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Polis y cacos, de Paloma Bravo

Polis y cacos, de Paloma Bravo

Una novela sobre las heridas del colegio y su potente onda expansiva. Un narrador colectivo reconstruye el pasado y el presente de un grupo de antiguos compañeros de clase, adultos que siguen cargando con lo que fueron, o con lo que los demás decidieron que les tocaba ser.

A continuación ofrecemos el arranque de Polis y cacos (Contraluz), una novela de Paloma Bravo.

*****

Álex

La lista, el guapo, la graciosa, el empollón, la deportista, el malote, la rara, el pelota, la mandona, el mimado, la gorda, el buenazo, la torpe, el zalamero…

Nos pasamos la vida intentando arrancarnos las etiquetas que nos ponen: pegajosas, incómodas, reduccionistas. Nos pasamos la vida, también, queriendo clasificar a los demás, archivarlos, controlarlos. Somos todos mucho más que una sola característica y un encajonamiento.

Aunque Álex era la guapa de la clase. Siempre lo fue.

La guapa de la clase, del curso y de todo el colegio. La niña a la que los mayores dejaban colarse en el comedor, a la que los pequeños llamaban «hada», así, todo seguido, «Álexhada»; dicho rápido, con miedo y admiración: alexhada, alesada.

Álex era una guapa de cuento: ojazos verdes, pelo larguísimo y rubio, sonrisa abierta.

Álex era un poco bruja y un poco buena, según. Era también muchas más cosas, pero no sabíamos verlas.

A los tres años habíamos entrado en el colegio y nos habían encerrado en un aula con otros veintitantos niños. En apenas unas horas, en unos pocos días, nos habían encerrado también en una etiqueta.

Si destacabas en algo, no cabían más trazos.

Álex, bellísima y veloz, enseguida se estrenó como leyenda. Corría como nadie y siempre ganaba a polis y cacos. Además, tenía ese nombre unisex, atípico, que sonaba extranjero. Eran años de Marías y Antonios, de Cármenes y Pablos, de Cristinas y Juanes.

Eran años de muchos hermanos y casi todos llegábamos al colegio ya con un rótulo. «Es el pequeño y me ha salido tímido». «Cuidado, que es mandona; tiene a sus hermanos tiranizados». «Parece pegón, pero es solo impulsivo…».

Podías jugar a los contrarios: tímido en casa y bufón en clase, charlatán en el colegio y ausente en tu propia cocina, pero… Al final siempre había cerca un hermano, un primo, el hijo de un amigo lejano de tus padres… Alguien que te alcanzaba con la maldición y te recordaba que no había escapatoria hasta que salieras del colegio a los dieciocho y pudieras empezar de cero.

Reconstruirte, elegir un carácter propio y no impuesto, reconocerte y quererte.

Quererte, por fin, como si nadie te hubiera hecho daño.

Álex no conseguía decidirse entre el bien y el mal, entre el hada y la bruja. Tampoco conseguía quedarse en el término medio, en algún gris, un mínimo matiz, alguna escala.

Su belleza era una bendición, su belleza era una condena.

Algunos días, sonreía y nos elegía a los más lentos para su equipo. Otros, se burlaba de nosotros y nos obligaba a jugar, aunque no quisiéramos, aunque no nos apeteciera perseguirla mientras ella, a mil metros de distancia, se reía con sus dientes perfectos y su melena larga, su aspecto de actriz de cine, de estrella cruel, de pesadilla.

La adorábamos y la odiábamos.

Tantísimos años después, algunos se han quedado a vivir en el pasado; es su época de esplendor y máxima felicidad. Otros preferimos vivir en el futuro, esperando una paz que no llega y un yo que no nos avergüence; esperando una vida sin miedos. Sin fantasmas. Sin etiquetas.

Tienes solo tres años y estás atrapado. Te libera un timbre cada tarde y, sin apenas respiro, otro —el del despertador— te devuelve a esa cárcel, ese experimento, esa miseria. Esos que ves a tu alrededor son tus compañeros de celda. Con suerte, tu pandilla. Alguno te incluirá en sus juegos. Con otros, fumarás canutos. Al menos uno te taladrará la autoestima. Quizá con dos o tres puedas compartir tus sueños.

