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Leer no es entender

Leer no es entender

Lev Tolstói escribió unos cuentos para niños. Eran unos cuentos para enseñar a leer y escribir a los alumnos de su escuela de Yásnaia Poliana en un tiempo (los escribió entre 1871 y 1875) en el que la literatura era popular y una fuente magnífica de conocimiento. Y tal vez lo que deberíamos comprender ahora, en primer lugar, es que algo extraño ha debido de suceder en un siglo y medio con la literatura creada expresamente para los niños, hoy muy abundante —entonces era escasa—, porque la que hoy llamamos literatura infantil y juvenil tiende a ofrecer a los niños historias especialmente adaptadas para ellos —en ocasiones infantiles, no muy complejas—, y las de Tolstói no lo son en absoluto, ni siquiera se distinguen de las historias que cualquier escritor del XIX escribía normalmente, salvo por el estilo, que intentó que fuese extremadamente directo y sencillo, ya que, repito, eran cuentos para aprender a leer y escribir en la escuela. Hoy la escritura de aquellos cuentos no la percibimos como “para niños”, y ni siquiera en la propia escritura parece que Tolstói se adapta al lector infantil.

Por entonces, los escritores tendían a pensar que los niños podían leer las mismas historias que todo el mundo. Si no las entendían, las volvían a leer. Y las podían leer una y otra vez hasta que las entendían. Eso era hacerse mayor. La literatura, vista así, era un camino iniciático. Había una épica (para los niños que lo hicieran) en retarse con un texto que no entendían y en perseverar hasta conquistar su comprensión. Hoy, sin embargo, lo que observamos es un esfuerzo denodado por que los niños no se frustren ante una lectura que no entienden. Las editoriales del libro infantil y juvenil adaptan los clásicos de la literatura, de tal modo que los niños encuentren menos “dificultades” al leerlos. Está mal visto darle a un niño una lectura que “no le corresponde”, que no esté específicamente prescrita para niños de su edad, que pudiera ser complicada para él. La consigna es que el niño debe entender. Hay, en cierto modo, miedo a que el niño no entienda y pavor a que se aburra. Como si la lectura consistiera en entender. Muy al contrario, si entendiéramos completamente todo lo que pudiéramos leer, no haría falta que leyéramos. La lectura no consiste en entender, sino en “querer entender”, y a menudo el éxito de la experiencia no depende de haber entendido completamente.

"En el caso de la literatura infantil y juvenil, el cambio, desde los cuentos de Yásnaia Polaina de Tolstói hasta ahora, es enorme y paradigmático"

En el caso de la literatura infantil y juvenil, el cambio, desde los cuentos de Yásnaia Polaina de Tolstói hasta ahora, es enorme y paradigmático. Tolstói le contaba a los niños cómo era eso de cazar un oso, una historia épica, emotiva y desoladora que vale para absolutamente cualquier lector. Hoy uno está apercibido de que el escritor “para niños”, al contar una historia similar, tenderá a hacer en el texto toda clase de carantoñas para agradar y atraer a su público, poniéndose “a su altura” (o a lo que se cree que es su altura). No pocas veces, a un autor o autora “de infantil” se le va la mano, y entonces uno puede llegar a pensar en qué momento nos volvimos cursis, tan moñas.

Esa historia del cazador, de Tolstói —“Querer es poder”, se titula—, puede cambiar la vida de un niño, convertirlo en lector para siempre. Sobre que la misma historia contada con carantoñas y ditirambos infantiles pudiera obtener el mismo efecto tengo serias dudas: no es así como los niños son, sino como nosotros los vemos o como a nosotros nos gusta verlos. Esos ditirambos infantiles son formas, posiblemente, adaptadas a las creencias de los clientes, que no son los niños, sino aquellos que compran los libros. Es decir: los padres, los tíos, los abuelos, los amigos de los padres… en definitiva, los adultos. Cabe, pues, preguntarse qué ha sucedido entre los cuentos de Tolstói y los de hoy, y es solo una cosa: el desarrollo de una fuerte industria del libro, que incluye el desarrollo del segmento del libro para niños y jóvenes, antes inexistente.

Ese segmento tan exitoso de la industria del libro ha dado buenos títulos para la lectura infantil y juvenil, no me cabe duda. Pero su desarrollo no parece haber conseguido quitarnos a muchos de la cabeza la idea de que los niños, en realidad, no necesitan una literatura adaptada a ellos.

