Gerardo Diego no fue el poeta más legendario de la Generación del 27, ni el más trágico, ni el más incómodo. No tuvo la condición mitológica de Lorca, la herida moral de Cernuda, la metamorfosis política de Alberti ni la irradiación visionaria de Aleixandre. Su lugar fue menos espectacular y, precisamente por eso, decisivo: actuó como uno de los grandes operadores internos del grupo. Allí donde otros encarnaron una voz, Diego construyó una red: creó espacios de circulación, preparó antologías, celebró tradiciones, conectó generaciones y dio forma pública a lo que todavía no tenía nombre estable. Su importancia no se agota en la poesía que escribió; está también en la poesía que hizo circular. Fue poeta, profesor, crítico, músico, conferenciante, lector de los clásicos y entusiasta de las vanguardias. El Instituto Cervantes recuerda que estudió Letras en Deusto y Madrid, obtuvo en 1920 una cátedra de Lengua y Literatura y ejerció como profesor en Soria, Santander, Gijón y Madrid; también subraya que en Gijón fundó las revistas Carmen y Lola, mantuvo contactos con los integrantes del 27 y que el grupo se dio a conocer tras la publicación, en 1932, de su antología Poesía española: 1915-1931.
De ahí que su obra parezca organizada en dos corrientes paralelas. Por un lado, la veta tradicional, métrica, castellana, religiosa, musical y clasicista: El romancero de la novia, Soria, Versos humanos, Alondra de verdad, los sonetos y la devoción por Lope, Fray Luis o Góngora. Por otro, la veta vanguardista: Imagen, Manual de espumas, Fábula de Equis y Zeda, Poemas adrede, la proximidad a Huidobro, Larrea, el ultraísmo y el creacionismo. Pero esas dos líneas no se excluyen: se vigilan, se contaminan y se justifican mutuamente. Diego puede ser clásico porque ha pasado por la vanguardia; puede ser vanguardista porque conoce la resistencia formal de los clásicos.
En esa doble dirección, Manual de espumas ocupa un lugar fundamental. Publicado en 1924, aparece como una de las expresiones más claras de su aventura creacionista. El Instituto Cervantes incluyó una primera edición de este libro entre las piezas principales del legado de Diego depositado en la Caja de las Letras, y José Luis Bernal Salgado le dedicó el estudio Manual de espumas: La plenitud creacionista de Gerardo Diego, publicado por Pre-Textos en 2007.
Pero Diego no se limita a recibir el creacionismo: lo traduce a una sensibilidad propia. En él, la imagen moderna nunca pierde del todo una música interior. Incluso cuando rompe la lógica, conserva oído; incluso cuando el poema se libera de la anécdota, mantiene una arquitectura rítmica. No entiende la vanguardia como demolición absoluta, sino como invención de nuevas formas de orden. Frente al caos aparente de los “ismos”, introduce una disciplina de compositor. La segunda gran función de Diego fue la de mediador gongorino. Si Góngora sirvió al 27 como emblema de una modernidad española posible, Diego fue uno de los responsables de preparar ese terreno. En 1924 publicó “Un escorzo de Góngora” en Revista de Occidente. Tres años después, en pleno tricentenario, preparó la Antología poética en honor de Góngora, publicada por Revista de Occidente en 1927. Ahí se ve bien su talento arquitectónico. Diego no solo escribe sobre Góngora: lo rodea, lo contextualiza, lo hace entrar en una genealogía. No presenta al cordobés como una rareza aislada, sino como un centro de irradiación capaz de ordenar siglos de poesía española. Esa operación es crucial para el 27: al reunir voces en torno a Góngora, Diego ensaya una forma de antología como construcción de sentido. Antologar no es sumar textos; es producir una lectura.
La tercera función, quizá la más decisiva, fue la de editor de revistas. Carmen y Lola no son una rareza pintoresca, sino un laboratorio de sociabilidad poética. El archivo de la Real Academia Española registra Carmen: Revista chica de poesía española como publicación existente entre 1927 y 1928, fundada en Gijón por Gerardo Diego, con Luis Álvarez Piñer como secretario y Manuel de la Escalera como depositario; añade que fue concebida como una antología de la poesía española. La palabra clave es esa: antología. Carmen no es solo un contenedor de poemas sueltos, sino una puesta en escena de la poesía española viva. Y Lola, su suplemento, introduce una dimensión más traviesa e irónica. El Cervantes recuerda que el último número de Carmen incluía poemas de Alberti, Prados, Altolaguirre, Larrea, Max Aub y Guillén, y que Lola incorporaba la “Tontología”, definida como una antología de versos malos de poetas buenos.
Ese detalle rompe la imagen solemne del 27. Diego no solo organiza prestigios: también juega con ellos. La “Tontología” muestra que la generación tenía conciencia de su propia teatralidad, de sus tics y vanidades. En ese gesto hay camaradería, pero también vigilancia crítica. Reírse de los versos malos de los buenos poetas supone reconocer que el canon se fabrica incluso con bromas, guiños privados y pequeñas irreverencias.
El estudio de Manuel Ruiz-Funes sobre Carmen y Lola subraya que ambas revistas aportaron al 27 signos de confluencia como la crónica del centenario de Góngora, la “Tontología” o el homenaje a Fray Luis de León, y vincula la participación de Diego, Larrea y Álvarez Piñer con las primeras manifestaciones del creacionismo. Esa mezcla de homenaje clásico, juego privado y vanguardia es puro Gerardo Diego: gravedad y ligereza, arquitectura y broma, canon y espuma. Su momento más importante como constructor del 27 llega, sin embargo, con Poesía española. Antología 1915-1931, publicada por Signo en 1932. La Biblioteca Digital del Museo Reina Sofía registra el volumen como obra de Gerardo Diego, publicada en Madrid en 1932. Pero el dato material no basta. Esa antología fue una intervención en el presente. No recogía simplemente una poesía ya canonizada: ayudaba a canonizarla. No venía después del grupo porque sin duda contribuía a producirlo.
La edición moderna de las antologías de Diego, registrada en Dialnet, lo explica con precisión: en 1932 reunió un elenco de poetas en el que figuraban nombres todavía poco conocidos, presididos por algunos maestros, e invitó a los componentes a participar activamente en la confección del volumen. La edición de 1934, ya titulada Poesía española: Antología (Contemporáneos), cambió de criterio: pasó de una naturaleza más generacional, consensuada y parcial a una antología de sentido más histórico. Ese paso de 1932 a 1934 es fundamental. En 1932 Diego actúa como arquitecto generacional: dibuja una casa para los suyos. En 1934 actúa como historiador de la poesía contemporánea: amplía el edificio, modifica el plano, desplaza los equilibrios. La primera antología fija un núcleo; la segunda lo inserta en una tradición más amplia. En ambos casos, Diego no es neutral. Elegir nombres, ordenar poemas, solicitar poéticas, establecer límites cronológicos y decidir inclusiones o ausencias es también política literaria.
Por eso la antología provocó tensiones, las cuales son comunes en este tipo de ‘recopilaciones’. La Fundación Cultural Miguel Hernández recuerda que la edición de 1932 incluyó a los grandes maestros inmediatos y a los principales jóvenes del grupo, y que su publicación generó ataques en la prensa, como el de Miguel Pérez Ferrero, que habló de “Gerardo y sus amigos”, además de críticas de César González Ruano y Ernesto Giménez Caballero. Pese a ello, la antología fue decisiva para consolidar a la generación del 27. Ahí aparece el Diego más interesante: el organizador que acepta el riesgo de ser acusado de parcial. Una antología generacional siempre tiene algo de apuesta: no se limita a registrar valores seguros, sino que arriesga una lectura del presente. Diego reunió a los jóvenes con sus maestros inmediatos y les dio una forma visible. Hizo que la nueva poesía dejara de ser una suma de trayectorias dispersas para convertirse en una constelación reconocible.
La crítica reciente ha reforzado esa lectura. Miguel Ángel García, en “‘Gradus ad Parnassum’: la inflexión de Poesía española: Antología 1915-1931”, señala que la antología de 1932, consensuada con sus compañeros de grupo, pasa por ser la más conocida y canónica del siglo XX poético español, y la interpreta como una operación de política literaria orientada a ocupar el centro del campo literario. Esto permite formular la tesis con nitidez: Gerardo Diego no fue solo miembro del 27; fue uno de sus arquitectos principales. La palabra “arquitecto” conviene porque no sugiere caudillaje ni dominio, sino diseño estructural. Diego no manda sobre el grupo, pero contribuye a darle forma. No lo inventa de la nada, pero lo hace legible. No crea las poéticas de Lorca, Guillén, Salinas, Cernuda o Aleixandre, pero las coloca dentro de un marco común.
La arquitectura dieguina tiene tres materiales: tradición, vanguardia y sociabilidad. La tradición le da profundidad; la vanguardia, energía; la sociabilidad, eficacia pública. Sin tradición, el 27 habría parecido una moda importada. Sin vanguardia, habría sido una restauración académica. Sin sociabilidad, habría quedado disperso en libros individuales. Diego trabaja justo en el punto donde esas dimensiones se cruzan. También su poesía debe leerse desde esa lógica de mediación. Soria y Manual de espumas, Versos humanos y Fábula de Equis y Zeda, el soneto y la imagen creacionista, la música y el humor, el paisaje castellano y el arte nuevo: todo en Diego responde a una vocación de enlace. No es un poeta de una sola máscara ni un poeta fragmentario. Su unidad está en su capacidad para sostener lo diverso.
Ahora bien, esa capacidad de mediación no debe convertirlo en una figura cómoda. Diego también tuvo zonas de fricción. Las antologías generaron ataques, malentendidos y cambios de criterio. La edición de 1934, según la Fundación Cultural Miguel Hernández, registró la autoexclusión de Juan Ramón Jiménez y añadió nombres como Rubén Darío, Valle-Inclán, Villaespesa, Marquina, León Felipe, Ernestina de Champourcín y Josefina de la Torre. Esa ampliación muestra a un Diego más histórico y menos “de grupo”, pero también evidencia que el canon no se estabiliza sin conflicto.
