Inicio > Historia > Historia de Grecia > Amé, traicioné… y ahora voy a vengarme

Amé, traicioné… y ahora voy a vengarme

Amé, traicioné… y ahora voy a vengarme

Hace unos años, en este mismo lugar, enterré un ánfora sellada con cera de abeja. En ella encerré una carta al futuro, intentando expiar los crímenes que hasta entonces había cometido. Mi tía Circe así me lo había recomendado cuando, en nuestra huida desde la Cólquide, recalamos en sus costas buscando la purificación de nuestros males; mejor dicho, de mis crímenes. Ahora no es mi intención arrebatarles a las entrañas de la tierra esa confesión, pues para ello tendría que sacrificar este hermoso granado bajo el cual ahora mi mirada se pierde en el horizonte. Su sombra mitiga el sofocante calor del estío y la sangre que hierve en mis venas. Entonan las chicharras a mi alrededor un canto de dolor; las aves escondidas alimentan a sus crías y alguna mariposa se acerca, tímida. Me quedo mirándola. La calavera de su tórax se clava en mi retina, el corazón me palpita y siento su batir en mis muñecas. Sin duda, es un mal augurio. Sonrío. No tiene sentido. O acaso, ¿puede empeorar mi situación?

En mi inocencia pensaba que, una vez hubiera matado a mi hermano y acabado con la persecución de mi padre, no tendría que recurrir nunca más ni a la magia ni al crimen. ¡Insensata! Los hombres son codiciosos y ansían el poder, aunque para ello deban cometer las mayores atrocidades. ¿Y yo en qué posición he quedado? He sido un simple instrumento del poder, un títere del que deshacerse una vez conseguido el objetivo. ¡Cuántas lágrimas he derramado, y cuántas sigo derramando! ¿Para qué? ¿Por qué? ¡Maldito amor, que todo lo destruye, incluso a él mismo!

He sido utilizada, pero me vengaré por todo lo que he hecho por ti, Jasón.

"Mis esperanzas, consumidas; mi juventud, apagada; aborrecida por mi familia y por todos, solo porque te amaba. ¿Y así me lo pagas?"

Gracias a mí llegaste sano y salvo a Yolco. Si no hubiera sido por mis habilidades, jamás habríamos atravesado las terribles Escila y Caribdis. Si yo no hubiera existido, habrías muerto aplastado en Creta por el gigante de bronce. ¿Acaso no lo recuerdas, insensato? Fui yo la que le echó un mal de ojo a Talos para que tropezara con aquella roca, pues solo yo sabía que su punto débil residía en aquel tornillo de su talón. Gracias a mí te vengaste de tu tío Pelias. Fui yo el arma de la venganza. No quiso devolverte el trono, aun habiendo conseguido el vellocino de oro. ¡Ay, vellocino, que fuiste testigo de nuestro amor! Te engañó, y yo me vengué de la peor manera. A través de lo que más quería, resquebrajé el amor filial. Engañé a sus hijas, transformada en sacerdotisa de Artemisa, y les hice creer que rejuvenecerían a su padre querido sacrificándolo como a un cordero. Fui yo, exponiéndome a la muerte, la que presenció aquel acto. Las convertí en bacantes, locas por una esperanza fingida; le cortaron el cuello a su padre y lo cocieron en un caldero. Vi sus rostros de terror cuando de aquel caldero, que despedía un olor nauseabundo, no salió un Pelias rejuvenecido, sino una especie de pellejo cocido. Fui yo la que tuvo que huir primero de mi patria y luego de la tuya. Me prometiste una vida de princesa y solo he conseguido una de fugitiva. Y ahora, oh malvado, me entero de que todas aquellas palabras de amor han sido fingidas, de que todo lo que hice por ti ha resonado como piedra en tinaja vacía. Mis esperanzas, consumidas; mi juventud, apagada; aborrecida por mi familia y por todos, solo porque te amaba. ¿Y así me lo pagas?

"Las mujeres de Lemnos ya no hacían sacrificios ante los altares de la diosa Afrodita y habían descuidado sus templos. Así que la diosa del amor carnal y del deseo las maldijo"

Traición, oh, la peor de las traiciones. Otra vez me espera el exilio, pero esta vez tú no me acompañas, sino que eres el causante de mi marcha. Tomarás a otra esposa y conseguirás lo que añorabas. Querías ser rey y lo serás; pero ¿qué digo? Yo soy Medea. Soy poderosa. No puedo dejar esto así. Me ataré al mástil de la venganza y no permitiré que el amor que ya no siento por este traidor colabore con su traición.

Siento cómo me palpitan las sienes, cómo la sangre se acelera, mi mandíbula se tensa y la furia comienza a dominarme. No, no te saldrás con la tuya, Jasón. No dejaré que me aplastes como a una cucaracha. No olvides que tu vida me pertenece, que tus logros son míos y que me debes la vida y la victoria. ¿Has olvidado todo lo que hice porque te amaba? He abierto los ojos y me he dado cuenta de que después de diez años ya no te amo. Espera la venganza que ahora se gesta en mi vientre. Tal vez yo vuelva a sufrir, pero no será por el amor que te profesé, aquel que me convirtió en lo que soy: un monstruo. Y los monstruos no sabemos dónde está el límite de nuestras acciones. Sufrirás, sí sufrirás más de lo que yo he sufrido, y recordarás por siempre quién soy yo: Medea.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios