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De «El trovador» a «Il trovatore», una historia con mucha miga

De «El trovador» a «Il trovatore», una historia con mucha miga

Antonio García Gutiérrez fue el dramaturgo español preferido de Giuseppe Verdi, que lo situó a la misma altura que a Shakespeare o a Victor Hugo. El compositor italiano utilizó dos obras teatrales de García Gutiérrez, El trovador y Simón Bocanegra, para elaborar los libretos de sendas óperas homónimas.

El Teatro Real de Madrid cierra su temporada operística 25/26 con Il trovatore y ha programado para la temporada 26/27 Simon Boccanegra.

¡Que salga el autor!

Surge —inevitablemente— una pregunta: además de los estudiosos que han venido publicando sucesivas ediciones críticas y tesis doctorales sobre El trovador y Antonio García Gutiérrez, ¿quién conoce hoy en España esta obra de teatro y a su autor?

Antonio García Gutiérrez había llegado a Madrid en 1833 desde su Chiclana natal con veinte años. Malvivía haciendo traducciones y publicando sus versos en algunos periódicos. Frecuentaba la tertulia del Parnasillo en el café del Príncipe. Allí entabló amistad con otro poeta romántico, Espronceda.

"El 1 de marzo de 1836 no quedaba ni una butaca vacía en el teatro de la calle del Príncipe. Nadie conocía, sin embargo, al autor"

García Gutiérrez presentó El trovador al empresario del Teatro del Príncipe de Madrid (hoy Teatro Español) para que fuera representado en una función en beneficio del actor Antonio Guzmán, que no pudo actuar, pues no había papel de «gracioso». Un grupo de actores se negó a ponerla en escena «por las novedades que comportaba y el tono un tanto escandaloso del drama», según se relata en un estudio de 2013, auspiciado por la RAE. El empresario acabaría escuchando las recomendaciones de, entre otros, Espronceda y programó El trovador.

El 1 de marzo de 1836 —escribió el crítico Antonio Ferrer del Río— no quedaba ni una butaca vacía en el teatro de la calle del Príncipe. Nadie conocía, sin embargo, al autor del drama caballeresco que iba a representarse. «A las pocas escenas, los concurrentes daban señales aprobatorias. Al final del primer acto, aplaudían todos». Al caer el telón, el público pidió, «con tanto afán que no hubo quien se moviera», que el autor saliera al escenario a saludar, «una distinción no otorgada hasta entonces en nuestra escena». Antonio García Gutiérrez salió de la mano de dos de los actores protagonistas. La situación del joven gaditano «era tan desvalida» que el dramaturgo, y habitual del Parnasillo, Ventura de la Vega tuvo que prestarle su levita, «para salir delante del público con decencia».

El 4 de marzo de 1836, en la crónica del estreno que Larra publicó en el periódico El Español, escribió: «El autor de El trovador se ha presentado sin títulos literarios, solo y desconocido, al son de las preguntas multiplicadas: “¿quién es el nuevo, quién es el atrevido?”; y ha salido victorioso, respondiendo a las diversas interrogaciones de los curiosos espectadores: “Soy hijo del genio, y pertenezco a la aristocracia del talento”».

Verdi y los románticos españoles

Antonio Garcia Gutiérrez y Giuseppe Verdi nacieron el mismo año, 1813.

El día del estreno de El trovador, Antonio García Gutiérrez tenía veintitrés años y era un advenedizo. Verdi —famoso ya y en plena madurez artística— compuso Il trovatore con cuarenta. Se estrenó en el Teatro Apollo de Roma, el 19 de enero de 1853. Ese día Roma estaba inundada y las aguas del Tíber llegaban hasta las puertas mismas del teatro, lo que no impidió que los romanos acudieran masivamente al teatro y aclamaran la ópera.

