Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Jueves, 2 de julio de 1936: Azaña en Las Ventas
Buenos días, señores.
—No se lo tome a mal. Hemos tenido un San Isidro muy raro —dijo su secretario—. Hasta en los toros se notan las turbulencias.
Azaña ya sabía que el quince de mayo, cuando tradicionalmente se inaugura la temporada de abono, no hubo corrida. Los diestros Ortega, Lalanda y Bienvenida se negaron a actuar con el mejicano Armillita, aduciendo que no tenía su carta de trabajo en regla. En palabras del ABC: «La fiesta de los toros, por esencia alegre y luminosa, ha sucumbido también a la presión del ambiente, triste y agrio». Encarcelados sus promotores, la gente del toro dejó de formar parte del reducido número de ciudadanos que no pasaba algún tiempo en la Modelo. Con este ambiente, y teniendo en cuenta que la huelga de la construcción seguía, se estaba celebrando, pese a todo, la famosa corrida de la Asociación de la Prensa.
—¿Se siente usted bien, presidente?
—Perfectamente, gracias.
A Azaña no le entusiasmaban los toros (se sentía más cómodo en la feria del libro, por ejemplo), pero como presidente de la República tenía obligación de presidir las corridas de más tronío. Y la de la Asociación de la Prensa lo era. Los toros eran, junto con el fútbol, de los raros reductos aún no politizados de la vida madrileña, visto que ya el teatro lo invadía la astracanada política y antirrepublicana de Muñoz Seca. En los toros, los conflictos nunca pasaban de las protestas cuando los matadores no cumplían. A lo más, se lanzaban almohadillas a la presidencia. Ese año, de la corrida de la Prensa, a Azaña le gustó el cartel de Teodoro Miciano: un chispero jactancioso sobre fondo de recortes de periódicos. Lo prefería al premiado el año pasado, un toro muy manido que brincaba sobre la cartelera.
La ocasión era solemne y la plaza de Las Ventas, llena a rebosar, estaba engalanada con mantones de Manila. El cartel lo encabezaban Manolo Bienvenida; Domingo Ortega, simpatizante de la CEDA, quien más en forma estaba; Rafaelillo, y Jaime Pericás. El ganado, ocho bichos de Murube cuyo buen trapío apreció el público cuando fueron desencajonados en la plaza, a su llegada a Madrid. El día era magnífico. Con el calor, las mujeres sacaban a relucir sus abanicos. Al rato, el espectáculo arrancó con la estrella del baile flamenco, Custodia Romero, ataviada a la andaluza, que exhibió su destreza como amazona y pidió la llave de los toriles. El presidente Azaña agradeció, con una nueva sonrisa detrás de sus gafas, la tibia ovación del público, y salió el primer toro.
Con la multitud aún fría en los primeros lances, Azaña se inclinó hacia su secretario, que le puso al tanto de los últimos incidentes de la huelga y explicó que la CNT había enviado a los patronos una carta encabezada con un «muy señores nuestros», donde se les hacía saber que no estaban dispuestos a considerar ninguna propuesta fuera de lo acordado en su asamblea magna y que solo aceptarían negociar, al margen de toda mediación oficial, directamente con la patronal.
—No ceden. Y los ugetistas, al haberse retirado del jurado mixto los patronos y aceptar este sus reivindicaciones, confían en que el Gobierno pondrá las fuerzas del orden público a su servicio para obligar a la patronal a cumplir el fallo. Por su parte, los patronos entablan recurso contra el decreto de readmisión de despedidos. Y ya vio el alboroto que volvió a armar ayer en las Cortes Calvo Sotelo…
Calvo Sotelo había establecido un parangón entre la Italia de 1920, antes del golpe de Mussolini, y la España actual. En su opinión, la solución a la situación política no podía venir ni del Parlamento ni del Gobierno, solo del Estado corporativo.
—Seguimos erre que erre. Este hombre va a acabar mal… —murmuró Azaña, disgustado.


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