"La etiqueta literatura infantil tiene apenas cincuenta años. Esto da cuenta de lo reciente —y propio solo de nuestra época— que el fenómeno es"

La etiqueta “literatura infantil” tiene apenas cincuenta años. Esto da cuenta de lo reciente —y propio solo de nuestra época— que el fenómeno es. Cuando yo era niño, los adultos no me regalaban “libros infantiles”, apenas los había y ni siquiera existía la costumbre de regalarlos. El libro para niños es un fenómeno de antes de ayer e indisociable del proceso de desarrollo del sector. Y como suele suceder con los mercados, los productos y los clientes, uno nunca sabe si primero fue la demanda o, por el contrario, esta surgió porque existía la posibilidad de una oferta y alguien se puso a producir los productos, a promocionarlos y a venderlos. Sin duda, comercialmente, vender libros para niños ha resultado ser una gran idea, porque se trata de un producto que atesora varias valías primordiales, a saber: se trata de un libro “de regalo” —con la posibilidad de un mayor precio de venta al público y la ventaja de que puede estar dirigido a un público que no tiene por qué ser lector, es decir, más amplio—, y, por otro lado, se ha podido construir una moral a favor de su consumo. “Regala libros a tus hijos, mira qué monos son cuando leen, mira qué cosas más bonitas les contamos, estimulamos su imaginación, serán mejores que sus padres, ¿acaso no quieres lo mejor para tus hijos?”. Se trata de una moral muy eficaz, que lleva a la “gente de bien” a la compra de esos libros.

Sin embargo, tal vez deberíamos contextualizar esto de contarle cuentos a los niños, remontándonos un poco más atrás en el tiempo. En la tradición oral, los cuentos “para niños” no son infantiles, precisamente. En ellos pasan cosas terribles: los niños Hansel y Gretel son abandonados en el bosque por su propio padre y su madrastra, el lobo se come a Caperucita, la malvada reina envenena a Blancanieves… y cosas mucho peores que los lectores de hoy apenas vislumbramos en esos cuentos, porque además la industria del libro los ha ido edulcorando con la mejor de las intenciones, en teoría y según dicen, adaptándolos a los nuevos tiempos. Los que ahora se ofrecen tienen poco que ver con los cuentos de hadas originales o con el verdadero relato de cómo un hombre sale a cazar un oso, el cuento de Lev Tolstói. Las de entonces eran historias truculentas, pavorosas, criminales y, lo principal, remitían a la realidad de quienes las escuchaban. Aunque hoy no lo parezca, se trataba de historias, en cierto modo, “como la vida misma”, que remitían a la realidad de quienes las escuchaban. Me pregunto si no sería maravilloso que los niños pudieran leer algún día la historia de Caperucita, la historia de Blancanieves o la historia de Hansel y Gretel en versiones de literatura sin apellidos, con todo lujo de matices y en toda la complejidad que podrían entrañar esas historias. Es justo eso lo que creo que nunca se ha hecho, reescribirlos como literatura. Se han producido miles de versiones simples y simplificadas, y habría que ver si hay alguna que atesore su potencial complejo.

"Me parece que es fuerte, entre quienes escribimos literatura, la creencia de que la literatura infantil no es literatura, o, si acaso, es una forma degradada de literatura"

En el prólogo de una edición de Pinocho, Sánchez Ferlosio cuestionó la existencia de una literatura para niños. En caso de que existiera, según él, sería una degradación. Juan Ramón Jiménez hizo lo propio cuando se refirió a su Platero y yo, escrito para quienes suelen leer poesía, y sin embargo editado en primer lugar para niños: “No le cambio ni una coma, qué bien”, escribió en una nota al principio de la primera edición. También pensaba que no era necesario escribir nada específico para los niños: “Yo nunca he escrito ni escribiré para niños”. Para Juan Ramón Jiménez no había razón para tratar a los niños con condescendencia, ya que podían leer los mismos libros que los adultos salvo algunas excepciones que a todo el mundo se le ocurrían.

