Jonathan Sark, uno de los motivos para utilizar Bluesky, dejó caer en un mensajito, para después explicarme la situación muy amablemente, cómo en el mundo de los foros hubo una señora, presuntamente trabajadora de El Corte Inglés, que durante quince años se hizo pasar por Ariel Nepomuk, quien bajo el nombre de Mosquito Serlik publicó viñetas en 20 Minutos y fabuló una vida sorprendente en la que era un joven gay con una vida que le llevó de chapero a toy boy acomodado. A su salida de un armario imaginario contribuyó, definitivamente, Lucía Etxeberría. Cosa que, en realidad, me sorprende entre poco y nada. Sí me dejó ojiplático haberme pasado años sin conocer esta historia de “La noche de los Invents rotos”. Porque es friki, es ridícula, brilla como una réplica forera barata de JT Leroy (aka Laura Albert) e implica el desenmascaramiento de una vida imaginaria.
Entre las cosas que me producen más ternura están, precisamente, las vidas inventadas. Javi Recuenco y yo coincidimos, entre todas las cosas, en que el dato no mata el relato. Todo lo contrario. El relato practica sexo anal con el dato como si fuese un robot limpiador de piscinas (sí, cuenta como spoiler de Rick and Morty).
Siento este apego por la mentira redonda desde que, durante años, asistí a cómo uno de mis mejores amigos se montaba una vida de pantomima en tiempo real. Hasta el punto de que hoy no hay diferencia entre quién es y quién pretendía ser. Porque la parte de él que era pantomima dejó de importar un carajo y ya sólo queda él. Sus mentiras, que durante unos años fueron los cimientos de su existencia, y que probablemente le hicieron pasar alguna noche sin dormir, hoy ya no levantarían ninguna ceja.
También, en parte, se debe a que mi propio padre lleva años construyendo un relato secreto sobre sí mismo. “Mira qué historia más brutal he vivido todos estos años, pero no puedo contártela porque patatas”. De los trocitos de información que ha ido soltando mientras intentaba no escucharle, se deduce que ha venido apoyando durante años a una causa que quizá es real, pero que para mí siempre será imaginaria. Por lo que sé, pueden ser desde niños pobres de África hasta terroristas anticapitalistas guatemaltecos, ninguno de los cuales ha tenido Internet para darle las gracias durante todos estos años. Para mi difunto hermano siempre fueron “las movidas invent de Papá”, cosas que te soltaba de vez en cuando para darse importancia, la tuviese o no. Pero estamos hablando de alguien que nada más dejar a mi madre en casa, a la vuelta del paritorio, se fue a las fiestas del PC en la Casa de Campo.
No digo con esto que fuese mal padre, ni mucho menos. Me dio un divorcio mucho mejor que el que tuvieron otros amigos, y siempre le he tenido a mano para cualquier cosa que no tuviese que ver con el dinero. Pero intuyo que en el día de su funeral, como en el del Big Fish de Tim Burton, veré a los directores de pista que sigan vivos, a siamesas y a gigantes. Cuando mi tío le sigue el juego y habla de la importancia que supuestamente tiene para muchos, por cosas que ignoro y para gente a la que no conozco, me limito a encogerme de hombros.
Cuando nació mi hija, le prometí al bebé que me pusieron en los brazos que nunca le mentiría. Nunca lo he hecho. Nunca seré un padre misterioso, ni descubrirá mi prole que tengo una vida secreta. Seré todo lo aburrido, predecible y fiable que de mí necesiten.
Con este historial a mis espaldas, ¿cómo no me van a fascinar las vidas que algunas personas construyen sobre sí mismas? Cuando los Monty Python hablaban de la lucha contra la realidad de Loretta, yo me ponía de su lado. Antes de tener a sus propios hijos, mi tía Virgi se pasó años lamentando no poder tenerlos. Para sobrellevar la pena de una maternidad que no terminaba por aparecer, tenía un muñeco sobre la cama, un bebé de juguete, a quien regalaba un amor inmenso que tardaría en alcanzar mejores recipientes. ¿Cómo no enternecerse con un trozo de plástico que, en el fondo, era mi primo?
LinkedIn es otro paritorio de vidas soñadas y CEOs de uno mismo. El hogar ideal del currículum del Barón de Munchausen, Para quienes no lo conozcan, Karl Friedrich Hieronymus, barón de Münchhausen, fue paje de Antonio Ulrico y sirvió en el ejército ruso hasta 1750, luchando contra los turcos. Basándose en historias fabuladas que quizá contó y quizá no, el bibliotecario Rudolf Erich Raspe creó un personaje literario hijo de Don Quijote de la Mancha y de Gulliver, capaz de volar sobre una bala de cañón, conocer a selenitas en la luna o bailar en el estómago de una ballena. Reclutaba superhéroes como Nick Furia o el pirata Roberts, y finalmente regaló a la ciencia su propio síndrome, en el que el paciente finge los síntomas de enfermedades —o se autolesiona hasta sufrirlos— con el objetivo de recibir casito. Como spin-off salió incluso el Munchausen por poderes, consistente en asegurarte de que alguien a quien cuidas esté siempre enfermo para poder seguir cuidándolo.
Si bien es cierto que Gulliver nunca pretendió ser más que una sátira sin anclajes con el mundo real, sus viajes imaginarios provocaron tremendos dolores de cabeza a personas inocentes. Hayao Miyazaki terminó llamando una película maravillosa Laputa como homenaje a su isla volante de la razón pura, porque no sabía ni que Jonathan Swift sabía español ni qué significaba la palabra en nuestro idioma.
