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La oropéndola

Nunca seré tan elegante como la oropéndola que se comió el saltamontes. Un rayo amarillo vino hasta donde el insecto saltó por última vez y el alimento se trasformó en vuelo.

La oropéndola es el resplandor más vertiginoso que es posible ver entre dos olmos. Pluma de oro es su nombre, pues transforma en un amarillo fulgurante las orugas y libélulas que arrebata al aire en su deambular por la mañana fresca.

Ha venido de los bosques de África, donde hace su oro en el espesor más umbrío del invierno tropical. Como buen alquimista tiene las alas muy negras, y con ellas se adentra en las sombras. Vuela desde la luz a la oscuridad y desde lo más oculto de las copas de los árboles, apretadas como redomas, de nuevo hacia la luz.

"Ha venido antes de tiempo para abrir el camino a los que siguen llegando de África. Para guiarles: es un faro amarillo"

Cuando llega por primavera a los bosquecillos castellanos, a los taludes donde se reparten olivos y almendros, la oropéndola vuela en una fiebre de escondite, como herida por estos espacios abiertos, donde el azul se expande en inmensidades incompatibles con los recuerdos del trópico. Quien antes volaba oculta en el follaje ahora lo hace al descubierto, y la oropéndola tiene prisa en desaparecer de mi vista.

Se esconde en la penumbra verde del olmo, y ahí, una vez más, el alquimista transforma la medialuz en música. Tiene canto de flauta travesera y sus notas parecen entresacadas del corazón de la Badinerie de Bach. Y se ralentizan en el aire, y se desentrañan con calma: nota espaciadas, solitarias en la partitura que van trazando los rayos del Sol según se mueve el cielo.

Ha venido antes de tiempo para abrir el camino a los que siguen llegando de África. Para guiarles: es un faro amarillo. Es un faro de canto para los que vuelan en la noche, para los que no caen abatidos, para los que atraviesan las murallas transparentes.

Una sola oropéndola sabe de migración más que todos los gobiernos de Europa.

"Me quito la camisa para que los rayos iluminen mi espalda, se adentren entre mis omoplatos, vayan arrancando la noche de mi corazón, inunden mi recipiente con oro"

La oropéndola suena potente en lo más alto del olmo antes de alejarse hacia una fronda mejor. Voy con ella. Voy en ella, mejor dicho. Hay tanto que quiero dejar atrás. Lo que me incomoda, lo que me turba. Exploto en un batir de alas y ya estoy lejos, en mí mismo. Solo tenía que sacudirme el ruido que ha querido conquistar mi territorio. Lo que no era mío me enjaulaba.

Voy a los espacios abiertos poco después del amanecer, al gran círculo de piedras y olivos. Permanezco en el centro mientras la Tierra se inclina devotamente hacia el Sol que va desbrozando la maleza nocturna.

Me quito la camisa para que los rayos iluminen mi espalda, se adentren entre mis omoplatos, vayan arrancando la noche de mi corazón, inunden mi recipiente con oro. El calor se vuelve más intenso dentro de mi coraza de huesos. Funden la armadura y baila el color amarillo con el negro.

Es una danza que no debe estancarse ni en su silencio ni en su ritmo.

Haz un ala, le pido al Sol. Haz un ala.

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