Me parece que es fuerte, entre quienes escribimos literatura, la creencia de que la literatura infantil no es literatura, o, si acaso, es una forma degradada de literatura. Aunque ello choca contra la creencia socialmente establecida; que lo es —establecida— en términos de industria, en términos de consumo, en términos de costumbres y, también, en términos morales: los niños también tienen derecho, dicta esa moral, los niños también tienen derecho a leer… Curioso, porque no es que antes los niños no tuvieran derecho a leer. Leían literatura a secas. En realidad, antes tenían el mismo derecho que ahora, lo que no tenían era productos dirigidos a sus padres para que les compren algo que leer.

Para que nos hagamos una idea de la naturaleza lectora de los niños: a partir de los siete años, los niños leen “tochos” como Harry Potter. Y por supuesto, no entienden todo. Por eso suele suceder que leen varias veces cada una de las entregas, de principio a fin. Esto significa que hay cientos de novelas y cuentos de literatura sin apellidos que muchos niños podrían leer y releer hasta comprenderlos, tal como se hacía antes. En una ocasión le pregunté a mi hija: “¿Por qué vuelves a leerlo?, ¿por qué no lees otra cosa?”. Y ella me contestó: “Porque quiero entenderlo mejor, hay muchas cosas que no entendí la primera vez”. Y esto, me parece, es crucial. Las segundas y terceras lecturas son habituales en los niños que leen. Si, como yo, ustedes que leen esto no fueron niños lectores, tal vez sí devoraron capítulos de dibujos animados. ¿Recordamos cómo era aquello? La primera vez que el televisor llamaba tu atención no entendías prácticamente nada, pero por eso te enganchabas, porque querías comprender. Veíamos el mismo capítulo un día y al día siguiente y al otro. En cada visionado entendías algo más. Al final de aquel proceso, que bien parece un camino iniciático, eras otro, con más capacidad. En un corto periodo de tiempo obtenías sin pretenderlo un gran desarrollo cognitivo. Desde esta experiencia, no parece que no entender sea un peligro ni un obstáculo para que los niños se enganchen a la lectura. Al contrario, no entender al principio es una pieza fundamental del proceso de conocimiento, y por ello la lectura nos hace mejores, es decir, con más capacidad después que antes de haber leído.

"Se trataba de que espabilaran, no de que sumaran algo de fantasía y buenos sentimientos, que es de lo que parecería que se trata hoy"

Por otro lado, si lo pensamos bien, ¿es necesario que adaptemos las lecturas a los niños, como si debiéramos cuidar la virginidad de sus espíritus y mantenerlos ahí, inocentes e inmaculados, mediante libros de una extrema candidez?

Cuando, durante la Edad Media, uno de aquellos cuentos de hadas recopilados por los hermanos Grimm se contaba en presencia de niños, no se hacía con el ditirambo edulcorado adaptado a ellos que exhiben hoy las publicaciones del sector y los “cuentacuentos”. Si tantas madrastras malas hay en aquellos cuentos no es por mor de la fantasía, sino porque muy fácilmente los niños de entonces podían encontrarse expuestos a madrastras malas: eran tiempos en los que un alto porcentaje de mujeres morían en el parto o a causa de este. Frecuentemente, los niños tenían que vérselas con las mujeres que sustituían a sus madres, que no siempre eran trigo limpio. Los cuentos confrontaban a los niños con realidades pavorosas, sin equivalente en los cuentos que hoy damos a leer a nuestros hijos; eran ficciones que les preparaban para una posible realidad injusta, cruel, como la que solía producirse. Mediante aquellas versiones de cuentos de hadas, los niños recibían la información de que podían ser abandonados en el bosque por sus propios padres, para que murieran o desaparecieran. En la Edad Media se producían tales hambrunas que el abandono de los hijos podía ser una medida de supervivencia, y hasta de misericordia para con los pequeños. Un niño se podía quedar solo en el mundo en cualquier momento. Se nos suele olvidar que la vida de entonces era muy dura, nada que ver con la nuestra. El cuento oral de entonces era crucial, los adultos se ponían en situación respecto de lo que podía pasarles a ellos, como padres, y a sus hijos, y los niños eran alertados de los peligros que tenían más próximos. Se trataba, precisamente, de que perdieran la inocencia, no de que la conservaran. Se trataba de que espabilaran, no de que sumaran algo de fantasía y buenos sentimientos, que es de lo que parecería que se trata hoy.

Los cuentos alertaban a los niños de lo que debían saber para sobrevivir. En las versiones originales de los cuentos de hadas, los niños recibían indirectamente la información de que debían ser listos, porque solo siendo audaces podrían salvarse de quien quisiera comérselos o hacerles algún mal. Los cuentos también aliviaban a los niños y a las niñas, les transmitían que, aunque fuera terrible aquello por lo que estaban atravesando, finalmente todo iría bien. No era de extrañar que, en los cuentos, los niños acabaran en un caldero, ya que en el mundo real el hambre era mucha. La posibilidad de que el tierno inocente fuera guisado y comido no era mera fantasía para el solaz y el entretenimiento de los oyentes. Las niñas de entonces podían padecer los celos de una madrastra malvada, así que los cuentos de hadas les mostraban un camino de salvación, el matrimonio, con el que escapar de la influencia de la madrastra o aquella mujer que la criaba a regañadientes (tanto en la Cenicienta como en Blancanieves). Una niña se podía casar con trece o catorce años, y debía tener hijos preferiblemente antes de los veinte para no correr la misma suerte que, acaso, su propia madre fallecida en el parto. Encontrar marido a los trece o catorce años era deseable y más aún si ello significaba salir de la influencia de una madrastra horrible. Todos los enanitos se enamoran de Blancanieves, pero ella los rechaza amablemente, no son el marido idóneo. La figura del príncipe no era tanto un elemento romántico como una orientación en la dirección de la necesidad de elegir bien el marido y, también, de elegir el marido que estuviera en posición y disposición de ajustarle las cuentas a los maltratadores de la niña: la venganza. Recordemos que, en Cenicienta, el príncipe hace calzar a la madrastra unos zapatos de hierro fundido que se encuentran al rojo vivo, y la obliga a danzar en el baile de bodas, precisamente en el baile de bodas, hasta que cae muerta. La venganza era un recurso vigente y entonces necesario. A menos que el niño pudiera vengarse por sí mismo, reparadoramente, la justicia ordinaria no llegaba a esos malvados. No es ese el mundo en el que vivimos ahora. Hoy la venganza, si es mediante un delito, resulta castigada. Entonces, sin embargo, la venganza podía ser la única forma de reparación para un niño abusado, para una niña maltratada o para cualquier persona humillada. Y los cuentos mostraban el camino.

"En los últimos cincuenta años hemos ido estableciendo una moral muy férrea respecto de los niños y, en especial, respecto de sus lecturas"

Ahora la importancia de los cuentos que damos a los niños es débil, muy relativa: que lea, fomento de su imaginación, ocio, consumo, que se entretenga, cuestiones sociales de los padres como el orgullo de poder decir que el niño lee… Las ficciones, en general, ciertamente, son mucho menos importantes que antes, y lo mismo sucede con los cuentos para niños, que a menudo rayan la cursilería, si es que no son directamente cursis en comparación con los cuentos originales. Si pensamos en la tradición narrativa de Occidente, las historias suelen atesorar una relación directa con la dura realidad de las personas, relatan las violencias del ser humano, y de ahí los violentísimos mitos de la tragedia griega, la violencia recogida en el Antiguo Testamento y los pavorosos cuentos de hadas medievales. En todos los casos, las narraciones constituyen un conocimiento indirecto. Sin embargo, hablan de una forma muy directa a las personas de cada tiempo.

En los últimos cincuenta años hemos ido estableciendo una moral muy férrea respecto de los niños y, en especial, respecto de sus lecturas. Ahora se teme incluso que, mediante los cuentos, se le pueda hacer daño a los niños. Se tiene pavor a que una historia pudiera orientar mal su moralidad. Por ejemplo, que un cuento pudiera orientar la moralidad de los niños a favor de la violencia o la competitividad, en contra de la homosexualidad o de la transexualidad, en contra de las mujeres o a favor de la masculinidad. Este tipo de moralidad suele ser la causa de las miles de cancelaciones (censura) que se promueven y realizan en las bibliotecas de Estados Unidos. Se ha descrito como “puritanismo”. En España, esa noción puritana de las cosas tiene también su influencia.