"Verdi era un gran conocedor del teatro europeo, en el que constantemente se inspiraba. No se sabe, sin embargo, cómo conoció El trovador"

Verdi era un gran conocedor del teatro europeo, en el que constantemente se inspiraba. No se sabe, sin embargo, cómo conoció El trovador. La obra de García Gutiérrez encajaba perfectamente en la persistente idea que alimenta la obra verdiana: «la fuerza del destino», contra la que nada se puede. En 1862, estrenó precisamente La forza del destino, tomando como base argumental Don Álvaro o la fuerza del sino, de otro dramaturgo romántico español, el duque de Rivas.

El caso es que Verdi escribió al poeta napolitano Salvadore Cammarano, instándole a que se hiciera en Nápoles con un ejemplar de El trovador, «drama español de Gutiérrez. A mí me parece bellísimo, imaginativo y con situaciones potentes».

Con libreto del propio Cammarano y al alimón con los ensayos de La traviata, Verdi compuso —con un piano en la habitación de un hotel— Il trovatore, sin que mediara encargo alguno de ningún teatro, que era la manera habitual en que se componían las óperas.

Il trovatore, La traviata, ambas de 1853, y Rigoletto (1851), conforman lo que se conoce como la trilogía popular de Giuseppe Verdi: sus grandes éxitos.

Cuando Il trovatore llegó en 1854 al Teatro Real de Madrid, Antonio García Gutiérrez planteó una disputa por la propiedad de los derechos de autor del libreto, retocado por Verdi y Emanuele Badare, al fallecer repentinamente Cammarano.

"El derecho de traducción fue sobre el que reclamó el dramaturgo español. La demanda no llegó a los tribunales, porque el gobierno español medió para alcanzar un acuerdo"

Verdi había reducido a cuatro los cinco actos de El trovador. Eliminó algunas escenas y un personaje y cambió algunos nombres. El drama no estaba traducido. Entre Verdi y su mujer, la soprano Giuseppina Strepponi, y con la ayuda de un diccionario, hicieron una primera versión italiana para el libretista, que sería posteriormente pulida. El resultado fue una versificación bellísima, como bellísimos eran los versos de García Gutiérrez, algunos de los cuales aparecen literalmente cantados en la ópera.

Sin embargo, hay una palabra que se repite en la obra de teatro y que nunca se dice en la ópera: “hoguera”. Fue prohibida por la censura napolitana; o sea, la española.

El derecho de traducción fue sobre el que reclamó el dramaturgo español. La demanda no llegó a los tribunales, porque el gobierno español medió para alcanzar un acuerdo entre ambas partes, en el que se reconocía la deuda del libreto con la obra teatral original y se establecía el reparto de porcentajes.

El azar entra en escena

El arrollador estreno de El trovador propició que se vendieran miles de ejemplares de la obra impresa (la primera edición se agotó en dos semanas), que los reventas hicieran su agosto y que la obra se repusiera hasta casi mediados del XIX. Desde entonces, El trovador no ha subido a las tablas en España. Duro contraste con el irónico comentario de Verdi, que aún hoy sigue siendo cierto: «Aunque vayas a la India o al interior de África, podrás escuchar Il trovatore»… Y el nombre del gaditano aparece en cada programa de mano.

"Benito Pérez Galdós dijo que escondía una médula revolucionaria dentro de la vestidura caballeresca"

Más de un siglo y medio después, el azar ha querido jugar su papel: El trovador podrá verse en el madrileño teatro Fernán Gómez entre los días 9 y 19 de julio, con la dirección de Hugo Nieto. Estas funciones coincidirán con las representaciones de Il trovatore (29 de junio al 20 de julio) en el Teatro Real.

«Una casualidad», apuntan desde el teatro Fernán Gómez.

El autor de la dramaturgia, Daniel Llull, ha recuperado las dos partituras originales que no se conocían y que cantó Manrique (Manrico en la ópera) en el estreno de 1836, así como la canción que canta la gitana Azucena en su primera aparición, sentada cerca de una hoguera. En la ópera, Azucena aparece y canta también una canzone, no propiamente un aria: Stride la vampa! (¡Crepitan las llamas!). Verdi dibuja musicalmente, por debajo de la voz de la gitana, el chisporroteo de las llamas.

