A pesar del calor de septiembre, nuestro viaje comenzó en mitad del desierto sumerio. Nos embarcamos en un navío capitaneado por Gilgamesh y surcamos las aguas del Tigris y el Éufrates. De su mano aprendimos el valor de la amistad y recordamos la brevedad de la vida. Su poema, conservado en tablillas de adobe, nos exhortó a aprovechar cada momento. Como estudiantes aplicados, seguimos su sabio consejo. Pero no todos los hombres son tan obedientes. Jehová, harto de la maldad y la corrupción imperantes, castigó a la humanidad con el diluvio universal. Nos refugiamos en el Arca de Noé. Allí, rodeados de jirafas, leones y elefantes, esperamos ansiosos la vuelta de la paloma con una rama de olivo en el pico.
Otro guerrero que quería descansar fue Ulises. Hizo lo imposible por volver a casa y reencontrarse con su esposa, Penélope, y su hijo Telémaco. Si Aquiles encarnaba la fuerza y el honor, Ulises representaba la prudencia y la astucia. Como miembros de su tripulación, lo atamos al mástil mayor del barco para que no se dejara llevar por los cantos de las sirenas y le acercamos la estaca que cegó al cíclope Polifemo. Cuando se despidió de la ninfa Calipso en su isla paradisíaca, aprendimos que es preferible morir rodeado de tu familia que alcanzar la inmortalidad lejos de tus seres queridos.


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