Resulta paradójico. Los adultos medievales y posteriores, amorosamente, trataban de alertar a los pequeños de las atrocidades que podían padecer, no de otra forma sino contándoselas. Eso no se hace sino por amor. Hoy, cuando los niños no se encuentran expuestos como entonces a asuntos tan turbios, les intentamos salvar del daño de los cuentos, como si los cuentos pudieran dañarlos. Los niños se encuentran sobreprotegidos porque es así como interpretamos que debe ser el amor cuando en el mundo apenas existen aquellos peligros. Entonces merecían historias pavorosas. Sin embargo ahora, cuando ni de lejos existe la posibilidad de que un niño quede solo en el mundo a los siete años, protegemos a los niños de la violencia de los cuentos. Protegemos a los niños de los cuentos.

"La lectura no consiste en entender. Evitándole a los niños la frustración y la dificultad, boicoteamos justo lo que la lectura es: el avance sobre la frustración y la dificultad"

Y no solo eso, hemos dado un paso más. Ahora también protegemos a los niños de la propia lectura, de que leer en sí les pueda hacer daño. Así que les proporcionamos lecturas adaptadas a ellos, y adaptamos (adulteramos, degradamos) los libros clásicos para que los niños los entiendan a la primera y para que no se frustren ni se aburran. Y así nos encontramos con todo un ejército de pedagogos y agentes relacionados con los libros y la enseñanza, dispuestos a dar la batalla porque los niños no se frustren y no se aburran al tener que enfrentar la lectura de un cuento o el fragmento de una obra clásica. ¿Cómo es posible que, de entre las lecturas obligatorias de la enseñanza, en España, desaparezcan los clásicos de la literatura española (Góngora, Cervantes, Calderón), se le suministre a los niños versiones “adaptadas a ellos” de El Quijote o de Platero y yo, o, si no, obras recientes sin importancia, con la excusa de que estas hablan de cuestiones que los niños entienden porque les interpelan?

En las aulas los niños se quejan de no entender: “Profe, es que no entiendo, hay muchas palabras que no sé”. Los profes regresan al claustro atribulados: “Los chicos no entienden, qué hacer”. Y no se les ocurre que no entender, en principio, no es lo que importa, que salvar ese obstáculo es precisamente aquello en lo que consiste la lectura. El resultado es que llevamos algunas décadas buscando formas de aliviar a los chicos en lo que se considera un difícil enfrentamiento con la lectura. Entonces, a los claustros de los centros escolares llegan los comerciales de las principales editoriales que producen libros para niños y jóvenes, donde los profes les ponen al tanto de sus problemas y necesidades. ¿Que el problema es que los chicos no entienden? ¡Eso, para un comercial y las editoriales, es demanda!  ¡El sector editorial esta para satisfacerla! Pues haremos adaptaciones fáciles de las obras clásicas. Pues a ver si conseguimos que aquel autor famoso o famoso con libro nos escriba algo específico para los chicos. Pues tenemos a este autor de novela juvenil que se vende mucho…

Y así es cómo hemos degradado la enseñanza de algo tan importante como la lectura.

La lectura no consiste en entender. Evitándole a los niños la frustración y la dificultad, boicoteamos justo lo que la lectura es: el avance sobre la frustración y la dificultad y el desarrollo cognitivo que produce enfrentar la lectura de algo que no se entiende hasta que, por fin, se entiende en parte, lo suficiente, o incluso mucho. Hay que recordar que, quienes leemos, ni siquiera hacemos la misma lectura que los otros que leen el mismo texto: los lectores interpretamos el texto, y ni siquiera interpretamos lo mismo que los demás, en unos aspectos coincidimos y en otros no. Tengo cincuenta y seis años y la lectura sigue siendo una confrontación con lo que no entiendo, o no sé, o no comprendo del todo. Si entiendo todo, es como no leer, no me interesa, me aburro. De un libro comercial como los firmados por cualquier famoso de la televisión lo entiendo todo, así que me aburro soberanamente, no los leo. Por contra, de los poemas de Juan Luis Panero, lo cuentos de Raymond Carver, las novelas de Ismail Kadaré o los ensayos de René Girard no alcanzo a entender más que una parte, entre muchas preguntas y ninguna respuesta. Por lo tanto, me apasiono.

Si la lectura a los cincuenta y seis sigue siendo eso, dudo mucho que ahora, de pronto, la lectura a los doce sea otra cosa.

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