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Vente al campo, Pepe

Del mismo modo que en los años sesenta se exhortaba a los españoles a hacer las maletas rumbo a Europa para encontrar trabajo, observo con estupor cómo ahora los gobiernos autonómicos insisten desde las televisiones regionales en que la juventud se quede en el rural. El mensaje es constante; las ayudas, en cambio, brillan por su ausencia, llegan tarde o acaban siempre en manos de los cuatro de siempre.

También abundan en los medios digitales esas “noticias” sobre personajes que un día decidieron dejarlo todo en la ciudad y se fueron a vivir al campo. Allí, según cuentan, sobreviven felices con 200 euros al mes mientras reconstruyen con sus propias manos una casa de dos siglos. A ellos no les afectan los precios disparatados de los combustibles, ni la subida de los materiales, ni la falta de mano de obra que lleva a cualquiera a fantasear con secuestrar a un albañil. Se ve que se bastan y se sobran, y con 200 euros al mes.

"Quiero plantear la pregunta de por qué alguien en sus cabales querría irse a vivir al rural en pleno siglo XXI. Especialmente si no le sobra el dinero"

En otra ocasión ya escribí aquí una guía de supervivencia para aspirantes al rural, con algunas consideraciones básicas que cualquiera con dos dedos de frente debería hacerse antes de comprar una casa fuera del ámbito urbano. Hoy, más que dar consejos, quiero plantear la pregunta de por qué alguien en sus cabales querría irse a vivir al rural en pleno siglo XXI. Especialmente si no le sobra el dinero.

Porque en cuanto llega mayo, cualquier habitante del rural vive pendiente del fuego y de la falta de agua, incluso en lo que fue el rincón más verde de España. Si la idea que le impulsa es tener una piscina para chapotear o una vida sin sobresaltos, va mal: lo más probable es que su piscina acabe sirviendo para llenar un hidroavión.

¿Encontrar una casa barata y vivir aún más barato? Difícil. En los últimos dos años el valor de las propiedades en el rural se ha disparado entre un 15 y un 25%. Los chollos sólo aparecen cuanto más lejos se está de los núcleos poblacionales, es decir, en medio de la nada. Y teniendo en cuenta que las comunicaciones brillan por su ausencia —o conduces o no hay autobús ni tren que te lleve a ninguna parte—, ya pueden ser buenas las carreteras. Spoiler: no lo son.

Así que si no es por tranquilidad ni por baratura, ¿por qué irse a vivir al campo? Podría parecer que lo que pretendo es que nadie venga y dejarlo sólo para los que ya vivimos en él. Pudiera ser, ermitaña que es una. Pero no.

Siendo más caro de lo que solía, sigue siendo más barato que vivir en la ciudad. Es una inversión de futuro. Siendo más ruidoso de lo que era, sigue siendo más tranquilo que tener un bar debajo con una terraza que te impide abrir la ventana incluso en plena ola de calor.

Creo que el rural es una oportunidad para quienes quieren hacer las cosas de otra manera. Para quienes no necesitan estar en el centro de todo, sino convertir el lugar en el que están en su centro vital. Para quienes piensan a largo plazo y no les da miedo mancharse las manos. Para quienes, además de trabajar con la cabeza, disfrutan desarrollando habilidades manuales. Para quienes quieren estar en contacto con la naturaleza y con los animales.

Para los que están cansados de que les digan que sólo hay una forma de vivir. Para los que saben que el mundo no se acaba en las redes sociales y prefieren disfrutar del momento antes que subirlo a Instagram. Para los que están hartos del postureo, de pagar 800 euros por un zulo de 20 metros cuadrados, de pasarse una hora diaria en el coche para ir y volver del trabajo. Para los que sólo ven a sus hijos media hora antes de que se metan en la cama. Para los que conocen mejor la vida de sus vecinos por la calidad de los tabiques que por hablar con ellos en el ascensor.

"Cuantos más seamos, más obligados estarán los políticos a desarrollar lo que de verdad importa para fijar población: comunicaciones, servicios, vivienda"

Para toda esa gente, quizás no sea mala idea intentar una vida en el rural. Cuantos más seamos, más obligados estarán los políticos a desarrollar lo que de verdad importa para fijar población: comunicaciones, servicios, vivienda. ¿Un éxodo ciudad‑campo a la inversa del de los años sesenta? El neorruralismo es un goteo constante, pero nunca será una riada hasta que esos tres pilares estén garantizados. Quizás este sea el momento de exigir que empiece a cumplirse.

La Unión Europea acaba de anunciar su estrategia del Derecho a permanecer (Right to Stay), cuyo objetivo es garantizar que vivir en un entorno rural sea una opción real, digna y libremente elegida, eliminando la migración forzada a las ciudades por falta de oportunidades. Sobre el papel, las administraciones locales deberán asegurar conectividad digital con fibra y 5G, centros de salud operativos, atención específica para la tercera edad, escuelas rurales abiertas, autobuses a demanda, empleo local e incentivos para jóvenes agricultores.

Todo precioso, sí. Pero conviene recordar que es la misma Unión Europea que acaba de dejar a agricultores y ganaderos con el culo al aire gracias a sus acuerdos con Mercosur.

Quizás el verdadero derecho a permanecer empiece cuando dejemos de hablar del rural como un decorado y lo tratemos, por fin, como un lugar donde vivir.

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