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La soportable levedad del ser

La soportable levedad del ser

Si comparamos a Geoff Dyer con cualquiera de los miembros de la Generación Granta de la cosecha de 1983, vemos rápidamente que lo que los diferencia son sus focos de interés, el punto de vista que utilizan, la ambición y, por supuesto, la seguridad con la que se mueven en los géneros que cultivan. Martin Amis, Julian Barnes, Ian McEwan, Salman Rushdie o Kazuo Ishiguro siempre parecen estar escribiendo «la gran novela británica» o «la gran novela europea» como otros parecen estar escribiendo «la gran novela americana». Dyer, sin embargo, se conforma con escribir «el nuevo libro de Geoff Dyer», porque nunca escribe dos libros iguales y porque sus aspiraciones no son las de quienes pretenden explicar por qué la cultura europea es preferible a cualquier otra cultura, por qué el humanismo ha entrado en decadencia o por qué tenemos que hacernos preguntas cuando nuestra especialidad es responderlas. No, definitivamente no. Si hay algo que Dyer no hace es escribir libros programáticos. Tampoco le da demasiada importancia a su estatus intelectual, más atento a su posible interés literario.

Tareas, sin embargo, es un libro que pretende encontrar lo que los demás suyos desestiman: un centro. Si en sus otros libros lo vemos en perpetuo movimiento, aquí lo encontramos en un hogar británico de clase trabajadora, durante las décadas de los sesenta y los setenta. El colegio, los padres, los primeros besos, los amigos, la música, los libros, las peleas… Y todo lo que uno podría imaginar sobre el origen de una persona, sin el aderezo de los acontecimientos extraordinarios. No estamos ni en una novela de Charles Dickens ni en un volumen de memorias como Experiencia, de Martin Amis. A nuestro autor no le golpean grandes reveses y tampoco toma parte en películas ni juega con hijos de ministros y diplomáticos. Su vida es más bien anodina, en el sentido en que cualquier vida podría serlo, aunque también es extraordinaria porque un escritor extraordinario nos la cuenta, entregándonos inesperados tesoros antes de que lo que narra se disuelva. Sobre sus juegos con sus vecinos, por ejemplo, dice que en ellos era recurrente evocar la Segunda Guerra Mundial, como si el pasado no se hubiera ido del todo. Él y sus amigos se convertían en oficiales y soldados, en lucha unos con otros no por una condecoración sino por un premio aún mayor, que era morir. Porque, como nos dice Dyer, morir en aquellos juegos era la premisa necesaria para sentirse vivo. Morir era participar en la gloria de haber sido británicos y de continuar siéndolo, de haberlo aprendido todo de un pasado glorioso y mantener su llama encendida en el presente. Para vivir, era preciso fingir el trámite de morir, porque a la sociedad británica no hay actos que le resulten más fascinantes y solemnes que las coronaciones y los entierros, cuando los mortales adquieren su aura especial, su pedigrí, cuando se convierten en un trozo de tiempo e Historia con mayúsculas o en un fragmento de la tradición.

"Vive en una torre, solo, y no en una universidad, venerado. Con él, desaparecen los narradores omniscientes y heterodiegéticos, sustituidos por los frágiles e inconsistentes narradores en primera persona"

Dyer, por supuesto, arriesga en este libro, como en cualquiera de los suyos. Su afán de riesgo es el de autores como Patrice Modiano o Annie Ernaux, cuyas obras eran desestimadas hasta no hace demasiado tiempo por ser poco ambiciosas, por no aspirar a convertirse en oráculos capaces de decirle a sus lectores cómo funciona la máquina del mundo. No solo se desestimaban a causa de su mermado nivel intelectual sino también por su fraseo, de oraciones facilonas y comprensibles, a diferencia de las de los grandes estilistas, siempre en el mismo límite de lo soportable y de lo comprensible. A Modiano, Ernaux y Dyer se los lee con facilidad y hasta se los entiende, rasgos de autores de medio pelo, al menos para los popes del ancien régime literario. Pero lo que ellos han venido a dejarnos claro es que los análisis psicológicos o sociológicos de nuestras sociedades, en su conjunto, requieren una alta dosis de soberbia y temeridad, sobre todo cuando los hacen burgueses acomodados con la pretensión de comprender a la clase trabajadora mejor que ella misma. Quizás si empezamos por conocernos a nosotros mismos podamos encontrar un punto de arranque fiable para elaborar teorías. Eso es lo que hace a la perfección un libro como Tareas, obsesionado con un punto de vista estable, que al principio se le resiste a su autor, porque se da cuenta de que sin sus padres, las tradiciones de la ciudad donde nació y creció, sin sus amistades y ciertos ritos de paso, no habría encontrado jamás una voz propia. Y también se da cuenta de que encontrar una voz propia consiste en alejarse de los demás, comenzar a hablar por uno mismo, desconociendo cada vez más a quienes nos rodean. De ahí que de pronto, mediado el libro, los padres a quienes Dyer adoraba en las primeras páginas se conviertan en extraños. De ahí que los juegos compartidos den paso con la juventud a horas interminables en el interior de una habitación propia. De ahí que las endorfinas, la dopamina y la adrenalina den paso con la edad a la testosterona, los estrógenos y la prolactina. De la actividad física se pasa a la actividad sexual, a medida que nos adentramos en el texto. Uno deja de actuar y desea. El deseo, no obstante, es algo incomprensible, fuera del alcance de nuestro intelecto. Eso hace que uno de pronto se distancie de sus padres, a quienes no desea y ya ni siquiera sabe cómo seguir queriéndolos (porque querer entonces se convierte en un territorio confuso), y establezca lazos con personas a quienes no conoce, lazos establecidos a partir de leyes tan ingobernables como las de la atracción.

