Inicio > Blogs > Ruritania > Los obligaron a mirar
Los obligaron a mirar

Hay conversaciones de las que uno conserva menos datos que temperatura. No sirven ya para levantar un acta ni para reconstruir con exactitud una batalla. Sirven para otra cosa: para recordar cómo hablaban los hombres que habían visto la guerra cuando la guerra ya no estaba delante, pero seguía dentro de ellos.

Al Rojo lo conocí en un bar de Las Cuevas de Utiel hacia 2005 o 2006. Yo era entonces teniente de complemento del Ejército, y quizá por eso aquella conversación tuvo para mí una extraña resonancia. Él era ya un hombre mayor. En la aldea todos sabían quién era. Sabían que había estado en la guerra, que había pasado por Teruel, que había conocido una batalla que no parecía hecha para hombres, sino para cuerpos abandonados al hielo, al miedo y al barro. Hablaba desde el lado de los vencidos. No había en él épica ninguna. Solo una memoria antigua, rota en algunos puntos, pero todavía capaz de devolver el frío.

"Teruel no era en su relato una batalla, sino un lugar donde el frío había aprendido a matar"

El Rojo me habló de trincheras, de asaltos, de muertos, de un frío que no era solo meteorológico, sino una forma de estar en el mundo cuando la vida se reducía a obedecer, avanzar, esconderse o no caer. Yo conocía el cansancio de las maniobras, los campos de tiro, las noches al raso y las balas de fogueo; él hablaba de otra cosa. De todo lo que dijo, hay una imagen que no se me ha ido: al asaltar una posición, quien estaba dentro tenía que salir con las manos en alto si no quería ser abatido allí mismo. Teruel no era en su relato una batalla, sino un lugar donde el frío había aprendido a matar.

No recuerdo ya sus palabras exactas. Ni siquiera puedo asegurar todos los detalles que mi memoria cree haber conservado. Pero San Gregorio me parece inseparable de aquella conversación. El Rojo me habló de su captura por las tropas nacionales, de castigos posteriores, de trabajos. Recuerdo haberle dicho que yo también conocía San Gregorio, aunque de otro modo: había hecho maniobras en aquel mismo campo de Zaragoza, yermo, arenoso, caluroso durante el día y gélido por la noche. Para mí había sido un lugar áspero de instrucción militar. Para él había sido otra cosa: castigo, cautiverio, derrota.

San Gregorio fue, además de un campo de maniobras, un campo de concentración franquista junto a la Academia General Militar de Zaragoza. No quiero poner en su boca más de lo que puedo sostener: han pasado más de veinte años desde aquella conversación, y la memoria, cuando llega tarde, no siempre conserva el archivo. A veces conserva solo una escena suficiente.

"No se trataba solo de matar a dos hombres. Se trataba de que todos aprendieran a mirar"

Tiempo después escuché otra memoria, esta vez del otro lado. Antonio Moreno, sevillano y abuelo de mi mujer, había sido sargento en el bando nacional. Lo recuerdo como un hombre discreto y sencillo, de una pulcritud antigua. También él hablaba de la guerra desde una distancia rara, como si aquello perteneciera a otro hombre y, al mismo tiempo, no hubiera dejado nunca de pertenecerle. Lo recuerdo evocándose en la Torre del Oro, en Sevilla, apostado allí entre peligro y tiros, aunque ya no sabría precisar qué hacía exactamente ni qué operación describía. La memoria se queda a veces con el lugar y pierde la explicación.

Lo que recuerdo mejor vino después. Hablaba de Los Merinales, de los presos, de aquel mundo de vigilancia, trabajo y derrota administrada. Los Merinales no era un nombre remoto ni una abstracción de manual: estaba en Dos Hermanas, en esa misma tierra donde después la vida siguió su curso, donde crecieron barrios, familias, negocios y conversaciones de sobremesa, como si debajo no hubiera quedado nada. Allí pasaron miles de presos políticos sometidos a trabajos forzados en la construcción del Canal del Bajo Guadalquivir, llamado también Canal de los Presos.

Pero Antonio no hablaba como un libro de historia. Hablaba como quien estuvo allí de algún modo y llevaba dentro, incluso sin querer, una escena clavada. No lo decía con orgullo. Tampoco sé si lo decía con culpa. Había conservado esa escena demasiado tiempo y ya no sabía dónde dejarla.

Contaba que dos presos intentaron escapar. Fueron capturados. Al alba, antes de que terminara de clarear, los presos fueron formados y obligados a presenciar la ejecución. No se trataba solo de matar a dos hombres. Se trataba de que todos aprendieran a mirar. O, mejor dicho, de que aprendieran que ni siquiera mirar les pertenecía del todo.

"La violencia no trabaja solo sobre el cuerpo del condenado. Trabaja también sobre los ojos de quienes miran"

La violencia no trabaja solo sobre el cuerpo del condenado. Trabaja también sobre los ojos de quienes miran. Los reúne, los coloca delante, les impide apartarse. Les enseña, sin palabras, qué ocurre cuando alguien rompe la obediencia. Una ejecución pública no termina en los muertos. Sigue viviendo en quienes fueron obligados a verla.

Quizá por eso aquellas dos conversaciones han vuelto ahora con tanta fuerza. El Rojo y Antonio Moreno no habían estado en el mismo lado de la guerra. Tampoco venían del mismo mundo: uno venía del interior valenciano de almendros y viñedos; el otro, de la Sevilla del río y de los cuarteles. Uno hablaba desde la derrota; el otro, desde el orden de los vencedores. Pero a los dos los había alcanzado la misma historia: la certeza de que la guerra no acaba cuando se dejan de disparar los fusiles. Continúa en la forma en que los hombres aprenden a contar, a callar, a justificarse o a recordar solo a medias.

Ninguno de los dos vive ya. Quedan sus voces, o lo que mi memoria ha sido capaz de salvar de ellas.

A veces la historia queda en los libros. Otras veces queda en la voz de quienes no supieron qué hacer con lo que habían visto. Y a veces basta una escena, una sola, para comprender que la guerra no solo mató a quienes cayeron. También enseñó a muchos otros a quedarse quietos.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios