La canción arranca con un distorsionado acople de guitarra que se va desvaneciendo para dar paso al cristalino tañido de las cuerdas de la Fender Stratocaster de John Squire. Inmediatamente le sigue el bajo de Mani y luego entra la susurrante voz de Ian Brown cantando:
Pero hoy es el día que ella ha jurado
Arramblar con todo aquello que nunca tuvo
Y salir corriendo de este agujero al que llama hogar
Concluida la primera estrofa, entra la marchosa batería de Reni y el encantamiento del pop pluscuamperfecto se consuma.
Ahora tú estás al mando
Dime, dime qué se siente
Qué maravilla estar en armonía
Y poder levantar los párpados de tus ojos.
Los fans enseguida habrán adivinado que se trata de la maravillosa canción “Waterfall”, de los ínclitos The Stone Roses, incluida en su fantástico primer disco. La canción continúa y la guitarra de John Squire sigue repicando, como un carrillón que da el contrapunto a las armonías vocales de Brown y Reni.
A medida que quemas las millas
Observa como el paisaje comienza a aclararse
Libre por fin de la basura y la escoria
Que sucumbieron al satélite americano
Para conseguir ese efecto de carrillón, John Squire coloca una cejilla en el cuarto traste, lo que da a la guitarra un sonido más agudo. Luego pinza las cuerdas una a una, como un arpa o un clavicordio, generando ese arpegio cristalino que repica como el bronce de las campanas.
Ella seguirá adelante a pesar de todo
Ella es una cascada
Ella seguirá adelante a pesar de todo
Ella es una cascada
El efecto coral se logró duplicando la voz de Ian Brown, quien grabó la voz principal dos veces replicando las mismas notas con el mismo tono susurrado. La tercera voz que se escucha de fondo no es del cantante, sino el falsete grabado por el batería Reni, completando el trío melódico que recuerda a un coro de iglesia.
Mira los pinos altos como campanarios
Las colinas tan viejas como el tiempo
Pronto serán puestos a prueba
Al ser azotados por los vientos del oeste
Mientras la voz de Ian Brown y la guitarra de Squire sostienen la parte melódica, Mani (bajo) y Reni (batería) construyen una base rítmica definitivamente bailable, marca inconfundible de la banda y el rasgo que la distingue de todo lo que se había hecho antes, evitando que el tema se quede en una canción pop-folk más.
Detenida sobre arenas movedizas
La balanza sostenida en sus manos
El viento que gime y la azota
Hincha también las velas de su bergantín.
El resultado puede recordar a un coro sacro popero, una especie de música litúrgica con tintes psicodélicos y ritmo funky, como si todo resonara entre los muros de una catedral mientras las campanas majestuosas repican al cielo azul espantando a las palomas.
Ella seguirá adelante a pesar de todo
Ella es una cascada
Ella seguirá adelante a pesar de todo
Ella es una cascada
Tras el último estribillo, la canción se transforma y se deja llevar en una especie de jam instrumental donde las guitarras de John Squire se distorsionan y el ritmo bailable de Reni y Mani toma el mando hasta el final. Una maravilla.
Parece que la letra (cuya traducción libre o más bien libérrima he perpetrado) se escribió al alimón entre Ian Brown y John Squire y, según han referido, trataría sobre una chica que decide escapar de Mánchester y toma un ferry rumbo a Francia. A medida que deja atrás su ciudad y contempla desde cubierta el paisaje inglés que pasa, sus colinas, sus acantilados, los verdes pinos… va liberándose y abriendo sus ojos embotados de tanta basura televisiva que cruza el Atlántico vía satélite. Se siente, al fin, libre y dueña de su destino: invicta. Squire ha añadido que, además de tomar el ferry, la chica se toma un ácido; un doble viaje que equivale a una doble liberación. “Waterfall” sería, en esencia, una tintineante oda a la evasión y la libertad.
