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Historias de verano (I): El verano en el que Hermie perdió la mocedad

Historias de verano (I): El verano en el que Hermie perdió la mocedad

Hace apenas unos días leí un cuento sobre sirenas criollas de una escritora haitiana, Erin E. Adams, incluida por Jordan Peele en Ahí fuera gritando (Minotauro, Barcelona, 2024). Lasirèn es su título y su arranque me tiene levitando desde entonces. Reza así: “Cuando intento envolver con los labios una historia, que se supone que no debería contar, me sabe amarga en la lengua”.

Muchas de esas historias, que su protagonista debería callar, porque nacen para la evocación silenciosa, por el lugar que ocupan en lo más íntimo de nuestra educación sentimental, suceden en verano. El estío es la estación más sensual del año, el tiempo por excelencia de la adolescencia y la juventud. Y la de Hermie (Gary Grimes) en Verano del 42 (Robert Mulligan, 1971) fue una historia que los hombres que fueron niños, cuando “los niños tardábamos mucho en entender nuestros sentimientos”, ni debían, ni solían contar. Solo los farfollas hablaban de cosas así. De hecho, Hermie —un adolescente de quince años que pasa el estío aludido en Packett Island, territorio ficticio, si bien trasunto de Nantucket (Nueva Inglaterra)— se niega a lo largo de todo el metraje a contar a Oscy (Herry Houser), su “primer mejor amigo”, y a Benjie (Oliver Conant), su segundo camarada, lo que le lleva y le trae a la casa de Dorothy (Jennifer O’Neill), quien, pese a tener solo 25 años, para Oscy ya es una “vieja”.

"Tenido por un hombre del Régimen, al doctor López Ibor se le consentían procacidades que no se le hubieran permitido a ningún otro autor. Aunque, a decir verdad, la censura de los libros era bastante menos rigurosa que la de las películas"

Los del verano del 42 eran adolescentes a los que, nadie, ni padres ni educadores, había hablado nunca de sexualidad. Aún faltaban algunas décadas para que la educación sexual empezase a normalizarse entre los adolescentes. Así que, salvo quienes tenían un amigo, que a su vez tenía un hermano mayor ya ducho en los placeres de la carne —o que pretendía hacérselo creer cuando hablaba de ellos a los otros muchachos—, la ignorancia en estos menesteres era considerable. De hecho, aunque Oscy tiene uno de esos hermanos mayores que le ha regalado un preservativo, debe de enterarse de cómo va la cosa en un tratado de medicina —que hacen robar a Benjie de la biblioteca de sus padres— llegado el momento de intentarlo con Miriam (Christopher Norris) en la playa.

Aquí en España, treinta años después, cuando los niños aprendíamos por nuestra propia cuenta a defendernos y por un procedimiento semejante descubríamos a trompicones, malamente, la sexualidad, el equivalente a ese volumen que Benjie roba a sus padres para que sus amigos se ilustren, era El libro de la vida sexual (Danae, Barcelona 1968), de Juan José López Ibor. Tenido por un hombre del Régimen, al doctor López Ibor se le consentían procacidades que no se le hubieran permitido a ningún otro autor. Aunque, a decir verdad, la censura de los libros era bastante menos rigurosa que la de las películas.

"De pronto dejan de ser esas amigas, buenas per se, que habían sido en los juegos de la infancia y no las sabes ni hablar. Te aterra que se den cuenta de cómo has empezado a pensar en ellas"

Los tres amigos de aquel verano en Packett Island están en esa edad feliz en que se descubre la sexualidad, y no parecen ver más que la ropa interior de Dorothy secándose al Sol, a ella bronceándose en un rincón apartado de la playa o jugando con su marido, antes de que el tipo se la cargue al hombro y la meta en la casa, presto a entregarse a lo que los jóvenes mirones —que tanto nos recuerdan a los mocosos, protagonistas del cortometraje homónimo (Les Mistons, 1958) del gran Truffaut— no cesan de imaginar, la cinta de Mulligan no tuvo los problemas con la censura que cabía esperar en la cartelera española de hace 55 años. Y eso que trata de algo tan común a los primeros veranos del ser humano como es el descubrimiento de la sexualidad. Lástima que no fuera ese el caso de Adiós cigüeña, adiós (1971) o ¡Ya soy mujer! (1975), ambas de Manuel Summers, también sobre el despertar a la concupiscencia de las jóvenes almas.

Hay un tiempo en la adolescencia masculina, a cuyo recuerdo vuelvo con suma frecuencia desde que mi camino se acerca a pasos agigantados hacia el Oeste, hacia el ocaso de mis días. Es aquel en el que las chicas te empiezan a inspirar de diferente forma. De pronto dejan de ser esas amigas, buenas per se, que habían sido en los juegos de la infancia y no las sabes ni hablar. Te aterra que se den cuenta de cómo has empezado a pensar en ellas.

