Siempre que evoco el ocaso de alguna musa del softcore de mi adolescencia me vienen a la cabeza unos versos de Enrique Santos Discépolo, acaso el más arrebatado de los letristas —también compositor— de la canción porteña. En uno de sus tangos más intensos, “Esta noche me emborracho”, pieza clave del repertorio fundamental del género, nos habla de la fiereza con la que el tiempo puede mostrar la destrucción de la belleza de una mujer a aquel a quien ella más inspiró. Que los admiradores de las actrices suspiren por aquellas que para ellos no son más que una ilusión, luminarias de un firmamento ficticio, no les libra de semejante impiedad. Es más, todas las desdichas que deparó la suerte a los crepúsculos de Sylvia Kristel, Laura Antonelli o Nadiuska, por citar solo a tres de las que más admiramos, podrían llevarnos a pensar que, además de ese otoño de la vida que anuncia el deterioro de la hermosura física, hay algo aleccionador, como moralizante, en el curso del tiempo, que parece mostrarse aún más atroz con aquellas que destaparon sus cuerpos gloriosos con mayor prodigalidad.
Partenaire de Steve Reeves en el díptico que Pietro Francisci dedicó al estrangulador del león de Nemea —Hércules (1958) y Hércules y la reina de Lidia (1959)—, Sylva Koscina parecía especialmente dotada para el péplum. Ella misma daba a entender por qué lucía tan seductora en aquellas cintas al confesar que no llevaba nada debajo de las túnicas con las que recreaba a las reinas más lascivas de la antigüedad.
Para quienes designan a las mujeres florero, esas juezas —y jueces— que tanto se parecen a los blade runners de Ridley Scott en su retirada de los replicantes —recuérdese que en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la novela de Philip K. Dick en que se basa el filme, se les llama cazarrecompensas—, que Sylva se dejase ver en la edición de 1962 de la Mostra de Venecia sin presentar película alguna en las distintas secciones del festival es otra prueba irrefutable de su vanidad. La “embajadora de la sonrisa” decía ser ella entonces y, verdaderamente, aquella sonrisa suya de los años 60 bastaba para acreditarla en cualquier lugar.
Muerta en 1994, a consecuencia de un cáncer de mama, las historias del cine escritas por quienes no la conocieron en los días de la gloria de Cinecittà, o en esas coproducciones internacionales que llegaron después, llevándose el esplendor de los estudios romanos, la olvidan. En el mejor de los casos, se dice que, pese a ser una de esas mujeres cuya belleza magnetiza a cualquier hombre por la calle, aunque no sean más que unas aplicadas estudiantes de física —tal fue el caso de Sylva cuando el cine llamó a su puerta—, carecía del carisma suficiente para ser una estrella rutilante, como lo fueron en su momento Anita Ekberg o Brigitte Bardot.
Realmente, al softcore de los 70 Sylva Koscina llegó algo tarde, como Ursula Andress y Elsa Martinelli. Pero tanto era el interés que despertaba el descubrimiento de lo que ocultaban sus túnicas que su destape fue uno de los que se saludaron con mayor entusiasmo. Al parecer, fue la primera actriz italiana que se desnudó en las páginas centrales de la revista Playboy. De origen croata —nació en Zagreb en 1933—, es por eso que el mariscal Tito siempre se refería a ella como “nuestra pequeña Sylva”. Sí señor, el paladín de los países no alineados, líder de la antigua Yugoslavia y, a buen seguro en el lado correcto de la Historia para quienes hoy nos hablan del multilateralismo y la estética supeditada a la ética, quiso tanto a esta musa de las coproducciones de su tiempo como cualquiera de esos tíos que descubrían sus desnudos, en la pantalla y en las revistas de los años 70, con avidez.
Puede que quienes se creen capacitados para decir qué actrices fueron “mujeres florero” y cuales no, con las mismas que Grabriel Arias Salgado —célebre ministro de Información y Turismo en los años del nacionalcatolicismo— tenía el convencimiento de que mostrar un muslo femenino en los anuncios de medias “fomenta la masturbación” olviden a la maravillosa Sylva. Pero en el imaginario de todos aquellos que la vieron con las túnicas y sin ellas, “nuestra pequeña Sylva”, que la decía el protopaladín del lado correcto de la Historia, ocupa un lugar de honor.