No me dediqué al periodismo para luchar contra la mentira, aunque hice lo que pude cuando me dejaron. Pero me hace feliz que, en mis cometidos actuales, la combato con denuedo. Lucho a sueldo contra un monopolio del autobús estatal basado en la idea invent, extendida durante años por fabulistas a sueldo, políticos incentivados e informes de la patronal, de que es normal tener los autobuses más caros de Europa. Que es lógico que más del 60% de las concesiones estén caducadas o no se hayan licitado desde que a Franco le llamaban Cerillita. Que es normal que el autobús a Valencia salga más caro que el tren o que un Madrid-Badajoz cueste más de 40 euros y un Madrid-Lisboa empiece, con mi empresa o con otras, desde los diez euros. Que se pueden lanzar espacios integrados de datos de movilidad de lo más tecnológico y defender un modelo basado en legajos de papel. Pero estos mentirosos no me producen ternura ninguna. Quiero destruir su pirámide de mentiras porque está construida con enormes ladrillos de pobreza y precariedad.
Todo esto para explicar, en pocas palabras, que todo lo que tiene que ver con Mar de Marchís me resuena. Siempre lamenté el artículo de Alfredo Pascual en el que levantó la persiana, y no porque no debiera hacerlo. El periodismo está para levantar persianas. Pero siempre he pensado que hay algunas que podrían haber quedado cerradas, como la verdadera identidad de Banksy, mientras que otras deberían abrirse de una vez por todas, como la de Satoshi Nakamoto, padre misterioso de Bitcoin. Ahora lanza Daniel Verdú La Bola y he recibido todo tipo de comentarios al respecto. Como no lo he leído, no tengo una opinión fundada. Pero he escuchado que está bien escrito y mal escrito, bien documentado pero ignorando cosas esenciales, una defensa frontal de las firmas de Prisa y un total desprecio a quienes levantaron una publicación con alma de fanzine. El único sitio donde caben los tochardos que perpetro, amén de mi propia newsletter.
Al menos, Marchis siempre dejó una pista. ¿Quién diablos se fía del todo de una Bola 8? Es un juguete y no es mágico. Es una bola con un depósito cilíndrico en la que flota un dado blanco de veinte caras y un ventanuco a través del cual puedes ver diez mensajes positivos, cinco negativos y cinco neutrales. Recibes los mensajes y los interpretas como mejor te parece.
Quienes no cobraron la recuerdan como recuerdas a cualquier acreedor. Quienes cobraron poco quisieron cobrar más. Quienes le mandasen fotos de miembros o miembritos enhiestos o enhiestitos, al menos participaron en un ritual tan colectivo, triste y machuno como jugar a la galleta o contemplar a una mujer joven saludando a la directiva de cualquier colegio de ingenieros de Caminos.
Conozco a tan pocos dueños de revistas —a mi querido Andrés Rodríguez, nada más— que, en realidad, lo divertido es que estemos hablando de una, como si alguna vez hubiesen importado. Importó ella porque se hizo la importante. O porque se hizo importante.
Al menos Marchís no se presentó a cargos públicos ni esquilmó a los donantes, como sí hizo George Santos, que se inventó básicamente todo un currículum para robar a los donantes, salió elegido casi por sorpresa, fue condenado, indultado por Trump y hoy ha rodado de vuelta a los tribunales por volver a tangar a gente, esta vez a través de los mercados de predicción. Santos afirmó repetidamente que asistiría al discurso del Estado de la Unión del presidente Donald Trump y luego realizó apuestas en contra de su propia asistencia, sacándose unos miles de euretes en Kalshi. Cuando, para rizar el rizo, tenía lazos comerciales por otro lado con Polymarket.
Marchís tampoco hizo un blackface virtual, como la esposa de Alec Baldwin, Hilaria, nacida como Hillary en Boston y que fue construyendo a su alrededor una biografía hispana sin tener vínculos con nuestro país, todo para figurar como latina. O Rachel Dolezal, hija de padres blancos, que construyó toda su identidad pública como mujer negra.
No fingió ser víctima del holocausto, como Enric Marco; del 11S, como Tania Head, nacida Alicia Esteve en Barcelona, o del colonialismo, como Archibald Belaney, que fingió llamarse Grey Owl y ser hijo de padre escocés y madre apache.
Más honrosas me parecen las historias de Anna Anderson, que durante décadas dijo ser Anastasia Románov; de la princesa Carabú, una Mary Baker nacida humilde y que dijo antes que casi nadie, en la Inglaterra victoriana, aquello de “¡soy princesa!”, de Frank Abagnale Jr, que consiguió que Spielberg rodase una peli con DiCaprio sobre fraudes que en realidad nunca cometió, o de Milli Vanilli, que popularizaron la moderna costumbre de fingir que cantan en directo y ser famosísimos.
Me gustan tanto las vidas imaginarias como los nombres aliterados. Mar de Marchís tenía que ser un nombre falso. Incluso Ramón de Mon, a quien admiro su madridismo a prueba de Mourinhos y ruedas de prensa desenfrenadas, tiene ese Álvarez intermedio como barrera que impone realismo a su condición.
Probablemente leeré La Bola, así como el resto de libros que salgan sobre el personaje. Pero Mar de Marchís, Shizuka, siempre superará con su ficción a las realidades que otros queramos encontrar. Nunca sabremos cómo se sintió de verdad esta mujer agorafóbica que fue adorada por tantos e ignorada por casi todos, ya que sólo apelaba a los tarados que leemos por quintales. Su ficción siempre será superior que cualquier acercamiento que hagamos desde nuestra seca realidad. Su relato le seguirá haciendo un griego a su dato. Como ya pasaba con los piratas de Marcel Schwob, siempre será mejor la vida imaginaria.



Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: