque transgredan la realidad. Precisamente por eso. Lo extraordinario invade lo cotidiano sin ruptura brusca. Interfiere. Se cruza ante nosotros. Lo vemos.

Es un ecosistema: cada ser genera la aparición de otro, un hecho engendra otro más. El bonsái sigue siendo pequeño y, sin embargo, contiene una realidad inmensa.

Merino hila fino. Si cabe un barco en una botella, un delfín podría dar saltos dentro de un vaso de agua. Los viajes de Gulliver ya censaron a seres diminutos, y leímos relatos de mundos encerrados en objetos, no solo borgianos. Una planta ornamental queda convertida en un universo completo. Lo que parecía insignificante se vuelve territorio que se puede habitar.

La sutileza narrativa de Merino se plasma en el tratamiento del tiempo. Significativamente, la narración empieza en una fecha notable: «El día de mi cumpleaños». Van sucediéndose referencias cronológicas: «en otoño», «en primavera», «una mañana, a la hora de regar», «en poco tiempo», «a finales de verano»… Hasta llegar a dos adverbios decisivos, que también influyen en el tiempo verbal con que se narra: «ahora» y el de contundente realidad, «hoy». Produce el avance del tiempo sensación de crecimiento orgánico. Todo parece desarrollarse según leyes naturales. El orbe fantástico no surge de golpe: evoluciona. Y lo aceptamos.

"El talento de Merino no se queda ahí. El espacio se transforma paulatina, continuamente"

El talento de Merino no se queda ahí. El espacio se transforma paulatina, continuamente. Comienza siendo una casa, el pasillo de una galería, unos tiestos… para hacerse una naturaleza autónoma, unas latitudes propias, un mundo dentro de otro mundo.

Aceptamos también cómo nos obliga a ver el narrador. Lo pequeño, lo diminuto es relevante. El regalo de bonsái, un solo bonsái, los «diminutos insectos blancos», «las hojitas», «un pájaro minúsculo», «En poco tiempo el bonsái se llenó de pájaros», «una mujercita», «con una lupa», «a lo lejos», es decir, empequeñecido por la distancia.

Pero nadie ofrece explicaciones, lo fantástico se acepta como parte de esa realidad. De hecho, el personaje narrador duda y contagia vacilaciones que damos por seguridades: «pero no parecían perjudicar al bonsái», «me pareció vislumbrar algo», la conjunción conjuntiva «al parecer, «me ha parecido ver»…

Porque los personajes cumplen otra finalidad de completar el engranaje del relato.

El narrador acaba disipándose para quienes viven en el mundo exterior. Su sobrina cree que ha desaparecido pero, mientras tanto, él ha cambiado de realidad. Es un narrador protagonista en primera persona que no se sorprende demasiado. Descubre insectos, pájaros minúsculos, una mujer diminuta y reacciona con curiosidad más que con espanto o con recelo y miedo. Con actitud serena. Desconcertante pero no altera la «verosimilitud de lo fantástico», esas intromisiones. Como la suya. De la curiosidad pasa —puede decirse— a la adaptación, a integrarse. A la inculturación.

"¿Cambiaría «Ecosistema» si en vez de sobrina representara ese papel una vecina, una amante, una compañera de trabajo?"

Inquietante es el personaje de la mujercita. De ser materia de observación se convierte enseguida en compañera del narrador. Ella hace dar el paso definitivo al nuevo ecosistema. Ella ayuda al narrador, como en un edén de vuelta y sin Creador, a dejar de ser observador y hacerse poblador. Pero él siempre tiene abiertos los ojos.

Verdaderamente crucial es la sobrina. Un absoluto acierto de los escasos personajes. ¿Cambiaría «Ecosistema» si en vez de sobrina representara ese papel una vecina, una amante, una compañera de trabajo? La elección de sobrina no parece casual. Como ocurre en el Quijote o como Caroline Grout, «sobrina» de Gustave Flaubert, a quien él crio y a quien dejaba corregir sus escritos. El regalo de cumpleaños que la sobrina hace, un gesto anual de cariño frecuente, se enmarca en el ámbito doméstico y familiar, apunta a cierta continuidad generacional (por ser más joven que el narrador). Añade credibilidad a la idea de perpetuación de mundos. Su serena reacción final aumenta la carga emotiva del microrrelato: «Mi sobrina, muy triste por mi ausencia, cuida mis plantas como un homenaje al desaparecido». Conservar las plantas significa conservar la memoria. Una vecina —lo cotidiano, la comunidad, la cercanía física— no personificaría tan entrañablemente ese eclipse de vida, ese ocultamiento. Una amante implicaría una sustitución amorosa y no una nueva quest. Y tal vez se adueñaría del cuerpo del relato la dimensión de la infidelidad y la anulación de vínculos afectivos anteriores. Y no veo yo a una compañera de trabajo regando los tiestos, burocrática, profesional, fría. Aunque esas posibilidades las bordó el propio Merino en otra de sus deslumbrantes piezas, «Imposibilidad de la memoria».

Quien quiera adentrase en el mundo Merino puede acercarse a la antología que ha preparado Ángeles Encinar, De mundos inciertos. Donde, por cierto, se añade la «prolongación» de la quest de este «Ecosistema»: «El reencuentro». Que empieza así: «No sé cuánto tiempo hemos vivido juntos en ese bonsái pero ayer por la mañana, al despertarme, ella no estaba.» Y la última página de la selección la cierra «Autoficción».

Merino ocupa el sillón «m» de la Real Academia Española. En su discurso ponía una nota íntima enumerando palabras con resonancias de literatura y vida en él: madre, música, madurez, magia, manantial, mar, melancolía, memoria, mestizaje, metamorfosis, montaña, mito, muerte. Mamut cabría también. Y nombres grandes como Maricarmen, Medardo y hasta Macallan. Muchos.

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Ecosistema

El día de mi cumpleaños, mi sobrina me regaló un bonsái y un libro de instrucciones para cuidarlo. Coloqué el bonsái en la galería, con los demás tiestos, y conseguí que floreciese. En otoño aparecieron entre la tierra unos diminutos insectos blancos, pero no parecían perjudicar al bonsái. En primavera, una mañana, a la hora de regar, me pareció vislumbrar algo que revoloteaba entre las hojitas. Con paciencia y una lupa, acabé descubriendo que se trataba de un pájaro minúsculo. En poco tiempo el bonsái se llenó de pájaros, que se alimentaban de los insectos. A finales de verano, escondida entre las raíces del bonsái, encontré una mujercita desnuda. Espiándola con sigilo, supe que comía los huevos de los nidos. Ahora vivo con ella, y hemos ideado el modo de cazar a los pájaros. Al parecer, nadie en casa sabe dónde estoy. Mi sobrina, muy triste por mi ausencia, cuida mis plantas como un homenaje al desparecido. En uno de los otros tiestos, a lo lejos, hoy me ha parecido ver la figura de un mamut.

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Dos veces cuento: Antología de microrrelatos. Prólogo de Enrique Anderson Imbert, Madrid, EIUNSA, 1998, pág. 99.

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