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Evangelion, una historia tan antigua como la literatura

Evangelion, una historia tan antigua como la literatura

Hubo una época en que muchos creyeron que Evangelion tan sólo era una serie de robots gigantes. No era una conclusión descabellada. La trama situaba al espectador en un futuro cercano, el año 2015, donde la humanidad combatía a unos misteriosos seres llamados Ángeles. Para detenerlos, la organización NERV desplegaba los Evangelion, gigantescos biomecanismos pilotados por adolescentes.

Parecía ciencia ficción. Parecía acción. Parecía otra historia más de combates apocalípticos. Pero sólo lo parecía. Porque bajo aquella superficie de explosiones, alarmas y criaturas imposibles se escondía algo mucho más raro y mucho más ambicioso: una exploración de la condición humana disfrazada de anime.

"Una exploración de la condición humana disfrazada de anime"

El protagonista, Shinji Ikari, tiene apenas catorce años cuando recibe la llamada de un padre distante y casi desconocido. Debe pilotar la unidad EVA-01 y salvar el mundo. Sin embargo, el verdadero conflicto nunca ocurre en el campo de batalla. Ocurre dentro de su cabeza.

Al igual que los hijos de algunos héroes, Shinji no desea la gloria ni busca la aventura. Tiene miedo. Miedo a fracasar, miedo a decepcionar, miedo a no ser querido. Su combate es contra sí mismo. Y ahí reside una de las claves del fenómeno, pues enlaza directamente con la tradición literaria clásica: Telémaco, el hijo de Ulises, que sale a buscar a su padre; Shinji, el hijo que no consigue escapar del suyo; y Hamlet, el hijo al que el padre vuelve de entre los muertos para exigirle cuentas.

En realidad, cuanto más lo pienso, más sentido tiene el trío. Los tres son adolescentes atrapados por una herencia imposible:

Telémaco debe convertirse en Odiseo antes de haber vivido nada, Hamlet debe vengar a su padre antes de entender el mundo, y Shinji Ikari debe salvar a la humanidad antes de saber quién es.

"Si Homero, Shakespeare y Hideaki Anno hubieran coincidido en una taberna, probablemente habrían terminado discutiendo sobre el mismo personaje"

Los tres reciben una llamada que no han pedido. Los tres pasan buena parte de su historia preguntándose si están a la altura. Y los tres descubren que crecer consiste, precisamente, en responder a esa llamada.

Si Homero, Shakespeare y Hideaki Anno hubieran coincidido en una taberna, probablemente habrían terminado discutiendo sobre el mismo personaje.

A medida que avanza la serie, los robots van perdiendo importancia y ganan terreno preguntas mucho más incómodas: quiénes somos, por qué nos cuesta relacionarnos con los demás, hasta qué punto necesitamos la aprobación ajena y qué hacemos con la soledad que nos acompaña.

No es casual que muchos espectadores llegaran buscando entretenimiento y terminaran encontrándose con Freud, Jung o el eco de los héroes clásicos escondidos entre los escombros de Tokio-3.

"Gendo Ikari, el padre de Shinji, permanece como una de las figuras paternas más inquietantes que ha producido la ficción contemporánea"

Hay algo de esa búsqueda en todo joven que cumple veinte años. Porque cumplir veinte no consiste en tener respuestas. Consiste en empezar a formular las preguntas correctas.

Los personajes que rodean a Shinji participan de la misma complejidad. Rei Ayanami, silenciosa y enigmática, parece vivir suspendida entre la humanidad y el misterio. Asuka Langley Soryu convierte la arrogancia en armadura para ocultar una fragilidad profunda. Misato Katsuragi ejerce de tutora mientras intenta ordenar sus propios fantasmas. Y Gendo Ikari, el padre de Shinji, permanece como una de las figuras paternas más inquietantes que ha producido la ficción contemporánea.

La audacia de Evangelion alcanzó su punto culminante en sus dos últimos episodios. En lugar de ofrecer una conclusión convencional, el creador de la serie, Hideaki Anno, abandonó la narración tradicional para sumergirse en el laberinto psicológico de sus personajes. El resultado fue tan desconcertante que dividió a Japón entre admiradores y detractores.

La controversia fue tal que poco después llegó The End of Evangelion, una película que proponía un final alternativo, más oscuro, más violento y más apocalíptico, pero igualmente obsesionado con las mismas preguntas existenciales.

"Lo que comenzó como una simple actualización visual acabó convirtiéndose en algo mucho más íntimo: una conversación entre el autor y su propia obra"

Décadas después, entre 2007 y 2021, Anno regresó a su creación con la tetralogía Rebuild of Evangelion. Lo que comenzó como una simple actualización visual acabó convirtiéndose en algo mucho más íntimo: una conversación entre el autor y su propia obra, una despedida tardía de los personajes que habían acompañado a varias generaciones de espectadores.

Treinta años después de su estreno, Evangelion (desde hace unos meses en Netflix) sigue fascinando porque habla de algo que no envejece. Los monstruos, los símbolos bíblicos, las conspiraciones y los gigantes mecánicos son apenas el decorado. El verdadero asunto es la fragilidad humana.

Quizá por eso la serie continúa encontrando nuevos seguidores. Porque, en el fondo, cuenta una historia tan antigua como la literatura misma: la de un muchacho que intenta comprender quién es y encontrar su lugar en el mundo.

Y esa batalla, a diferencia de las que libran los Evangelion, nunca termina.

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