Hija de un griego y una polaca, Sylva abandonó su Croacia natal con rumbo a Italia durante la Segunda Guerra Mundial. Aplicada estudiante de ciencias físicas en Roma, a instancias de uno de sus mentores de entonces fue una de esas chicas que besan a los ciclistas en el podio de los campeones. Al punto, Italia entera se quedó con su cara. Mucho más alta de lo que parecía —al fin y al cabo, sus formatos de pantalla más frecuentes fueron los scope, y estos tienden a empequeñecer y ensanchar la estampa de los pobladores de la escena, del campo abarcado por el objetivo durante la filmación—, nuestra pequeña Sylva se inició como modelo cuando a éstas aún se les llamaba maniquíes.
A la gran pantalla llegó en el 55, de la mano de uno de los cineastas más graves de aquellos tiempos, Pietro Germi, quien la incluyó en el reparto de El ferroviario. Aquellos eran los días en que la comedia a la italiana empezaba a enseñorearse de la cartelera trasalpina en detrimento del neorrealismo —que en Italia, habida cuenta de la visión deprimente que ofrecía del país siempre gustó mucho menos que en el resto del mundo—, y la pequeña Sylva empezó a ser una presencia frecuente en los títulos más alegres de Luigi Zampa —Ladrón él, ladrona ella (1958), El alcalde, el guardia y la jirafa (1959)—, Luigi Comencini —Mujeres peligrosas (1958), Las sorpresas del amor (1959)— y, sobre todos ellos, el gran Dino Risi —Sabela (1957), Pobre y millonario (1959), Visiones de un italiano moderno (1969)—. Entre tanto buen humor, la exuberancia de las formas de Sylva se hace notar.
Recuerdo al gran Alberto Sordi, intérprete del agente municipal en cuestión, en una secuencia memorable de El alcalde, el guardia y la jirafa. Es aquella en que la descubre casualmente al ir a multarla. La embajadora de la sonrisa hace de sí misma, y a Sordi, absolutamente fascinado con ella delante, no se le ocurre otra cosa que preguntarle si toma la sopa con una cucharilla de café. Naturalmente, Sylva responde que no, que utiliza la misma cuchara que cualquier otro comensal. Pero entre sus admiradores italianos, fascinados con las chicas de boca pequeña, se decía que la de esta actriz lo era tanto que se veía obligada a tomar la sopa con una cucharilla de postre o de café.
Allende el péplum y las fronteras italianas, ya en los años 60, Sylva Koscina fue la clásica espía que se envolvía en una toalla al salir de la ducha en las películas de agentes secretos. La embajadora de la sonrisa era perfectamente consciente de su poderío. Según confesión propia, le gustaba ser esa mujer desconocida que un hombre descubre al abrir la puerta de una habitación y deja en su memoria una huella indeleble. Me atreveré a decir que, entre cuantos la admiraron en una proyección cinematográfica, la imagen de la actriz que obra en su memoria es la de ella envuelta en una toalla, saliendo de la ducha.
Colaboró con Georges Franju —Judex (1963)—, Abel Gance —Cyrano y D’Artagnan (1964)— o Claude Sautet —Armas para el Caribe (1965)—. En su dilatadísima filmografía, cifrada en torno a 120 títulos, incluso llegó a trabajar con Federico Fellini en Giulietta de los espíritus (1965). La de la embajadora de la sonrisa, como vengo diciendo, fue la época del esplendor de las coproducciones. A España la trajo por primera vez Antonio Isasi para protagonizar Estambul 65. Volvió al péplum a las órdenes de Robert Siodmak para rodar La invasión de los bárbaros (1968). Quizás fuera su creación de Penélope, una de las tres implacables asesinas con las que ha de lidiar Hugh Drummund (Richard Johnson) en Más peligrosas que los hombres (Ralph Thomas, 1967) la mejor de las cintas de agentes secretos de las muchas en que vimos a la embajadora de la sonrisa durante los años 60.
El softcore que predominó en su filmografía de la siguiente década no fue más que a darle al personal masculino aquello que quería admirar, desde lo que se imaginaba bajo las túnicas de las lascivas reinas del péplum que vistió la embajadora de la sonrisa. Esa fue la aportación de la gran Sylva a la revolución sexual. Una generosidad con sus admiradores que no merece el olvido en la historia del cine, al que pretenden condenarla quienes, por causas siempre espurias, se creen capacitados para juzgar a los demás.


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