La nueva película de Simón Mesa Soto, Un poeta, ganadora del Premio del Jurado en la sección Un Certain Regard en Cannes, se ha convertido en uno de esos raros éxitos que crecen por contagio, de espectador en espectador, impulsados por el entusiasmo de quienes la han visto. Mesa regresa a Medellín, su ciudad natal y escenario de toda su filmografía, donde ya había rodado Leidi (2014), el brillante cortometraje que le valió la Palma de Oro en Cannes, y Amparo (2021), su debut en el largometraje. Como Víctor Gaviria antes que él, Mesa sabe extraer de su ciudad una verdad áspera sin caer en la pornomiseria ni maquillar las condiciones de vida de buena parte de sus habitantes. La diferencia es que, allí donde Gaviria filmaba la calle como tragedia, Mesa introduce una sonrisa torcida, una comicidad difícil de clasificar que desarma al espectador cuando este cree haber encontrado una posición moral segura.
Óscar colabora con un taller de poesía donde convive con autores que han encontrado una forma más ordenada que la suya de sobrevivir: exprimir económicamente a aspirantes a poetas mediante cursos en los que se les promete un futuro literario sostenido por la ilusión de un premio anual. Cuando su hermana lo obliga a aceptar un puesto de profesor en un colegio, Óscar maniobra por todos los medios para no trabajar, hasta que no le queda escapatoria. En sus clases descubre a Yurlady, una alumna de origen humilde, excelentemente encarnada por Rebeca Andrade. Yurlady guarda un cuaderno de poemas con hermosos dibujos, y posee un talento innato para escribir. Óscar la lleva al taller y convence a sus gestores para que la inscriban en el festival anual. Sin embargo, Yurlady no comparte su obsesión por la literatura ni idealiza ese ambiente. Aspira a una vida tranquila, con su familia y sus futuros hijos, pero se deja arrastrar a cambio de la compra del supermercado y de algunos cosméticos. A partir de ahí, la inocencia de ambos choca con el mundillo literario, retratado en toda su ruindad.
Varias cosas hacen de Un poeta una pequeña obra maestra. En primer lugar, el tono y su manejo de las emociones. Mesa casi inventa un género propio: una comedia triste, o una comedia incómoda, situada en algún lugar entre el primer Kaurismäki y la crueldad moral de Ruben Östlund. En sus pasajes más cómicos, el espectador ríe a carcajadas sin librarse del todo de cierta culpa por el motivo de su risa. En los más duros, el filme conmueve sin abandonar un humor corrosivo y políticamente incorrecto, desde el que describe a los personajes tal como son: el director de la escuela, un cínico sin escrúpulos; la familia de Yurlady, obsesionada por el dinero; o el propio Óscar, ridículo, doloroso y honrado, un hombre que produce ternura y vergüenza ajena a la vez, perteneciente a una larga estirpe de antihéroes.
Sobresale la acidez con que la película ridiculiza el ambiente poético, con esas veladas solemnes de cuatro asistentes donde se presenta pomposamente a los autores como si sus premios fueran apellidos aristocráticos, y donde los escritores se abren paso a codazos para asomar la cabeza al precio que sea. Hay aquí algo de la lógica que Bourdieu llamaba capital simbólico: una economía del prestigio en la que casi todo se intercambia sin nombrar el dinero y que, precisamente por eso, puede llegar a ser más despiadada. Este ecosistema dialoga de cerca con el universo de Bolaño, al recrear una radiografía ácida de poetas marginales que se despedazan por una migaja de validación institucional. Mesa levanta una sátira que desmitifica la figura romántica del intelectual, proyectando una sombra burlona sobre el mito de José Asunción Silva, y desnuda las contradicciones de un mundo donde la marginalidad puede convertirse en estética y el talento ajeno en materia de supervivencia. Lo más interesante es que la película no coloca a Óscar fuera de ese sistema, como víctima pura, ni lo reduce a un farsante. Lo mantiene en una zona moral mucho más fértil.
La fotografía de Un poeta es excepcional. Filmada en 16 mm, en formato 4:3, con los bordes sucios del cuadro, la cámara se mueve nerviosa, granulada, y recurre al zoom mecánico para acercarse a Óscar en los momentos de mayor intensidad, hasta imprimirle un matiz grotesco. Respecto a la edición, Mesa y su montador trabajan un corte seco, nervioso, a veces cercano al jump cut, que inyecta ritmo al metraje, aunque la película atraviese una leve meseta en su segundo tercio.
También destaca el trabajo musical. Las piezas de jazz ambiental que abren o acompañan cada bloque, interrumpidas de manera abrupta para devolvernos al relato, se integran con naturalidad en el deambular de Óscar. La canción de Jeanette en los títulos de cierre no podría estar mejor elegida, e introduce una melancolía inesperada que sucede a la maravillosa escena final. Y el diseño de sonido funde con gran acierto el caos sónico de la ciudad con la música, de modo que Medellín funciona como una presencia continua, vibrante, a ratos hostil y a ratos extrañamente hospitalaria.
Quizá lo que eleva definitivamente la película, además de su guion espléndido —memorable ese instante casi de cuarta pared en que Óscar se interpone ante la cámara de un móvil—, es el trabajo del elenco, en especial el de Ríos y Andrade, actores no profesionales a quienes Mesa dirige magistralmente. Todos los matices que el director persigue —tristeza, comicidad, patetismo, ternura, sencillez— quedan expresados con una gran verdad. Ríos compone a Óscar como un hombre que parece cargar en sus hombros caídos la derrota de varias vidas, pero también con una nobleza intacta, casi pura. Resulta revelador que el personaje declare que Bukowski no le gusta: donde Chinaski hace de la degradación una pose, Óscar conserva una honradez que no sabe mentirse.
Un poeta es una película de apariencia modesta y resonancia enorme, capaz de hacernos reír y de incomodarnos. El retrato que firma Mesa no absuelve a nadie, y ahí reside buena parte de su valía: en mostrar cómo la honestidad de Óscar se da de bruces con un mundo sostenido por mentiras, ambiciones y vanidades. Quizá por eso el filme encuentra su gesto más revelador al desplazar el centro de la poesía fuera de quienes han hecho de ella una profesión imposible, una máscara o una coartada para reclamar reconocimiento, y situarlo en el cuaderno de Yurlady, allí donde la palabra todavía conserva una fuerza elemental, inesperada y necesaria.




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