"Oscy no busca más que el alivio rápido que Miriam le acabará por dar. Benjie aún no ha llegado a ese verano en que cambia la percepción de las chicas"

Esa nueva visión de las chicas —en las que comienzas a percibir a la mujer que entrañan— sería tan grata y apacible como el verano en el que suele sobrevenir; tan dichosa como aquel deseo de llevar pantalones largos —como los hombres—, que teníamos aquellos niños de los años 60, que también tardábamos mucho más en comprender nuestros sentimientos que en aprender a defendernos solos. Pero de pronto todo eran brumas porque no sabías cómo obtener de las chicas eso que te empiezan a inspirar. “Hay que hablarles”, explica con muy buen criterio Oscy. Pero hay que atreverse a hacerlo y apenas se sabe qué decirles.

Oscy no busca más que el alivio rápido que Miriam le acabará por dar. Benjie aún no ha llegado a ese verano en que cambia la percepción de las chicas. De hecho, esas imágenes del libro, que Mulligan hurta al espectador, le parecen ridículas. No se cree que las personas, al amarse, puedan acoplarse de esa forma que muestran las ilustraciones. Pero Hermie —probablemente un trasunto del propio Mulligan, ya que, en la versión original de la película, la voz en off que conduce la narración es la suya— apunta directamente al quid de la cuestión: “Aquella casa de allá arriba era su casa y nunca, desde el primer día en que la vi, me ha sucedido nada tan sobrecogedor y desconcertante. Porque nunca he conocido a ninguna otra persona que, me haya hecho sentir más seguro y más inseguro; más grande y más insignificante”.

"Para aquellos niños que soñaban con ser hombres desde que los llevaban con pantalones cortos, con independencia de la estación, los meses estivales eran iguales en cualquier parte, al margen de los rigores del calor"

Aunque ese enamoramiento de Dorothy es una de esas historias que no se deben contar porque amargarían la boca de su narrador —ella es la mujer de un soldado que la ha dejado en la casa de la playa para ir a combatir en la Segunda Guerra Mundial—, Mulligan nos la cuenta con tan buen tono que, con las mismas que aquí en España sorteó la censura franquista, en Hollywood —en el Hollywood del adocenamiento, nunca mejor dicho— consiguió desmarcarse de ese festín de la sensiblería al que, a raíz del dudoso éxito de Love Story (Arthur Hiller, 1970), se entregaba entonces la producción estadounidense. Una tendencia dentro de la que, no cabe duda, fue concebida Verano del 42.

Los veranos en la costa de Nueva Inglaterra no distan mucho de los veranos en la Cornisa Cantábrica, o de lo que otrora fueron los estíos allí, cuando, en el norte español, era más frecuente eso de echarse un jersey al hombro al anochecer que los calores asfixiantes de la auténtica canícula. Pero para aquellos niños que soñaban con ser hombres desde que los llevaban con pantalones cortos, con independencia de la estación, los meses estivales eran iguales en cualquier parte, al margen de los rigores del calor.

"Si se cuentan por vanagloria o iniquidad, las historias de los amores fugaces y furtivos amargan la boca de los hombres de ley"

Hasta que, al cabo, uno de aquellos veranos, desde primeros de junio ya tenía la forma de un recuerdo. Fue el verano en que supimos que tampoco es tan difícil hablarles a las chicas cuando cobran esa nueva dimensión: ellas ya saben lo que las quieres decir. Y, después llegó un otoño en que, finalmente, comprendimos que el único pago que tiene la hombría —la soñada desde los pantalones cortos, nuestra gran ilusión— es muy cortito. Eso sí, si te lo da la mujer que quieres, es lo mejor del mundo. Solo por eso, puede y debe aventurarse la vida por la hombría, solo por eso nos hubiera gustado volver a ser hombres, más hombres aún, de haber vuelto a nacer.

“No voy a intentar explicarte lo que pasó anoche: sé que con el tiempo sabrás cómo recordarlo —escribe Dorothy a Hermie en la nota de despedida, luego de haberse entregado a él, tras recibir el telegrama que le anuncia que su marido ha muerto en la guerra—. Yo me acordaré siempre de ti. Espero que jamás sufras tragedias sin sentido”.

Cuenta Mulligan —su voz en off— que Hermie, ya hombre, jamás volvió a ver, ni a saber, de Dorothy. Pero que el Hermie que fue antes de aquel encuentro ocasional, el Hermie adolescente, quedó atrás, confinado en aquel verano del 42. Un estío del que solo restan fotos fijas, viradas al sepia por la pátina del tiempo: esas imágenes que antaño se guardaban en álbumes y que aquí abren la proyección del filme.

Si se cuentan por vanagloria o iniquidad, las historias de los amores fugaces y furtivos amargan la boca de los hombres de ley. Ahora bien, si es una evocación sincera, humilde y sincera, de una mujer que nos iluminó en la hombría, es algo tan grande y tan hermoso que, solo porque ella volviera darnos esa inmensa brevedad, merecería la pena volver a nacer.

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