"Nunca podemos estar realmente seguros de cuándo comienza nuestra historia. La de Dyer, sin ir más lejos, comienza con edad para jugar con sus amigos a la guerra"

Lo que Dyer hace en Tareas es un poco lo que hace uno cuando se mira al espejo. Se trata de un cambio profundo en ciertos motivos pictóricos, que a su vez son cambios profundos en nuestra manera de concebir el mundo y de actuar en consecuencia ante él. Podría decirse que es algo así como la transformación del fresco La escuela de Atenas, de Rafael, en el cuadro Un filósofo ante el espejo, de Ribera. Poco menos de 125 años de historia europea y de historia del arte dejan de lado al filósofo cuyo conocimiento avanza al mismo tiempo que su diálogo con las grandes mentes de su época, para retratarlo en soledad, frente a su propia imagen, preguntándose quién es, que a esas alturas ya es el único conocimiento fiable al que puede aspirar. Dyer, en ese sentido, es alguien mucho más cerca de Michel de Montaigne que de Francis Bacon. El suyo es el universo del «yo» y no del «vosotros». Vive en una torre, solo, y no en una universidad, venerado. Con él, desaparecen los narradores omniscientes y heterodiegéticos, sustituidos por los frágiles e inconsistentes narradores en primera persona, siempre ingobernables para quienes gustan más de las teorías mayestáticas.

Mi mujer dice a menudo que para ella una casa solo necesita cortinas y alfombras para proyectar la imagen de un hogar. No sé por qué esa frase la he tenido muy presente mientras leía Tareas, quizás por su austeridad y por la capacidad metonímica de las cortinas y las alfombras. Dos elementos nos bastan para tener la idea de que un hogar se construye y no es simplemente el lugar donde uno vive, un poco como le sucede al pasado, que es algo que se reconstruye y no es simplemente una excusa para evocar cosas. El pasado y el hogar son los dos elementos principales de este libro de Geoff Dyer, son sus cortinas y alfombras, son sus recordatorios de que uno no regresa o no solo regresa, algo cambia, algo estructural o íntimo. Por eso en el libro hay un salto final entre la década de los setenta y el año 2022, cuando Dyer regresa a Cheltenham, a ver lo que queda de lo que fue y lanzar sobre sus ruinas una mirada nueva, sin ira ni nostalgia, tan solo con la convicción de que no se puede desestimar nada de lo que nos ayudó a ser lo que somos, ni siquiera lo más ridículo. Eso explica que una competición que se lleva celebrando cientos de años, «desde los tiempos de William Shakespeare», colina abajo en pos de un queso rodante (como lo leéis), pase a tener un significado especial cuando Dyer recuerda que uno de sus tíos quedó tercero en 1962 y que esa, para mucha gente, fue la mayor hazaña que realizó en toda su vida.