Mi vendica!, ¡véngame!

El trovador, drama caballeresco en cinco jornadas, en prosa y verso, es para Larra una obra «plenamente romántica». Benito Pérez Galdós dijo que «escondía una médula revolucionaria dentro de la vestidura caballeresca».

El contexto de esta obra (igual que el de la ópera) es la España del siglo XV, durante la guerra civil que enfrentó al Conde de Urgel, aspirante a la corona de Aragón tras la muerte de Marín el Humano, con Fernando de Antequera, de los Trastamara, coronado rey por el Compromiso de Caspe (1412). García Gutiérrez establecía un paralelismo con la inestable España de principios del XIX, sacudida entonces por la guerra carlista.

El argumento de El trovador es complejo y prolijo de explicar; lo era en la obra teatral y lo es en la ópera. Larra lo expresó con gran elegancia: «El autor ha imaginado más bien una magnífica novela que un drama; pero al reducirlo a los límites estrechos del teatro, ha tenido que luchar con la pequeñez del molde».

"Como buen romántico, Antonio García Gutiérrez hizo añicos las unidades de lugar, tiempo y acción. Desafió a los tramoyistas de la época, saltando entre varios escenarios diferentes"

Como buen romántico, Antonio García Gutiérrez hizo añicos las unidades de lugar, tiempo y acción. Desafió a los tramoyistas de la época, saltando entre varios escenarios diferentes (Franco Zeffirelli recreó majestuosamente estos escenarios en una imponente producción operística). Además de la guerra, hay dos tramas en paralelo: el amor y la venganza. El tiempo, finalmente, vuela entre entre el pasado (y sus fantasmas) y el presente.

El trágico amor entre Leonora y Manrico y la venganza de la gitana Azucena recorren la espina dorsal de la obra. «Sin embargo —escribió Larra en El Español— no es la pasión dominante del drama el amor; otra pasión, si menos tierna, no menos terrible y poderosa, oscurece aquella: la venganza». En El trovador como en Il trovatore, la venganza de la gitana Azucena es el motor de la acción. Azucena ha visto cómo su madre es quemada viva, falsamente acusada de bruja por el conde de Luna. Así relata en el teatro lo que, mientras ardía, la madre le dijo:

—Me miró con un gesto espantoso, y, con voz ahogada y ronca me gritó: ¡“Véngame”! (…). Aquella palabra se grabó en mi alma, y yo juré vengarla de una manera horrorosa.

Y así lo canta en la ópera:

Mi vendica!, esclamó. Quel detto un’eco eterna in questo cor laisciò. (¡Véngame!, exclamó. Aquella palabra dejó un eco eterno en mi corazón).

La música suena como un llanto y se repite el motivo musical del fuego.

Una ópera gótica

Il trovatore es un thriller. Y como cualquier thriller que se precie, esconde un secreto que solo Azucena conoce y que se desvelará al final: quien todos creían que es su hijo no lo era; lo es, en realidad, de su enemigo acérrimo, el conde de Luna. El niño que Azucena arroja a las llamas creyendo que es el hijo del conde de Luna, en la misma hoguera en la que se consume la madre de Azucena, era su propio hijo.

"l trovatore es un relato sombrío —y vertiginoso— narrado con una música arrebatadora, que finaliza como comienza, de golpe"

Il trovatore se iniciasin obertura— con unos golpes de timbal y unas trompas militares que anuncian la entrada en escena de Ferrando, el jefe de la guardia del conde, que narra —ante un aterrado coro de soldados y criados— el origen de la tragedia: la muerte del hijo del conde de Luna por un supuesto mal de ojo de una bruja y que acaba con esta en la hoguera, la misma en la que luego se encontraron los huesos —«¡aún humeantes!»— de un niño.

Il trovatore es un relato sombrío —y vertiginoso— narrado con una música arrebatadora, que finaliza como comienza, de golpe; una ópera gótica, en fin, cuya acción transcurre íntegramente de noche.

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