Todo el mundo está ya de acuerdo en que Pixar Animation, el legendario estudio que revolucionó la técnica y la narrativa con Toy Story, está ya en otra fase. Amortizado John Lassetter, asentada la plataforma Disney+ y, tras otros avatares industriales y creativos, la compañía lucha ahora por mantener aquello que parecía evidente: una absoluta primacía en el área del cine animado mantenida durante décadas que es ahora un asunto más discutido y discutible, y eso que la competencia a veces no está ni se la espera.
Una de las causas es la inevitable inversión en franquicias como la que supone la joya de la corona y esta Toy Story 5. Si la prolongación de la historia de Woody y Buzz (la “marca”) encontró un buen acomodo en las dos primeras secuelas, y sobre todo en esa estupenda tercera entrega donde todo el mundo, fuera y dentro de la pantalla, parecía asumir las consecuencias del paso del tiempo, Pixar se vio a sí misma acorralada por la gran verdad de nuestros días: como diría Thanos, tratar de culminar lo empezado no era necesario sino inevitable.
Toy Story 5, en el que se asume el protagonismo de la no menos legendaria Jesse (Joan Cusack y su impecable voz en V. O.) ante la llegada de la tecnología, no es en absoluto un mal film. De hecho, el que ha dirigido Andrew Stanton, uno de los popes de la compañía, y uno versado también en el cine de acción real, es bastante bueno. Es evidente la búsqueda de una manera de hilar historias, asumir conciertos con el público y a la vez tratar de entregar algo inesperado a lo largo de todo su metraje.
Es cierto que también es uno de los films más deshilachados de la saga, con algunas subtramas (la de los Buzzs) de inclusión un tanto discutible, y que ciertamente se olvida de algunas de las tesis interesantes del principio (la llegada de los aparatos a la habitación de juego, tratada como si de una invasión de los ultracuerpos de tratase). Pero el film sigue la norma capital de Pixar: no fabricar villanos sino problemas, de los que el oponente forma parte de la posible solución. Un elemento que multiplica las opciones narrativas y que Stanton lleva a un nuevo territorio: el del sentimiento de culpa de los propios juguetes.
El tema capital, el de la soledad en tiempos hiperconectados y la búsqueda de identidad de Jesse, está contado como en la excelente Hoppers: sin un instante de descanso, como si todos en Pixar tuvieran miedo de bajar el pistón y que se revele la burbuja de aire tras el largometraje. Cambiamos profundidad por velocidad, pero el show es inevitablemente sensacional, atractivo: Toy Story 5 no parece contar algo importante (aunque sus temas sean relevantes) pero sí alberga instantes de profundidad emocional y verdadera diversión, ese particular gusto por el detalle y el timing cómico que la compañía logra retener a pesar de todo.



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