"Te conviertes en lector porque eso va asociado con convertirte en una persona libre, capaz de pensar por encima de tu propia tradición, y luego te conviertes en escritor porque quieres participar en ese acto emancipador que es la lectura"

Los últimos días de Roger Federer y otros finales fue el libro anterior a Tareas. En el primero nos cuenta los últimos partidos de un gran tenista y mezcla las voleas con las últimas obras de músicos, actores, novelistas, poetas o pintores, todos ellos en lucha contra el paso del tiempo y la decrepitud, intentando mantener en su estilo crepuscular la llama de sus inicios. Y en este último nos cuenta que no hay un comienzo que no lo sea en falso, porque nunca podemos estar realmente seguros de cuándo comienza nuestra historia. La de Dyer, sin ir más lejos, comienza con edad para jugar con sus amigos a la guerra, porque todo lo anterior entraría en un terreno especulativo adonde no llega la memoria y porque a él no le importa especular, aunque solo hasta cierto punto. No quiere caer en las lacras de la literatura a la que ha renunciado desde el comienzo de su carrera, cuando prefirió centrarse en sus propias limitaciones y renunció a los delirios que durante cientos de años les han hecho creer a algunos escritores anglosajones que el mundo se organiza con ellos de centro absoluto. Hay, por tanto, muchos finales posibles, del mismo modo que hay muchos principios posibles. Los de Dyer tienen que ver mucho con la tradición, pero ante todo tienen que ver con la ideología, algo en lo que rara vez se repara cuando se reseña sus libros, a los que se suele manipular como si se tratase de simples golosinas.

El propio Dyer, en una entrevista, reconocía que para él escribir se convirtió en un acto liberador, como antes lo había sido leer. Te conviertes en lector porque eso va asociado con convertirte en una persona libre, capaz de pensar por encima de tu propia tradición, y luego te conviertes en escritor porque quieres participar en ese acto emancipador que es la lectura. «Mi relación con Barthes y Williams era de amor. Y estar enamorado de algo o de alguien siempre es transformador, al menos durante algún tiempo. Recuerdo vívidamente la fuerza con la que sentí que la corriente del pensamiento de Williams me recorría por todo el cuerpo mientras leía las últimas páginas de Culture and Society en un autobús, camino de una cita con una novia en Sydenham a principios de los ochenta. Poco después leí The Country and the City, esa parte increíble sobre las casas de campo inglesas en la que, tras reconocer su esplendor, nos pide que lo pensemos como trabajo: sin duda uno de los pasajes más poderosos de la prosa inglesa. Y sentí una gran afinidad temperamental con The Making of the English Working Class, de E. P. Thompson, que Eagleton había recomendado, creo que en su introducción a la conferencia de Williams. El énfasis en la experiencia y la fidelidad a ella (casi sin importancia en las abstracciones de Althusser, por ejemplo) se acercaba, por supuesto, a otra experiencia: la lectura de libros de ficción.»

"Álvaro Cunqueiro me aclaró que saber leer o hablar latín no te convertía en un habitante del Imperio Romano, tan solo en un traductor más fiel que quienes pretendían hacerlo comprensible escribiéndolo en gallego, castellano o cualquier otra lengua"

A punto de acabar la educación primaria, uno de mis profesores en el Colegio Altamar asignó a cada estudiante de mi clase una disciplina para que investigásemos y luego redactásemos textos para una enciclopedia que él proyectaba publicar sobre Vigo. A mí me tocó la Botánica. ¿Qué sabía yo al respecto en aquella época? Más bien poco, aunque era capaz de entrar en un bosque y distinguir entre carballos (robles) y castaños, o entre pinos y eucaliptos. Quien más parecía saber de la familia era mi abuela materna, que tenía un poco de meiga porque siempre nos preparaba infusiones con plantas raras, contra el catarro, la inapetencia o la falta de sueño. Pero quien de verdad me ayudó fue mi padre. En aquella época Álvaro Cunqueiro para mí solo era un nombre, por eso cuando mi padre me lo presentó en la Biblioteca Penzol no mostré el asombro y la veneración que habría sentido ahora. Tampoco sabía que aquella biblioteca fue y sigue siendo la mejor que existe para temas relacionados con Galicia. Mi padre iba allí con regularidad para trabajar en su tesis. Recuerdo la primera frase que me dijo Álvaro Cunqueiro como si me la estuviese diciendo ahora mismo: «Para saber lo que hay es preciso saber lo que hubo, porque así se puede prever lo que habrá y podemos prevenirnos contra lo que podría no haber, por si en algún momento lo necesitásemos». También recuerdo sus palabras al describir la Botánica como un asunto mágico, que en Galicia había estado durante siglos en manos de druidas y meigas. Lo que más me impresionó fue escucharle decir frases en latín mientras leía una página de uno de los diez o doce libros que me había cogido de diferentes estanterías, para que investigase. Luego me enteré de que leer latín en voz alta fue durante décadas algo normal entre los estudiantes de los colegios e institutos gallegos relacionados con la Iglesia. Mi padre estuvo varios años interno en uno donde incluso aprendió a hablarlo para las cosas más simples, como dar los buenos días o las buenas noches. Álvaro Cunqueiro me aclaró que saber leer o hablar latín no te convertía en un habitante del Imperio Romano, tan solo en un traductor más fiel que quienes pretendían hacerlo comprensible escribiéndolo en gallego, castellano o cualquier otra lengua. En Europa, según él, todos éramos más traductores que hablantes. No decimos las cosas como quisiéramos sino más bien como creemos que a otros les gustaría escucharlas, para así entendernos y contestarnos. El problema con el latín es que ya era entonces, cuando comencé mi investigación sobre la botánica viguesa, una lengua muerta y por lo tanto no era posible traerla de vuelta a la vida, ni siquiera leyéndola en voz alta como hizo aquel primer día Álvaro Cunqueiro. Observando años después la escritura jeroglífica en las paredes de las tumbas del Valle de los Reyes en Egipto me sorprendí al pensar que lo que yo observaba como un feliz misterio, fue contemplado antes por quien lo había escrito (dibujado), y quizás entonces él y yo, sin saberlo, nos contemplábamos, nos escuchábamos, nos hablábamos, como si el dial de una radio hubiese registrado nuestras frecuencias al mismo tiempo, en ese territorio donde todavía puedo ver y oír con claridad a Álvaro Cunqueiro… y a mi padre. Cuento esto para dejar claro que, en el fondo, el gallego para mí es la lengua que ahora mismo me permite hablar con los muertos, por eso no la hablo con mis hermanas aunque ellas la usen habitualmente, porque siguen viviendo en Galicia. Siento que si hablase con ellas en gallego, algo que con mi hermana mayor no volví a hacer desde los cinco años y con mi hermana pequeña jamás hice, las convertiría en extrañas. Claro que seguramente son ellas las que me ven a mí como un extraño cuando les hablo en castellano.

Dyer, en Tareas, ha regresado al pasado para constatar lo que sobre él nos decía el novelista L. P. Hartley: que «es un país extranjero donde las cosas se hacen de manera distinta». Encontrar sitio allí no siempre es fácil, porque ya no sabemos si nos pertenece o si no nosotros pertenecemos a él. En esa inseguridad dramática se mueve este libro bello y profundo como pocos, que nos recuerda que a los grandes escritores los queremos porque, traten el tema que traten, siempre consiguen resultarnos frescos y nuevos.

"Amis, McEwan o Ishiguro fueron o son grandes y perfectos, aunque a veces hayan tenido ocurrencias propias de un chorlito; Dyer & Co. fueron enamoradizos, inseguros, atribulados, y vivieron su infancia y juventud de torpe manera"

Muchas veces, cuando hablo sobre literatura británica reciente con los amigos, les explico que yo a los libros de la promoción Granta de principios de los 1980s, como a las enciclopedias y la mayoría de los ensayos, siempre voy de visita; a la de Dyer, Philip Hoare o Joanna Walsh, como a los álbumes de fotos, voy porque es como si viviese en sus libros. Con eso no quería decir que desdeñe a los primeros, tan solo que el tamaño colosal de sus obras y sus personas (premios Nobel, Booker, Princesa de Asturias y solo Dios sabe qué más), la admiración que suscitan y los rótulos institucionales que los reclaman para cualquier canon, me invitan a dejarlos en las buenas manos de las academias, que sabrán qué hacer con ellos. Yo prefiero a Dyer & Co. porque los veo menos como productos de la tradición y más como inventos de otros escritores y lectores diminutos o casi anónimos, que ellos han convertido en sus héroes secretos. Algunas frases de Amis, McEwan o Ishiguro podían utilizarse para argumentar algo ante los representantes de la ONU, las de Dyer & Co., sin embargo, las veo más para los posts de las redes sociales o para los mensajes de amor. Amis, McEwan o Ishiguro fueron o son grandes y perfectos, aunque a veces hayan tenido ocurrencias propias de un chorlito; Dyer & Co. fueron enamoradizos, inseguros, atribulados, y vivieron su infancia y juventud de torpe manera. Con todo esto quiero decir que los primeros son el típico descubrimiento de las edades tempranas (que suelen ser grandilocuentes) y que los segundos son el típico descubrimiento de las edades tardías (cuando las pasiones se atemperan y uno aprende a valorar cosas menos obvias, más sutiles, como el estilo y los argumentos de Dyer & Co.). Estos últimos son contrapesos para que el tiempo no avance demasiado aprisa, para evitar argumentos demasiado contundentes y para mantener viva la llama del amor (hacia nuestros padres, nuestros vecinos y primeros amigos y primeras novias) aunque de él ya solo quede el recuerdo.

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Autor: Geoff Dyer. Título: Tareas: Unas memorias. Traducción: Damià Alou. Editorial: Random House. Venta: Todos tus libros.

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