Inicio > Blogs > Ruritania > La gran travesía de los libros

La gran travesía de los libros

La gran travesía de los libros

A pesar del calor de septiembre, nuestro viaje comenzó en mitad del desierto sumerio. Nos embarcamos en un navío capitaneado por Gilgamesh y surcamos las aguas del Tigris y el Éufrates. De su mano aprendimos el valor de la amistad y recordamos la brevedad de la vida. Su poema, conservado en tablillas de adobe, nos exhortó a aprovechar cada momento. Como estudiantes aplicados, seguimos su sabio consejo. Pero no todos los hombres son tan obedientes. Jehová, harto de la maldad y la corrupción imperantes, castigó a la humanidad con el diluvio universal. Nos refugiamos en el Arca de Noé. Allí, rodeados de jirafas, leones y elefantes, esperamos ansiosos la vuelta de la paloma con una rama de olivo en el pico.

Sin embargo, la tranquilidad no duraría mucho. Volvimos a nuestro barco, remontamos el estrecho de los Dardanelos y recalamos en las costas turcas. Ante nuestros ojos se levantaba la legendaria ciudad de Troya. Gracias a Homero supimos que el misterioso caballo de madera que cruzó su ciudadela albergaba un destacamento de soldados griegos que asediaron la ciudad de madrugada. Vimos como Aquiles paseó el cadáver de Héctor ante los ojos de Príamo hasta que este acudió a su campamento para pedirle el cuerpo de su hijo. La Ilíada nos enseñó que el alma de los muertos jamás descansará si no recibe los ritos funerarios correspondientes.

"Los dioses nos encomendaron una nueva misión: ayudar a Eneas a fundar la ciudad de Roma"

Otro guerrero que quería descansar fue Ulises. Hizo lo imposible por volver a casa y reencontrarse con su esposa, Penélope, y su hijo Telémaco. Si Aquiles encarnaba la fuerza y el honor, Ulises representaba la prudencia y la astucia. Como miembros de su tripulación, lo atamos al mástil mayor del barco para que no se dejara llevar por los cantos de las sirenas y le acercamos la estaca que cegó al cíclope Polifemo. Cuando se despidió de la ninfa Calipso en su isla paradisíaca, aprendimos que es preferible morir rodeado de tu familia que alcanzar la inmortalidad lejos de tus seres queridos.

Los dioses nos encomendaron una nueva misión: ayudar a Eneas a fundar la ciudad de Roma. Admiramos el talento de Virgilio, aunque el héroe troyano abandonara a la reina Dido en Cartago. Rota por el dolor, se clavó un puñal en el pecho y ordenó que quemaran su cadáver en una pira. La Eneida nos demuestra que el ghosting no es un invento moderno.
El viento cambió de dirección y nuestro navío dejó atrás el olor a humo de Cartago. De las brumosas costas de la Europa medieval empezaron a llegar unos cantares acompañados de un laúd. Era un juglar que glosaba las hazañas del Cid por las tierras de Castilla. Dejamos atrás los estandartes manchados de sangre y las cotas de malla atravesadas por espadas para visitar Florencia, la cuna del Renacimiento.
A orillas del río Arno nos esperaban Dante y Virgilio. A bordo de la barca de Caronte atravesamos la laguna Estigia y nos adentramos en el Infierno: los glotones, los lujuriosos, los traidores y los que venden a su madre por entrar en la Casita de Bad Bunny nos miraban horrorizados. También pasamos por el purgatorio, y en el cielo dejamos a Dante a solas con Beatriz. De lo contrario, la Divina comedia hubiera sido una “humana tragedia”. Como la que presenciamos en Verona. En una cripta, Julieta se quitó la vida ante el cadáver de su amado Romeo por un malentendido que truncó la huida de ambos a Mantua. Esa obra nos enseñó que la pasión desbocada trae consecuencias funestas.
"Pero no podíamos terminar esta aventura con una visión tan pesimista del alma humana. Protagonizamos un último baile con Oscar Wilde"
Encontramos consuelo en la razón que cultivaron Diderot, Voltaire y Montesquieu, entre otros muchos ilustrados: leímos los pesados tomos de una enciclopedia que aunaba casi todo el conocimiento humano disponible hasta entonces. Porque hay misterios que deben permanecer intactos. Mary Shelley se encargó de recordarnos que el milagro de la vida está reservado a Dios. Y hasta los engendros más grotescos necesitan sentirse amados y acompañados. Comprendimos que el verdadero monstruo no era la criatura que había nacido de la chispa eléctrica, sino la ambición desmedida que la había hecho posible. Esa novela empieza en el Ártico. Pero pasamos más frío en las calles de San Petersburgo, acompañando a Dostoyevski al casino más cercano durante las noches blancas del solsticio de verano, huyendo de las ideas homicidas y megalómanas de su Raskolnikov.
Pero no podíamos terminar esta aventura con una visión tan pesimista del alma humana. Protagonizamos un último baile con Oscar Wilde, entrando en los lujosos salones victorianos con plumas y trajes de colores. Asimismo, caminamos descalzos sobre las hojas de hierba de la ribera del río Hudson bajo la atenta mirada de Walt Whitman. El viaje ha terminado. Ahora os toca a vosotras y vosotros: coged el timón y desplegad las velas. Confío en que la literatura os ayude a capear el temporal. En el Quijote encontraréis los consejos que el ingenioso hidalgo dio a Sancho Panza antes de gobernar su ínsula. Poned rumbo a vuestra Ítaca particular sin miedo a naufragar. Porque como dijo Séneca, “no hay viento favorable para quien no sabe hacia dónde se dirige”.
———————
PD: dedicado a mi grupo de Literatura Universal del curso 2025-2026.
4.5/5 (6 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios