Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Domingo, 5 de julio de 1936: Maniobras militares en Marruecos
El Llano Amarillo, en la carretera de Melilla a Tetuán, en el Pequeño Atlas, cerca de la ciudad de Issaguen, por su altitud, tiene un clima extremo, nieve en invierno y calor sofocante en verano, cuando se cubre de florecillas doradas. El sitio era ideal para los movimientos de tropas y fue elegido por el teniente coronel Yagüe para unas maniobras que el Gobierno había autorizado, pese a que el alto comisario de Marruecos, el señor Álvarez-Buylla, se pusiese en contacto con Madrid para explicar que ni las circunstancias políticas ni la estación del año eran propicias para ello. Pero Casares Quiroga, por alguna razón que nadie entendía, no se opuso.
Todos se movían disciplinadamente bajo las órdenes de sus oficiales.
Resultaba impresionante ver desplegarse con ímpetu a la Legión, al son de las cornetas y tambores que marcaban el paso, con el brillo altivo del rebelde convencido en los ojos, la frente alta, manos agarrotadas sobre las armas, y clavando con fuerza los pies en el suelo.
—Señores, no ignorarán ustedes que vamos a sublevarnos.
Así de clarito se expresó Yagüe, nada más arrancar los ejercicios. Puesto al tanto, los hombres desfilaron, mostrando su cohesión. Unos días después se festejaría el final de los ejercicios en un banquete al aire libre y entre filas interminables de mesas los oficiales del Tercio pedirían café a voces. El sorprendido alto comisario de Marruecos no supo descifrar el acrónimo de «Camaradas, arriba Falange Española», y la escena terminó con todos en pie, cantando el Himno de la Infantería. Pero por el momento aún estamos en el llano, con futuros sublevados haciendo las maniobras con que se los prepara —lo saben todos menos el alto comisario— para su inminente entrada en acción.
Al verlos ante sí, Yagüe sintió ese mismo cosquilleo que antes de cualquier campaña bélica. Le recordaba a hacía un par de años, cuando Franco recurrió a él para sofocar la revuelta de los mineros asturianos. Entonces le envió a recogerlo en su pueblo, San Leonardo, en Soria. El último tramo del traslado lo hizo en autogiro. Yagüe sabía que López de Ochoa había salido por delante, pero no en qué condiciones: con ciento ochenta hombres para enfrentarse a veinte mil mineros armados con fusiles proporcionados por el PSOE y dinamita, mucha dinamita. A él no le era especialmente simpático el republicano López de Ochoa, pero su objetivo fue reunirse con él.
Mientras López de Ochoa avanzaba hacia Oviedo, Yagüe debía ponerse al frente de dos banderas de la Legión y un tabor de regulares que llegaban por vía marítima a Gijón. Para ello había aterrizado totalmente solo en la costa, cerca del puerto de Gijón. Al verlo llegar andando por la carretera, un oficial del Tercio lo reconoció: «¡Pero si es el teniente coronel Yagüe!». Yagüe fue llevado a la bandera y, una vez sometida la rebelión en Gijón, marchó hacia Oviedo, donde mientras tanto López de Ochoa había logrado alcanzar el cuartel de Pelayo. Con la llegada de refuerzos y las noticias del fracaso de la revuelta en el resto del país, plantó cara a los mineros. Aquella batalla para muchos no fue sino el principio de la contienda civil que estaba a punto de producirse.
El cometido de Yagüe en la inminente sublevación era mantener en buena forma las tropas de África. Debía reavivar los ánimos de rebelión que ya les infundiera Mola mientras permaneció en Marruecos y esperar la llegada de ese general de prestigio que habían acordado y que para Yagüe no podía ser sino Franco.
Solo Franco podía ponerse al frente de la Legión.


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