La canción les quedó tan redonda que debieron pensar que tampoco sonaría nada mal reproducida al revés. Así que, ni cortos ni perezosos, dieron la vuelta a la grabación y añadieron una nueva letra que Ian Brown cantó sobre la base invertida de la composición original. El resultado lo titularon “Don’t Stop”, el cuarto corte del álbum, es decir, la inmediatamente posterior a “Waterfall”. Un puntito experimental para un disco fantástico.
Los Stone Roses fueron uno de los grupos señeros del sonido Madchester surgido a finales de los ochenta del siglo pasado, que fusionaba la tradición del pop proveniente de los Beatles, de los Byrds, de los Kinks… con los nuevos ritmos bailables que sonaban en las discotecas de Mánchester, especialmente en el club The Haçienda. Esa fusión fue la gran contribución a la música del sonido Madchester.
Aquellos chicos de Mánchester fueron, en su momento de gloria, desafiadamente arrogantes. Esa actitud (tan suya) la adaptaron después los hermanos Gallagher en Oasis, siempre encantados de conocerse. Eran muy buenos, sabían que eran muy buenos y jamás perdían la ocasión de recordárselo al mundo. Habría sido una descortesía escribir sobre una de sus canciones y no proclamar que era la mejor de la historia del pop.
Elegir una canción como la mejor, y escoger precisamente “Waterfall”, puede parecer una reducción innecesaria, una boutade e incluso una provocación. Podría mejor haberme callado o haber elegido “Here Comes the Sun” de los Beatles, “The 59th Street Bridge Song (Feelin’ Groovy)” de Simon & Garfunkel, “California Dreamin'” de The Mamas & The Papas, “Sunny Afternoon” de los Kinks, o incluso “New Slang” de The Shins, “Yet Again” de Grizzly Bear o “Soul Meets Body” de Death Cab for Cutie (por citar algunas bandas más modernas que siguen la estela del pop iniciada por grupos de los sesenta), y otro puñado de temas que comparten el prodigio de la canción pop perfecta. Sencillas y maravillosas melodías que irrumpen gentilmente en tu sistema límbico y activan el núcleo accumbens, generándote esa alegría y ese disfrute que solo puede dar una canción de pop perfecta. Quizá esa sea la quintaesencia del pop.
María Kodama contaba que, en un vuelo transoceánico con Borges, le hizo escuchar a los Beatles en sus cascos y, cuando se acabó la cinta, le preguntó qué le parecía la música que había escuchado. Borges sentenció: «Trivial, pero maravillosa».
Kurt Vonnegut (que también resulta una fuente inagotable de citas) afirmaba en sus charlas que la misión de los artistas era hacer que la gente aprecie estar viva, al menos un poco, y si le retaban a que dijera un artista que lo hubiera logrado, él respondía: «Los Beatles lo hicieron».
En síntesis, la música pop (y me estoy refiriendo al pop anglosajón que nació en los años cincuenta y sesenta) es esencialmente trivial (si no fuera trivial, no sería pop), pero puede ser maravillosa y hacer que la gente aprecie estar viva. Y es eso precisamente lo que consigue “Waterfall” [y otras tantas (tampoco muchas) canciones pop], hacer que apreciemos y disfrutemos de estar vivos, al menos durante los 4’39” que dura la canción. Al fin y al cabo, el carácter efímero es otra de las señas de identidad inevitables del pop.
Cuatro chicos de Mánchester (como antes lo habían hecho cuatro chicos de Liverpool) crearon una obra pop casi perfecta, un disco de una maestría excelsa en el que se incluía una canción maravillosa con una melodía y unas armonías que no tienen nada que envidiar a las de los Beach Boys, los Byrds, los Kinks o los mismísimos Beatles. Pero más allá de la brillantez melódica, la aportación de la batería de Reni y el bajo de Mani convierten este tema en un portento rítmico, en un artefacto energizante y bailable. Por ello bien merece citarse como la mejor canción de la historia del pop (¿por qué no?): es pop celestial que eleva tu alma y arrastra al cuerpo a la pista de baile.
VÍDEO: Waterfall (Remastered 2009)




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