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1 de julio de 1936: Movimiento en los cuarteles

1 de julio de 1936: Movimiento en los cuarteles

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

1 de julio de 1936: Movimiento en los cuarteles

¿Cómo está todo?

—Calentito, calentito. Cada vez hay más movimiento. Pon aquí un vermú, compañero. Y otro para el camarada Líster.

Los gruesos labios de Enrique Líster, en medio de la cara bien rasurada, compusieron una mueca preocupada. Volvían a quedar a última hora en una tasca cerca de San Bernardo. La guarnición de Madrid estaba repartida en cuarteles y solo los principales, la Montaña y el Parque de Artillería, quedaban dentro de la ciudad. Los demás (Leganés, Getafe, Campamento, Cuatro Vientos, Vicálvaro o El Pardo) formaban un cinturón periférico que Líster seguía pugnando por controlar.

Su hombre en la Infantería vivía en la calle de los Reyes y solía bajar a tomar algo cada noche, después de ponerse de paisano. Hoy tenía delante una grasienta fuente de callos. Se notaba que era soldado en el cráneo rapado, las mejillas afeitadas. Eso contrastaba con el aspecto descuidado de la restante clientela. Pero todos conocían a Abad. Se sabía que era miembro del Partido. Los comunistas tenían aquí uno de sus lugares de encuentro.

"La vida parecía más amable. Y sin embargo a Líster, en un estado permanente de guerra, le sorprendía que se pudiera aún vivir como en una gran balsa de aceite"

—Pues esto aún se va a poner peor —dijo Líster.

Él venía de los jardincillos de plaza de España, donde los burgueses aprovechaban el buen tiempo para tomar refrescos, aposentados en sillones de mimbre. El verano empezaba a invadir la ciudad, abriendo balcones y ventanas, sacando a los porteros de los edificios, adornando los alféizares con botijos. La vida parecía más amable. Y sin embargo a Líster, en un estado permanente de guerra, le sorprendía que se pudiera aún vivir como en una gran balsa de aceite. Los veía de pasada, en las terrazas, y tenía la impresión de pertenecer a otra raza. No ya por su aspecto de miliciano, con pistola ostentosamente a la vista, sino por la tensión nerviosa que nunca le abandonaba.

Parecía mentira que estuvieran en una ciudad paralizada por las huelgas, con grupos de trabajadores que se paseaban controlando los tajos, guardias apostados en todas las calles céntricas.

A Líster siempre le sorprendió la obsesión de los madrileños por lustrarse los zapatos. Incluso en plena huelga general, los había que se paraban en los limpiabotas. Era un gremio, el de los limpiabotas, que encima se quejaba de que, desde la victoria del Frente Popular, se veía cada vez menos gente trajeada por la calle.

Hasta en Alcalá, las terrazas perdían concurrencia.

Y si el ambiente en las calles se enrarecía por momentos, en los cuarteles era peor. En lo que iba de semana, Abad era el cuarto de sus contactos que le transmitía su inquietud. En su regimiento de Infantería, solo en su compañía, de un centenar de soldados, había noventa controlados por el Partido.
Era una auténtica fortaleza roja, y Abad se enorgullecía de ello.

—En el cuartel hacemos guardia día y noche acechando a los que traman la sublevación. También economizamos municiones, si hay ejercicio de tiro. Tenemos escondidos miles de balas y dominamos el polvorín del regimiento —dijo, terminándose los callos—. Por su parte, los fascistas le quitan los cerrojos a los fusiles. Los esconden para inutilizarlos. Y tienen cincuenta mil cerrojos almacenados en el cuartel de la Montaña. Estamos todos jugando al gato y al ratón. He oído decir que el coronel del Parque de Artillería, so pretexto de limpiarlos, ha conseguido que le entreguen cinco mil fusiles. Pero no te preocupes, camarada Líster, que, independientemente de lo que pase en otros cuarteles, en el mío, el Partido domina los puntos estratégicos. El mando no lo sabe, pero ahora mismo son prisioneros nuestros.

Líster expresó su satisfacción con un gruñido. Había que impedir por todos los medios que las tropas, cuando se sublevasen los fascistas, saliesen a la calle. Eso era, cada vez más, su objetivo.

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