Hay, además, una fractura política posterior que no conviene disimular. La Guerra Civil rompió el espacio común del 27, y Diego, a diferencia de muchos compañeros exiliados o represaliados, permaneció en España. La Fundación Cultural Miguel Hernández señala que volvió a Santander en agosto de 1937 y se adhirió a la Junta de Defensa de Burgos; añade que sus escritos de aquellos momentos le valieron, entre otras consecuencias, la ruptura de su amistad con Juan Larrea. El mediador estético no pudo impedir la fractura histórica. El arquitecto del grupo sobrevivió en una casa partida.
Y sin embargo, incluso en la posguerra aparece otro Diego mediador, esta vez entre poesía del interior y poesía del exilio. En el acto de depósito de su legado en la Caja de las Letras, José Teruel destacó que Diego vio la poesía del exilio como parte del mismo proceso cultural literario que la poesía del interior; el mismo texto cita una correspondencia con Max Aub en la que se aprecia voluntad de diálogo. Esta observación no borra las sombras políticas, pero ayuda a entender la complejidad del personaje.
Su longevidad también influyó en la memoria del 27. Diego vivió hasta 1987 y recibió el Premio Cervantes en 1979, compartido con Jorge Luis Borges, como recuerda el Instituto Cervantes. Esa larga supervivencia lo convirtió en testigo, archivo y administrador de una tradición rota por la guerra. La posteridad del 27 no se construyó solo desde los muertos ilustres o los exiliados: también desde quienes permanecieron, conservaron papeles, escribieron prólogos y aceptaron homenajes.
Pero reducirlo a notario de una generación sería injusto. Diego no fue únicamente quien ordenó a otros. Su propia poesía contiene movimientos esenciales del 27: la recuperación del metro clásico, la aventura de la imagen, el diálogo con Góngora, la fascinación por la música, el humor vanguardista, la conciencia artesanal del poema, la convivencia entre juego y rigor. Si Salinas y Guillén representan la inteligencia depurada, Diego representa la inteligencia combinatoria.
Por eso su papel dentro del 27 resulta tan singular. No es el poeta del centro emocional del grupo, pero sí uno de sus centros funcionales. No es el más citado en la mitología popular, pero sin él la generación sería menos reconocible. Diego está en los engranajes: en la revista que convoca, en el homenaje que organiza, en la antología que fija, en la correspondencia que conecta, en la lectura de los clásicos que legitima y en la broma que relaja el exceso de solemnidad.
Gerardo Diego fue, en definitiva, una figura de paso y de estructura. Pasó entre lo antiguo y lo nuevo, entre la provincia y Madrid, entre España y Europa, entre poesía y música, entre revista y libro, entre creación y crítica, entre amistad y canon. Y estructuró algo que sin él habría sido más informe: la imagen pública de una generación. Su grandeza no está solo en haber escrito buenos poemas, sino en haber entendido que una época literaria necesita formas de aparición. Él se las dio.
El 27 tuvo poetas de fulgor, poetas de herida, poetas de sombra, poetas de deseo, poetas de inteligencia y poetas de materia visionaria. Gerardo Diego fue otra cosa: el poeta que levantó andamios. Y los andamios, cuando la obra ya parece terminada, suelen olvidarse. Pero sin ellos no se construye el edificio. En la arquitectura profunda de la Generación del 27, Gerardo Diego no es un adorno ni un acompañante: es una de las vigas maestras.
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Referencias
Diego, Gerardo. “Un escorzo de Góngora”. Revista de Occidente, núm. 7, 1924, pp. 76-89. Registro en Dialnet.
Diego, Gerardo, ed. Antología poética en honor de Góngora: desde Lope de Vega a Rubén Darío. Madrid, Revista de Occidente, 1927. Registro en HathiTrust.
Diego, Gerardo, ed. Poesía española. Antología 1915-1931. Madrid, Signo, 1932. Ejemplar registrado por la Biblioteca Digital del Museo Reina Sofía, Biblioteca Jean Cassou.
Diego, Gerardo. Poesía española: antologías. Cátedra, 2007.
Archivo de la Real Academia Española. “Carmen. Revista chica de poesía española —revista, Gijón, España, 1927-1928—”.
Bernal Salgado, José Luis. Manual de espumas: la plenitud creacionista de Gerardo Diego. Valencia, Pre-Textos, 2007. Registro en Dialnet.
García García, Miguel Ángel. “‘Gradus ad Parnassum’: la inflexión de Poesía española. Antología 1915-1931”. Boletín de la Real Academia Española, tomo 104, núm. 330, 2024, pp. 443-468.
Instituto Cervantes. “Gerardo Diego. Biografía”.
Instituto Cervantes. “Fragmentos de una vida dedicada a la literatura, el amplio legado de Gerardo Diego a la Caja de las Letras”.
Ruiz-Funes Fernández, Manuel. “‘Carmen’ y ‘Lola’, las revistas de Gerardo Diego”. Monteagudo, 3.ª época, núm. 7, 2002, pp. 87-100.


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