Cuando tengas cuarenta años, cincuenta, y mires atrás, te darás cuenta de que te equivocaste cuando predijiste el futuro; el tuyo, los suyos: ¿a quién le ha ido bien? ¿Quién tiene más éxito? ¿Quién es más feliz? ¿Quién tiene menos miedo?

Todos nosotros habríamos apostado por Álex, por su triunfo arrollador. Pero es justo Álex, justo ella, quien…

No, eso no toca todavía.

Tomás nos pegaba. Estaba siempre enfadado.

El colegio estaba lejos del centro. Casi todos íbamos en ruta. Al salir, una decena de autobuses nos esperaban en la explanada. En la puerta, ninguna cuidadora, pocas madres y ni un solo padre. Por eso reconocíamos a la madre de Tomás, una mujer que nos parecía triste y bondadosa. Él nunca le daba la mano, ni la saludaba con cariño; nunca se tocaban. Salía y echaba a andar, sin mirarla, y ella le seguía hasta el coche, sin decir una palabra, sin intentar una caricia.

¿Nos daba pena? La verdad, no. No elucubrábamos; en aquella época veíamos, pero no entendíamos. No teníamos referencias.

Y Tomás nos pegaba.

No queríamos empatizar; no podíamos.

Unos años después, cuando a las niñas nos crecieron las tetas, nos elegía de una en una y nos arrastraba a un rincón solitario: nos sujetaba contra la pared y nos estiraba el jersey de pico para asomarse y vernos el pecho desnudo y vergonzoso, apenas escondido por un sujetador que necesitábamos y no queríamos llevar porque se marcaba a través del uniforme y los chicos nos tiraban de la goma por detrás, creyéndose mayores y muy graciosos, siendo solo unos niñatos previsibles.

Tomás nos aprisionaba y nos examinaba despacio las tetas, como si las midiera, como si las pesara. Al rato nos dejaba ir, sin una palabra.

Escapábamos despacio para que nadie lo notara; escapábamos sintiéndonos sucias, sintiéndonos culpables.

Los chicos fingíamos no verlo. Lo que Tomás les hacía a las niñas nos fascinaba y nos horrorizaba. Esa mezcla —fascinación y horror— se convertiría pronto en una constante de nuestra infancia.

Tomás llegó a pegar a una profesora, pero por eso no lo echaron.

Era un niño de pelo castaño, cortado a cepillo. Fuertote, no muy alto. Llegaba por las mañanas oliendo a colonia, con el uniforme limpio, perfecto; y salía por las tardes sucio y revuelto; cargado de polvo del recreo, de sudor, de barro.

Tomás pisaba, literalmente, todos los charcos. Y, metafóricamente, los generaba.

Ahora es consejero delegado de una constructora, la que fundó su abuelo y presidió su padre.

No lo hemos vuelto a ver.

Santi debe de tener su móvil porque, de pequeños, Santi le quería. Por alguna razón, lo defendía siempre. Lo «bancaba», que dicen los argentinos.

Santi era simpático, alegre, guasón. Listo, divertido, curioso. Santi era preguntón, alto, delgado, fibroso. Con el flequillo negro siempre larguísimo, la nariz llena de pecas y una sonrisa traviesa. Y no son etiquetas, sino admiraciones, recuerdos de ese amor que todas, todos, compartíamos por Santi.

Siempre hablábamos de él con unos puntos suspensivos que eran un suspiro de arrobo y encantamiento. Por eso acatábamos su apoyo a Tomás, aunque ni lo entendíamos ni nos gustaba. No podía gustarnos.

Lo que queríamos es que Santi se fijara en alguno de nosotros. Que nos eligiera de pareja, de mejor amigo. Que nos iluminara. Que nos encumbrara. Que nos defendiera. Que nos diera sentido.

Y Santi nos trataba a todos igual, con sonrisas, sí, y con ligereza.

Santi era el único que podía alcanzar a Álex. Atraparla corriendo y, a veces, para felicidad de todos los demás, frenarla en seco.

—Que no seas plasta, rubia, que hoy no jugamos a polis y cacos…

«Santi…». Puntos suspensivos. Suspiro.

Un suspiro de amor; amor platónico y, por tanto, eterno.

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Autor: Paloma Bravo. Título: Polis y cacos. Editorial: Contraluz. Venta: Todostuslibros.   

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